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23 de octubre de 2005
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Brecha
de Uruguay - 14 de octubre de 2005
Premio Nobel de literatura
Un clásico del absurdo
Imprevisto pero conocido. Un consagrado talento que
revolucionó el teatro de la segunda mitad del siglo XX. Un
artista que no hace concesiones. Un hombre comprometido con
los derechos humanos y un implacable crítico de los poderosos.
Harold Pinter es el nuevo Nobel.
Ana Inés Larre Borges
El nobel se europeÍza. En los diez últimos años
nueve galardonados han sido europeos. La designación del
dramaturgo británico Harold Pinter parece indicar que la
rotación continental ha dejado de ser un hábito del galardón
sueco. Con mucha expectativa y dosis teatrales de suspenso se
jugó este último Nobel que se atizó por la postergación de una
semana en la tradición de su otorgamiento. Este año se
barajaron los nombres de varios poetas (en la estimación de
que el género ha estado últimamente subrepresentado) entre
ellos el sueco Thomas Transtromer y el poeta sirio Ali Ahmad
Said conocido como Adonis, si es que la política pesaba y se
decidía premiar a un árabe. Otros candidatos eran los
estadounidenses Philip Roth y Joyce Carol Oates y la
canadiense Margaret Atwood. También circularon nombres más
exóticos como el turco Orhan Pamuk y el sudcoreano Ko Un, un
poeta que ha trabajado fuertemente por el diálogo con Corea
del Norte. Entre los latinoamericanos, hace tiempo que el
único nombre que se reitera es el de Mario Vargas Llosa,
aunque este año hubo un fuerte lobby chileno rastreable en
Internet a favor de Gonzalo Rojas (Chile es el único país de
América Latina que tiene ya dos Nobel, Gabriela Mistral y
Pablo Neruda). Se pensaba con una lógica de la alternancia
que tal vez ha llegado a su fin. Se olvida quizás que también
los criterios de asignación del premio han variado
históricamente. Si alguna vez se concedieron en ingenua y
eurocéntrica prescindencia de vastas zonas literarias, si en
otro tiempo se buscó premiar a autores capaces de atraer a
grandes sectores de público (fue entonces cuando lo ganó Pearl
S Buck, una escritora algo mediocre), si lo político pareció
más de una vez decisivo (por eso no lo obtuvo Borges, por eso
lo rechazó Sartre), no es improbable que los últimos
desconciertos que el galardón sueco ha provocado sean una
señal de que las coordenadas han cambiado. Europeos nueve en
diez años, británicos dos en los últimos cinco años (V S
Naipaul lo obtuvo en 2001), dos dramaturgos seguidos, ningún
poeta desde... son muestras de que la Academia sueca quiere
prescindir de aquellos equilibrios. Y el ganador es… Harold
Pinter, que celebró su cumpleaños número 75 el lunes 10 con
una gran reunión de actores y gente de teatro en el Teatro
Gate de Dublín, es considerado uno de los mayores dramaturgos
vivos en lengua inglesa. Nació en 1930 en un hogar judío en
Londres y se inició como actor pero se consagró como famoso
dramaturgo ya en 1960 con el estreno de El cuidador. Su teatro
ha sido calificado de claustrofóbico y oscuro, y su virtud, la
hipnótica fuerza que ejerce sobre los espectadores y la
implacable voluntad de denunciar la hipocresía, develar la
mentira y decirle al mundo lo que quizás nadie quiera oír.
Alguna vez declaró que él ponía en escena la mugre que otros
quieren barrer bajo la alfombra. No menos famoso ha sido como
guionista de películas entre las que se destacan La amante del
teniente francés, Traición de amor, o las dirigidas por Joseph
Losey El sirviente y El mensajero del amor. Un opositor
declarado de la guerra de Irak, Pinter ha tenido siempre
posiciones radicales en política. Consciente de las
dificultades y la complejidad que exige el teatro político, en
su accionar cívico es claro y totalmente directo. Como antes
atacaba a Kissinger por su apoyo a Pinochet o a Gerald Ford
por admitir la invasión a Timor Oriental, ahora castiga a Bush
a quien ha calificado de genocida. “Todas esas cosas que se
perpetraron, todas esas vidas destruidas han sido olvidadas
–declaraba en el año 2000–. Es como si no hubiesen ocurrido.
