| Culturales - rodelu.net |
28 de octubre de 2005
|
La Nación
de Argentina - 24 de octubre de 2005
El lado oscuro de Turquía
Salman Rushdie Para La Nación
NUEVA YORK - El cuarto de trabajo del escritor Orhan Pamuk tiene vista
al Bósforo, ese estrecho fabuloso que, según cómo se lo mire, separa o une (o,
quizá, separa y une) el mundo europeo del asiático. Ningún otro lugar cuadraría
mejor a un novelista cuya obra, en gran parte, viene a hacer lo mismo. En muchos
de sus libros, Pamuk ha demostrado su derecho a ser tenido por "el más grande
escritor turco", como lo fue Yashar Kemal. Basta citar los más recientes: su
aclamada novela Nieve, e Istanbul: memories and the city (Estambul. Los
recuerdos y la ciudad), una descripción autobiográfica y obsesiva de su ciudad
natal.
También es un hombre muy franco. En 1999, rechazó el título de
"artista del Estado". "Hace años que criticó al Gobierno por encarcelar a
escritores, por pretender resolver el problema kurdo recurriendo a la fuerza y
por su nacionalismo intolerante. (...) No sé por qué intentaron darme el
premio", dijo.
Ha dicho que Turquía tiene "dos almas" y ha criticado sus
violaciones de los derechos humanos. "Geográficamente somos europeos, pero ¿lo
somos políticamente?", pregunta.
En julio, pasé unos días con él en un
festival literario en Parati (Brasil). Parecía haberse liberado de sus
preocupaciones, pese a haber tenido que exiliarse por dos meses a raíz de las
amenazas de muerte recibidas de ultranacionalistas turcos. "No debería
permitírsele respirar", había dicho uno de ellos.
Pero ya se cernían los
nubarrones. Sus declaraciones del 6 de febrero al diario suizo Tages Anzeiger,
que habían suscitado las iras nacionalistas, estaban a punto de crearle otro
problema grave. "En Turquía, fueron asesinados treinta mil kurdos y un millón de
armenios -había dicho-. Soy casi el único que se atreve a hablar de esto."
Aludía a las masacres de armenios cometidas por las tropas otomanas en
los años 1915-1917. Turquía no niega las muertes, sino el que hayan llegado a
constituir un genocidio. En cuanto a los kurdos, se refería a los asesinados
desde 1984 dentro del conflicto entre las fuerzas turcas y los separatistas
kurdos.
Una legislación rigurosa ha silenciado el debate de estas
cuestiones. Algunas leyes derivan en juicios prolongados, multas y, en algunos
casos, penas de prisión. El 1° de septiembre, un fiscal de distrito inició un
proceso contra Pamuk por "menosprecio flagrante de la turquidad". Si lo
condenan, podría tener por delante hasta tres años de cárcel.
El
artículo 301/1 del código penal turco, invocado por el fiscal, establece: "La
persona que insulte explícitamente la nacionalidad turca, la República o la Gran
Asamblea Nacional turca será condenada a una pena de prisión que irá desde seis
meses hasta tres años. (...) Cuando el insulto a la nacionalidad turca sea
cometido por un ciudadano turco en un país extranjero, se aumentará la pena en
un tercio". Por consiguiente, de ser hallado culpable, Pamuk afrontaría una pena
adicional.
Cabría suponer que el gobierno turco podría haber evitado un
ataque tan abierto contra las libertades fundamentales de su escritor de mayor
renombre internacional, justamente cuando la Unión Europea considera su
solicitud de incorporación plena, un pedido extremadamente impopular en muchos
países de la UE.
Sin embargo, y pese a haber ratificado el Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Convenio Europeo de Derechos
Humanos, ambos centrados en la libertad de expresión, Turquía mantiene vigente
un código penal evidentemente contrario a estos principios. A despecho de las
protestas mundiales, ya ha fijado fecha para el juicio contra Pamuk. Si el
Gobierno no cambia de parecer, comenzará el 16 de diciembre.
A nadie
sorprenden las críticas de los islamistas y ultranacionalistas turcos. Tampoco
sorprende que, a menudo, desacrediten las obras de Pamuk tildándolas de
introvertidas y abstrusas y acusen a su autor de haberse vendido a Occidente.
Pero resulta decepcionante que un intelectual como Soli Ozel, columnista y
profesor de relaciones internacionales en la Universidad Bilgi, de Estambul,
critique a "aquellos, en especial los occidentales, que estarían dispuestos a
utilizar el proceso contra Pamuk para denigrar el avance de Turquía hacia una
expansión de los derechos humanos y hacia el ingreso en la Unión Europea". Ozel
admite que los cargos contra Pamuk son una "afrenta" a la libertad de expresión
y quiere que, en el juicio, los retiren. No obstante, prefiere hacer hincapié en
"la distancia que ha recorrido el país en la última década".
Tomado en
conjunto, parece un argumento demasiado débil. Por cierto, en los últimos diez
años disminuyeron las condenas y las sentencias a prisión impuestas bajo las
leyes turcas que penalizan la libertad de expresión. Pero los registros de PEN
Internacional indican que, en estos momentos, más de cincuenta escritores,
periodistas y editores afrontan un juicio. Los periodistas turcos siguen
protestando contra la versión revisada del código penal. En una declaración
presentada ante la ONU, la Asociación Internacional de Editores dijo que
adolecía de "fallas graves".
En opinión del presidente de la Comisión
Europea, José Manuel Durão Barroso, Turquía no tiene asegurado en absoluto su
ingreso en la UE. Necesitará conquistar el corazón y la mente de la ciudadanía
europea, profundamente escéptica.
El primer ministro británico, Tony
Blair, y Jack Straw, secretario del Foreign Office, pregonan que la solicitud
turca es un caso de prueba para la UE. Nos dicen que su rechazo sería
catastrófico, por cuanto ensancharía el abismo entre el islam y Occidente. Hay
en esto una pizca de la cháchara típica de Blair, una disposición
perturbadoramente comunalista a sacrificar el laicismo turco en aras de una
política basada en la fe.
La solicitud turca es, ciertamente, un caso de
prueba para la UE: demostrará si la UE tiene o no principios. Si los tiene, sus
dirigentes insistirán en que Turquía debe levantar de inmediato los cargos
contra Pamuk (no hay por qué hacerle esperar hasta diciembre para obtener
justicia). También insistirán en que revise prontamente su represivo código
penal.
Una Europa sin principios que dé la espalda a los grandes
artistas que luchan por la libertad seguiría malquistándose con sus ciudadanos.
Estos ya han demostrado ampliamente su desilusión al votar contra la
Constitución propuesta.
Así pues, tanto Occidente como Oriente se ven
puestos a prueba. El caso Pamuk importa a ambos lados del Bósforo.
©
Salman Rushdie y LA NACION (Traducción de Zoraida J. Valcárcel) El
autor ha publicado, entre otros libros, Versos satánicos y Furia.
|