|
Latinoamérica - rodelu.net |
20 de octubre de 2005
|
Brecha
de Uruguay - 14 de octubre de 2005
La muerte de dos libertarios
Fernando O’Neill: Los laberintos de un militante*
En prisión (1945-1952)
adhirió al anarquismo, y desde entonces y hasta su muerte –el
martes 4– O’Neill no dejó de militar, investigar y reflexionar
sobre la revolución social.
Carlos Caillabet
Hijo de un
rematador de haciendas y administrador de campos, Fernando
O’Neill nació en Mercedes en un hogar culto y desahogado
económicamente que lo impulsaba a seguir una carrera
universitaria. Sin embargo, entre los 18 y los 22 años, en
“defensa del honor familiar”, protagonizó varios
enfrentamientos a cuchillo en el transcurso de los cuales
hirió de gravedad a dos personas y mató a una
tercera. O’Neill, un hombre en extremo razonador, amable e
instruido, nunca manifestó arrepentimiento por su
responsabilidad en estos episodios, pese a calificarlos como
“lances tristes y sombríos que para bien y para mal marcaron
mi destino para siempre”. Años más tarde, en cierto modo,
se justificó al escribir que, producto de las circunstancias,
durante su “adolescencia se sentía atraído por el mundo del
suburbio, donde resolver los asuntos a punta de cuchillo no
era mal visto”. Además, decía, en su familia casi era una
tradición el ejercicio de “la justicia por mano propia”, así
como las muertes violentas: “Dos de mis tíos de la rama
paterna cometieron homicidios y otro murió en las guerras
civiles, y un tío materno murió apuñalado en un incidente con
un vecino”. Reflexionaba O’Neill que por la época en que
hirió y mató aún existía en Uruguay –sobre todo al norte del
Río Negro– “un contexto cultural semibárbaro que aceptaba (e
incluso exigía) la violencia como forma honorable de zanjar
ciertos conflictos interpersonales”. Luego de permanecer
recluido durante un año en la cárcel de Mercedes, en 1946 fue
trasladado a la de Miguelete. Hasta entonces O’Neill se
consideraba “un muchacho de la clase media que sentía un
profundo rechazo o indiferencia hacia los valores morales
propios de esa clase: el éxito económico, el logro de un lugar
relevante en la sociedad, una profesión
universitaria”. Decía haber sentido durante su primera
juventud una rebeldía contra determinados personajes de su
pueblo y no contra un sistema de cosas, “una rebeldía de
muchacho ignorante que poco y nada sabía sobre el origen de
las fortunas y el poder”. En la cárcel de Miguelete O’Neill
conoció al ácrata catalán Pedro Boadas Rivas, allí recluido
por haber participado en el asalto al Cambio Messina en 1928 y
por haberse fugado en 1931 junto a otros anarquistas de la
penitenciaría de Punta Carretas por un túnel construido desde
la carbonería El Buen Trato y planificado por el legendario
anarquista argentino Miguel Ángel Roscigna, el primer
desaparecido según sostenía O’Neill. Cuando “conocí a
Boadas mi universo era pobre y limitado; las cosas que me
interesaban eran simples y escasas”, reconoció más tarde. Es
Boadas “el que me arrima las primeras obras anarquistas que
devoro y me seducen rápidamente”. En 1947 es trasladado a
Punta Carretas, donde establece contacto con el resto de los
anarquistas de acción allí recluidos y comparte la celda con
dos de ellos: Domingo Aquino y José González
Mentrosse. Liberado en 1952, y en combinación con
anarquistas de la Juventud Libertaria de Montevideo, escribe y
publica un librillo de 48 páginas que titula Un ex penado
habla, donde relata sus siete años de cárcel y acusa de
corrupción y malos tratos a muchas autoridades penitenciarias
de la época. En el último capítulo O’Neill escribe: “Soy
perfectamente consciente de la gravedad que encierran algunas
de mis acusaciones, y estoy resuelto a mantenerlas delante de
cualquier tribunal al que se me quiera hacer comparecer”. Pero
dejó constancia de que en caso de volver a prisión el entonces
director general de Institutos Penales sería “responsable de
cualquier agresión moral o física” contra su persona, pues
sabía que los carceleros eran “capaces de cualquier acción
cobarde y ruin”. Sin embargo, el trabajo de O’Neill no sólo
iba contra el sistema carcelario y algunos funcionarios
policiales: “Entre un rico y un ladrón profesional, en el
plano moral no existen diferencias fundamentales (...) el
orden social burgués lleva en sí mismo gérmenes profundamente
antisociales y agresivos”, escribía.
