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23 de octubre de 2005
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Brecha
de Uruguay - 14 de octubre de 2005
Mucho más que un iracundo
Harold Pinter no es un autor que se lleve muy bien con
el público masivo. Amado y venerado por la gente de teatro,
festín para actores y directores, figura clave a la hora de la
formación de un intérprete o de un dramaturgo, no se ha
caracterizado por buscar una acción externa demasiado
visible.
Alfredo Goldstein
Enemigo de los efectos,
Pinter es el único autor de aquella venerable generación de
los iracundos ingleses que trascendió su época y supo bucear
en formas diferentes de escritura, aunque con determinados
matices que no en vano han sido llamados
“pinterianos”. Cuando irrumpió en los años cincuenta era un
hombre joven, jovencísimo –en estos días cumplió 75–. Fue toda
una revolución junto a aquel grupo de escritores que renovaron
una escena cuyo último gran exponente había sido, sin duda,
Bernard Shaw. Shaw había sido un rebelde en su momento, pero
con el tiempo esa rebeldía fue quedando en la sátira o la
ironía, más que en la verdadera denuncia. El advenimiento de
John Osborne y Arnold Wesker permitió que los ingleses viesen
reflejados conflictos de su tiempo en un lenguaje cercano a
todos y con una desfachatez entonces inédita en los
escenarios. Recordando con ira o El animador, de Osborne, o La
cocina, Sopa de pollo con cebada y Raíces, de Wesker, ofrecían
otra frescura, otro retrato cruel de una sociedad de doble
moral. Los cuestionamientos iban desde las amarguras de la
juventud hasta los vaivenes de la izquierda militante. En
ese contexto, aunque más hacia los sesenta, Harold Pinter
empezó a sumergirse en temáticas más ambiguas, sin por eso
dejar de meter el cuchillo donde había que hacerlo. Su teatro
fue casi siempre de guante blanco, como si recogiera el sayo
de Oscar Wilde. Así retrataba una sociedad hipócrita. Claro
que su humor no era tan estridente ni tan de “frase para
recordar” como el del irlandés, sino que corría de modo
subterráneo. La indudable influencia de los escritores del
absurdo lo ayudó a forjar un estilo en el que lo realista se
combinaba con lo simbólico, en que la absurdidad se mezclaba
en situaciones que aparentemente eran cotidianas. Algo que
venía de afuera solía trastocar el orden, como lo haría unos
años más tarde otro iconoclasta llamado Joe Orton. Pinter
fue más allá de sus compañeros de generación. Osborne murió
más bien olvidado, y Wesker, salvo rarísimas excepciones
–Cartas de amor en papel azul, por ejemplo– fue destiñéndose y
terminó eclipsado por la aparición de nuevos valores como Tom
Stoppard, Steven Berkoff, Michael Frayn o Alan Ayckbourn. Pero
Pinter no se quedó. Siguió escribiendo y estrenando –como
autor y director, además de su elogiada tarea como guionista
cinematográfico–, cosechando éxitos de crítica pero no siempre
de público. Siguió creando esos personajes que se hieren con
estilete fino, pero que amablemente comparten un espacio.
Personajes que se ven envueltos entre la memoria y la
desmemoria, en juegos de poder que parecen no tener fin. Los
roles intercambiados, los cuestionamientos de los afectos, los
peligros que acechan desde afuera, los climas de aparente
sencillez que se nutren de una oscura visión del universo
contemporáneo, son bases para la comprensión de un autor por
momentos inasible, pero de una solidez y un talento
indiscutidos. Uruguay supo ver varios Pinter, desde los
lejanos años sesenta, como El amante, La vuelta al hogar,
Tierra de nadie, Traición o la más reciente Cenizas (Ashes to
ashes), que hiciera Antonio Larreta con Estela Medina y Levón.
Teatro de sutilezas, de silencios cargados, de estructura
inteligente –recordar simplemente la historia hacia atrás de
Traición–, que desafía la capacidad de los
espectadores. Hace más de treinta años la Academia sueca
premiaba a Samuel Beckett. Otro autor de teatro difícil y un
referente para el propio Pinter. Hace casi una década el
elegido fue Dario Fo, un dramaturgo genial surgido de la
experiencia como actor, lejos de lo “literario”, en una
brillante decisión que, sin embargo, enojó a muchos
intelectuales. Ahora, con Pinter –poeta, además, e intelectual
comprometido–, se vuelve a reconocer a ese género
menospreciado por tan largo tiempo. Después de muerto Arthur
Miller, que sin duda se lo merecía también, parece justa la
elección del autor inglés. Con él se premia a un teatro que ha
dado varios de los nombres más sólidos del último medio siglo.
Pinter es un autor que sabe jugar a las escondidas con el
espectador y nada concede. Pone en escena una realidad que se
tiñe de sordideces, pero que se muestra ambigua y
caleidoscópica. Siempre inquietante.
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