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23 de octubre de 2005
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El País
de España - 15 de octubre de 2005
La cara
Manuel Rivas
Harold Pinter salió magullado a la puerta y blandió un rudimentario
bastón: o le había estallado una castaña o le habían dado el Premio Nobel.
Me quedo con esa imagen. Ya pueden maullar los mandarines y quejarse los
rostros pálidos, que sólo detectan "política" en la literatura rebelde y
añoran las producciones cortesanas o se embelesan con el nuevo cinismo
reaccionario. Le han dado el Nobel a un hombre herido que trabaja con
palabras heridas. Y con preguntas que desnudan ese Puño Secreto que se
esconde tras la Mano Invisible. Y con pausas. En estos tiempos en que se
acumulan los residuos tóxicos del lenguaje, las pausas son las
intervenciones más impertinentes y esclarecedoras que existen. Imaginen
que en la tertulia incendiaria de la radio del Santo Oficio tuvieran que
entrevistar al señor Pausa. ¡Qué momentos de cordura! Existe una íntima
relación entre las palabras y los cuerpos. El lenguaje va tallando el
rostro de quien lo usa. Es un laborioso cincel hecho del mismo hueso.
Llega un momento inevitable en que la gente se parece a lo que dice o a lo
que calla. Hay bastante gente que habla con Dios y eso también se nota
mucho en la cara. Hablar con Dios tiene muchas implicaciones, aunque
dependen de la conversación. Al parecer, fue Dios quien le indicó a Bush
que debía invadir Irak, o eso al menos fue lo que Bush entendió, a la
manera de la primera cruzada: "¡Dios lo quiere!". Antes Dios utilizaba
siempre intermediarios, pero los neocon han prescindido de los
arcángeles, pues pertenecían al sector público. Frecuenta mi calle un
mendigo que también habla con Dios. En este caso creo que la comunicación
debe ser más fácil, pues se trata de un hombre sin techo, a cielo abierto,
y atento a la menor murmuración. Cuando te pide una moneda, tiene esa
confianza de contarte el mandato divino. "¿Sabes, Manolo? Hoy me habló
Dios y me dijo: Guillermo, tío, vete al antiguo café Linar y tómate un
banana split a mi salud". No es lo mismo que Dios te mande tomar un
país a que te mande tomar un banana split. El efecto en la cara es
diferente. Cuando sonó el timbre del Nobel, tal vez Harold Pinter estaba
hablando con Dios. Y estaba en desacuerdo. Fíjense en la cara.
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