DE ÁCRATA A TUPAMARO
Como los 500 ejemplares editados se agotaron rápidamente, un
distribuidor de diarios y revistas de apellido Martínez
imprimió, para beneficio propio, una edición de 2 mil
ejemplares que vendió en todo el país y que le reportó una
buena ganancia. O’Neill y sus compañeros no se molestaron, ya
que gracias al tal Martínez la publicación se difundió con
amplitud. Quizá fue así que el folleto llegó a manos del
entonces periodista Manuel Flores Mora, quien publicó un
artículo en la contratapa del semanario Marcha a favor del ex
preso, que a esa altura estaba acusado de “delito de imprenta”
y corría riesgo de volver a prisión. Ya con méritos propios
dentro de la militancia participó en 1956 de los diez días de
sesiones del Pleno Nacional Anarquista del que surge la
Federación Anarquista del Uruguay (FAU). O’Neill integraba
entonces un grupo junto al zapatero Luis Aldao, el periodista
Tato Lorenzo y Gerardo Gatti. Por entonces, acosado por
obsesiones y contradicciones, O’Neill se somete a una terapia
psicoanalítica con el profesional Juan Carlos Plá. Pese a que
el tratamiento –según él– le sirvió para tomar conciencia de
lo negativo de la educación católica recibida durante su
infancia, concluyó que el psicoanálisis “tendía a la
readaptación del individuo al sistema que combatía”. Entre
1965 y 1967 O’Neill trabajó como empleado en el sindicato de
funsa y luego ordenó la Biblioteca Archivo Internacional
Anarquista que funcionaba en el Palacio Díaz en
Montevideo. Por esa época entre los ácratas se evidenciaron
posiciones diferentes con respecto a la revolución cubana.
Mauricio y Gerardo Gatti, Carlos Fuques, Carlos Mechoso y
O’Neill se identificaron con el proceso cubano. Por otro lado
se nuclearon en torno a Bellas Artes y a la Comunidad del Sur
los llamados “ortodoxos”, que no aceptaban integrar ninguna
organización que implicara relaciones de jerarquía. Estos
anarquistas también rechazaban la idea de “toma del poder” y
sólo compartían con los cubanos las políticas sociales, por
ejemplo la reforma agraria. O’Neill sostenía que aceptaba
“la valoración individual del militante pero dentro de una
organización, y en el caso de un conflicto entre ésta y el
individuo debían prevalecer los intereses de la organización
sin considerar a la organización como un fin en sí mismo sino
como un instrumento para aproximarnos a una sociedad más
justa”. Para O’Neill no se podía tomar partido a favor de
la revolución cubana y seguir considerándose anarquista. Le
parecía más clara –aunque equivocada– la posición de Luce
Fabbri, para quien “el signo que nos hace reconocer una
auténtica revolución es el hecho de que el primer impulso no
esté dirigido a la toma del poder”. A fines de los años
sesenta O’Neill ingresó al movimiento tupamaro y en 1973 se
debió exiliar primero en Chile, luego en Buenos Aires y
finalmente en Europa (Suecia y España). “Durante todo el
exilio me consumía la posibilidad de regresar al Uruguay para
enfrentar las barbaridades de la dictadura, pero cada vez que
se planificaba el retorno surgían imposibilidades operativas o
algunas defecciones.” Finalmente retornó a Uruguay en 1986.
En sus últimos años de vida publica varios libros: en 1993,
Anarquistas de acción en Montevideo. 1927-1937, un exhaustivo
trabajo de investigación donde intercala su propio testimonio
de los años de convivencia con los ácratas, prologado por
Osvaldo Bayer; en 2001, El caso Pardeiro, un ajusticiamiento
anarquista, en el que reivindica la muerte, en 1932 en
Montevideo, por el anarquista italiano Bruno Antonelli (“Facha
Bruta”) del comisario uruguayo Pardeiro, acusado de
torturador; y en 2003, Búsqueda y captura del comandante
Doblas, un represor de su pago.
* Las palabras de O’Neill
fueron tomadas de los libros que escribió, de sus apuntes y de
largas conversaciones mantenidas durante varios años con el
autor de esta nota.
|