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20 de octubre de 2005
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Brecha
de Uruguay - 14 de octubre de 2005
Los viveros de la historia
Jaime Machado, un hombre rebelde
Hasta hace pocos días vivía Jaime Machado. Entre
plantas, peces y flores, en su vivero de Solymar, en bodas de
oro con su amada. Sabía que estaba enfermo, pero avisaba al
mundo –corte de manga– que había sido feliz.
Ivonne Trías
“Yo
siempre digo a los muchachos jóvenes: me estoy yendo pero
considero que en la vida he sido feliz, conocí gente fuera de
serie, a todos los niveles económicos y sociales, que fueron
mis amigos y compañeros...” Así resumió Machado su
explicación vital. Nació en Vergara, en Treinta y Tres, en
1932. Se casó de una vez para siempre con Susana Varaldi con
quien tuvo tres hijos. Militante estudiantil, sindical,
político y social, en la legalidad o fuera de ella, forma
parte de una trayectoria política que incluye a los
anarquistas de las Juventudes Libertarias (JL), a los
anarcosindicalistas y a la Federación Anarquista Uruguaya
(FAU), pasa por la Resistencia Obrero Estudiantil (ROE), la
Organización Popular Revolucionaria 33 (OPR 33) y, cada vez
menos ácrata, llega al Partido por la Victoria del Pueblo
(PVP). En cada uno de esos tramos hubo encuentros y rupturas
de los que Machado fue testigo. De la extensa entrevista
realizada hace algunos meses se extractan aquí los escasos
fragmentos en los que el hombre se distrajo y habló de sí
mismo, aunque pocas veces en singular. —En mi casa se
hablaba mucho de política. Mi padre era nacionalista
independiente, un liberal, que creía en aquello de las manos
limpias y la frente alta de Aparicio. Tenía un tío que estudió
en casa, un médico muy solidario, de ideas distintas a las de
mi padre. Y estaba también mi tío Ademar Gómez, un caudillo de
la 15 en Treinta y Tres que, cuando lo fueron a nombrar jefe
de Policía, en la plaza pública renunció y adhirió al Partido
Comunista. Entonces heredé toda su biblioteca anarquista, que
devoré. Te imaginás que si mi viejo era anticomunista rabioso
y mi tío era afiliado al pc, yo viví todas las discusiones del
mundo.
LOS OTROS ANARQUISTAS
En la juventud de Machado,
tempranamente politizada, la izquierda ofrecía varias opciones
de militancia. Sin embargo, él y sus amigos se volcaron a
filas libertarias. —Militaba en la Agrupación Reforma
Universitaria, la primera ARU, con un grupo numeroso que se
reunía en el sindicato de plomeros, en la calle Durazno. Allí
estaban Perico Scaron, Gerardo Gatti, Raúl Cariboni, Rama...
Hablo de los años cincuenta. Después entré a Juventudes
Libertarias, que funcionaba en el sindicato de panaderos de la
calle Arequita. Allí iba otro gran tipo, el médico Juan
Piñeyro Mariscurrena. Formamos el plenario obrero-estudiantil,
el primer intento de nuclear a la gente por fuera de la UGT,
que tenía cada vez menos prédica en el movimiento obrero. En
la primera huelga universitaria por autonomía, empezamos a
tener contactos con el movimiento anarquista, sobre todo
anarcosindicalista. Era el resurgir de los sindicatos de
acción directa. Teníamos la inquietud de generar una
síntesis que aumentara la eficacia de las ideas anarquistas,
las hiciera más potables para la sociedad, corrigiendo el
autoritarismo bolchevique. Pero no éramos contrarios a la
organización ni al socialismo. A nosotros nos llamaban, dentro
del movimiento libertario, “los otros anarquistas”. En 1954,
cuando se crea la FAU, logramos nuclear mucha gente y sin
embargo nos llamaban “los bolches”. —Cuando decís “a
nosotros nos llamaban...”, ¿a quiénes te estás refiriendo?,
¿cómo se habían constituido en un “nosotros”? —Nosotros nos
juntábamos porque teníamos ganas de discutir, porque nos
considerábamos anarquistas y del colectivo libertario. Éramos
amigos y compañeros. En particular Gerardo y yo éramos amigos
desde la adolescencia; estaba Susana, mi compañera, y Marta
(Casal), la compañera de Gerardo. Pero éramos unos cuantos
más. Teníamos 16 o 17 años y nos reuníamos en un altillo.