Están en el pasado y parecen no importarle a nadie. Pero para
los familiares de esas personas es una úlcera eterna.” En 2003
incursionó en la poesía con un volumen titulado War (Guerra),
en el que condenaba a Bush y a Blair como responsables de los
crímenes en Irak. Este año habría anunciado su decisión de
dedicarse a la poesía y dejar la dramaturgia. “Ya escribí 29
obras. Creo que es bastante.” Pinter y nosotros. “¡Qué
fantástico!”, exclama Taco Larreta, que conoce la noticia por
BRECHA en la mañana de ayer jueves. “Pinter es el autor más
importante de la segunda parte del siglo XX y supo aportar una
visión totalmente original al teatro. Es el sucesor natural de
Beckett. Entre Samuel Beckett y Tony Kushner (el autor de
Ángeles en América) sólo está Pinter. Son las tres cimas del
teatro anglosajón.” Taco recuerda que las primeras obras de
Pinter representadas en Uruguay fueron El cuidador, que
dirigió Alfredo de la Peña y que fue protagonizada por un
principiante Cerminara, y Una ligera molestia, hecha por
Fontana y que luego el propio Taco volvió a hacer con Nydia
Telles. Hace unos pocos años Larreta dirigió el último Pinter
que conoció la escena uruguaya, Cenizas, con Levón y Estela
Medina, que estrenaron con apenas un mes de ensayo en el
Teatro del Anglo ante la modesta recepción del público. Taco
aclara que eso ocurre con frecuencia con Pinter y explica:
“Creo que la razón está en que Pinter presenta temas
familiares que crean expectativas que luego no se cumplen. Se
da una cierta frustración porque él es siempre poco
convencional. Entonces esos dramas que presentan parejas bien
o mal avenidas, familias, todo para desarrollarse
aparentemente en una atmósfera normal, se vuelve extraño.
Pinter trabaja con zonas del subconsciente, empiezan a escapar
los demonios y el público deserta”. Héctor Manuel Vidal
también expuso a Pinter a la relativa indiferencia del público
uruguayo. Cree que cuando hizo en 1991 Antes de que me olvide,
donde reunía el tema de la memoria de Un país como Alaska y La
penúltima (One of the road), que trata sobre la tortura, el
público uruguayo todavía no estaba listo para asimilar esas
temáticas. Antes ya había hecho Tierra de nadie en el
Circular. Vidal recuerda que una vez le pidieron que eligiese
las cinco mejores obras del siglo XX y que después de
resistirse ante la idea fenicia de establecer un ranking,
descubrió que sí podía nombrarlas. En esa lista que reunía a
El jardín de los cerezos, Largo viaje de un día hacia la
noche, Muerte de un viajante, Galileo Galilei y Esperando a
Godot, no había lugar para Pinter. “Descubrí que a Pinter
había que ponerlo aparte, porque no tiene una obra que se
destaque pero es imprescindible en su totalidad. Es un clásico
del absurdo.” Para Vidal el mayor valor del inglés está en
“crear un lenguaje sin hacer ejercicio de estilo. En las obras
de Pinter el conflicto ya está planteado, no cuenta de dónde
se viene ni adónde se va, importa esa instancia, él no accede
a contar datos, y por eso trabaja bien el misterio. Obliga a
los espectadores a ir pescando el sentido, a estar pendientes
en el filo de la butaca. No conozco una obra más violenta que
la que él escribió sobre la tortura. Y, sin embargo, no hay
ninguna violencia física, simplemente el torturador que habla
a la torturada y así expone todo el mecanismo perverso de lo
que pasó y lo que va a pasar”.
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