Llevábamos la contabilidad en boletos de tranvía –en esa
época eran grandes–, que después uníamos para sacar las
cuentas. Era un grupo de locos lindos. Scarssi, por ejemplo,
multiplicaba cuatro cifras por cuatro mentalmente. Estaba
Luisito Aldao, un gran tipo, inteligentísimo, pero que decía
todo al revés y no había forma de corregirlo. Y el tesorero
era David Rosemberg, que tenía un DKW casi de cartón,
sostenido todo con fierros. Esa carrindanga tenía un agujero
en el piso pero no tenía arranque, entonces David sacaba el
pie, tomaba velocidad y arrancaba… ¡Eran locos, pero eran
personajes de una frescura! Como orden estudiantil,
participamos en el 51 en la huelga de los gremios solidarios,
en la primera huelga de ANCAP. Yo empecé a tener contacto con
la gente de La Teja y del Cerro en un rancho adonde íbamos a
hacer las molotov… Éramos de la feuu pero íbamos como
anarquistas. —¿Qué lugar ocupaba la militancia para
ustedes, con relación al estudio, a los amores, a los
amigos...? —No estaba separada. Nosotros salíamos de las
reuniones, nos íbamos a Don Pablo… —...ah, sí, en Agraciada
y Marcelino Sosa; cerveza y panchos. —Cerveza y panchos y
un cartel que decía “Es indeseable la entrada de nazis a este
local”; ese cartel estuvo, en alemán, durante la guerra. Ahí
nos quedábamos a charlar. Gerardo, por ejemplo, tenía una
carcajada muy limpia, muy grande, y nunca lo oí hablar con
ironía. Pero otros… Raúl (Cariboni) era pura ironía, te
demolía, te hacía sentir un idiota. Hugo (Cores) se ganó
enemigos por la ironía. Perico Scaron era muy irónico también.
Un bicho raro Perico, hicimos buena amistad, un tipo muy claro
y muy capaz que aprendió el alemán en unos meses viviendo con
los barbudos… ¿vos conociste a los barbudos?
LOS BARBUDOS
Cualquiera se imagina que, tal como viene la entrevista, “los
barbudos” son los guerrilleros cubanos, sin embargo Machado se
refiere a una comunidad cristiana. —En aquella época
recibimos varias corrientes de influencia. Los barbudos eran
una comunidad de cristianos que seguían las enseñanzas del
pastor Hutter, un alemán. Eran ingleses, franceses y alemanes
que se habían negado a participar en la guerra, eran
pacifistas. No cumplían ningún culto en especial, vivían de
las tareas agrarias y tenían fábricas de juguetes… todas cosas
no bélicas. Cuando crecieron los chiquilines y vieron el mundo
exterior, las ideas de compartir todo empezaron a no gustarles
tanto y se integraron a la sociedad. Ahí se abrió la
comunidad. —Las ideas comunitarias y el cooperativismo
fueron otras de las influencias de las que hablabas. —Sí,
en parte influencia de los barbudos, en parte influencia de
Luce Fabbri... Nosotros fundamos una comunidad agraria en la
ruta 7, casi enseguida de fundar la Comunidad del Sur… Hay un
folleto de Luce Fabbri, El camino, editado por JL. Allí
definía que la transformación de la sociedad tenía que hacerse
en base a la superación cultural, a las ideas de solidaridad,
a testimonios de formas diferentes de producir… ése era el
camino. Nosotros lo teníamos como una Biblia. Empezamos a
hacer cooperativas allá en el Cerro, ateneos populares… cuando
se forma la FAU toma una forma de federación. Me gustaba una
locura todo eso, pero vino la revolución cubana y agarramos el
atajo: la toma del poder revolucionario más rápido. Primó esa
idea, a pesar de nuestras lecturas críticas de un camino como
ése. Otra influencia para algunos de nosotros fue un tipo de
literatura que podríamos llamar pacifista, social: John Dos
Passos, Sartre, Jules Romain, Albert Camus... Mi nombre de
batalla era Camuso porque yo era gran partidario de Camus, en
particular de L’homme révolté. —Y de Los justos, me
imagino. —Cada vez que íbamos a hacer algo nos pasaba por
la cabeza Los justos. El extranjero también, toda la obra
filosófica de Camus. No todo el mundo sabe eso. —Entre las
Juventudes Libertarias y el Partido por la Victoria del Pueblo
hay muchas paradas, donde subió y bajó mucha gente. Hay
cambios organizativos, de denominación, de definiciones. ¿Cómo
es tu síntesis de ese itinerario? —Cuando la FAU se rompe y
quedan de un lado los de Bellas Artes, los de Medicina, los
Errandonea, D’Ottone me va a visitar al banco y me da noticias
del asunto. Le digo: “Mirá, los anarquistas siguen siendo
ustedes, lo otro no tiene nada que ver con el anarquismo.
Ahora... yo, estoy con lo otro”. —Pero había que decidir
cuál de las dos partes seguiría llamándose FAU. —Sí,
nosotros seguimos llamándonos FAU. Y fue un error de Gerardo,
de los errores que se pagan. Gerardo no quiso romper nunca con
la tradición anarquista, porque era gente maravillosa y porque
muchos no iban a entender en la izquierda que nos cambiáramos
de nombre. Pero fue un error, porque nos quedamos sin esa
gente de la tradición, y, por otro lado, creamos confusión
cuando tuvimos que tomar otro tipo de definiciones. En París,
cuando discutíamos el PVP –porque las discusiones empezaron en
Buenos Aires y siguieron en Francia–, en una reunión dije: “Yo
adhiero, pero me pesa que sea marxista-leninista. Esto no es
sólo marxista, esto es leninismo. Hugo lo barajó con sorna,
pero era eso”. Y fue otro error. —¿Pero qué era lo que
planteabas? —Yo no soy anticomunista. Soy camusiano. Y soy
partidario de la organización, pero libertaria, de partido no.
El partido genera burocracias y alcahuetería,
trepadores. Yo no fui un tipo de aparato; pocas veces pasé
por el aparato de la FAU, me fui a formar una comunidad
agraria, pasé varios años afuera pero siempre con esa
seguridad: si me necesitaban los compañeros, estaba. Después
vine y fui dirigente bancario, pero tampoco soporté el
aparato. En Buenos Aires estuve en todo lo que fue necesario.
Me escapé raspando del desastre del 76 pero me dejó esa marca,
la que llevamos todos nosotros. Y aun después, cuando volví a
militar después del exilio, la condición que puse era no
asistir a reuniones de partido. Estaba disponible, nadie tenía
dudas. —¿Y ahora?—Estuve un año y medio en la imm con
Tabaré hace diez años, y renuncié, renuncié a todo. Hace más
de diez años que no hago ninguna militancia partidaria. Acá
(en Solymar)* hago militancia social: comisión barrial,
universidad popular –que cumple diez años– donde se dan 18
materias, abierta a todas las edades, y donde los que
enseñamos no cobramos nada. Allí tuvo un lugar gente que en
otro lado no lo tendría, gente mayor, muchachos jóvenes con
discapacidades que no pueden seguir la enseñanza curricular
regular... Ésas son las cosas que me motivan, una policlínica
popular que está funcionando, una plaza que va a quedar
preciosa... y la gente.
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