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25 de octubre de 2005
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La
República de Uruguay - 25 de octubre de 2005
El estaba siempre allí, donde se cocinaba todo
Murió Jaime Pérez
En los últimos tiempos y luego de varios años de silencios y olvidos
se volvió a hablar de Jaime Pérez, del ex secretario general del Partido
Comunista, senador, diputado, edil por Montevideo, dirigente del Frente
Amplio, obrero peletero, judío, preso emblemático de la dictadura,
torturado hasta la locura y el borde de la muerte.
Esteban Valenti*
De su última enfermedad llena de olvido nunca pudo regresar. Se quedó
allí, mirando el mundo con sus ojos buenos, con una sonrisa que
desconcertaba, con algún destello imperceptible y cada día más lejano en
la mirada.
Ahora ha muerto. Y todos somos generosos y magnánimos con los muertos,
como si ese fin inexorable nos mejorara e hiciera olvidar nuestros
defectos. No, Jaime se merece que seamos tan implacables como fue con él
la vida, su lucha y muchos de sus compañeros. La muerte no da la razón,
menos por piedad, a veces sólo ayuda a colocar las cosas en su justa
dimensión.
Jaime no era un representante del partido de la clase obrera, él fue un
obrero, un humilde trabajador peletero que empezó de abajo y que todo lo
conquistó con su esfuerzo y su inteligencia y sobre todo con su
sacrificio. Es difícil encontrar en el Partido Comunista del Uruguay y en
la izquierda uruguaya un personaje al que las cosas le hayan costado más
caras. Caras en todo sentido.
Caro le costó defender la sede de su partido de un malón fascista,
recibió una puñalada. Y ya era un "cuadro", un dirigente en ascenso. Pero
Jaime no distinguía bien esas cosas. Lo dije hace un tiempo, no tenía
pinta de guapo, parecía más bien un sobreviviente del Gheto, pero él
estaba siempre allí, donde se cocinaba todo.
Caro pagó sus responsabilidades al frente de los aparatos más complejos
y comprometedores de su partido, y el haber asumido además la secretaría
general del PCU cuando Arismendi estuvo preso y fue expulsado. Me lo
acuerdo bien con su peluca de clandestino y su buen humor a cuestas.
Porque a Jaime Pérez no lo torturaron hasta el borde la locura y de la
muerte por error, por exceso, por casualidad. Los dictadores sabían muy
bien quién era y qué responsabilidades tenía Jaime. Y nuevamente pagó con
muchos años de cárcel y los peores tormentos.
Y a fuerza de voluntad, de coraje y de compañerismo salió adelante. Y
salió pensando, reflexionando críticamente. Los que superficialmente creen
que las ideas de Jaime a la salida de la dictadura fueron una simple
respuesta, una reacción ante el derrumbe del socialismo real, se equivocan
y no conocen a Jaime. Salió de la cárcel a reconstruir su partido y a
aportar su esfuerzo por la reconstrucción nacional y el avance de la
izquierda con un sentido mucho más crítico que antes. Testigos habemos
miles.
Y la vida se ensañó nuevamente con Jaime Pérez, fue a curarse a la URSS
y le diagnosticaron un cáncer de páncreas, y lo comenzaron a atormentar
con una cura que lo llevó nuevamente al borde de la muerte. Todavía lo
recuerdo cuando llegó para morir a Uruguay, bajando tembloroso del avión,
con aquella gorra que le quedaba enorme, y esa mirada de humanidad y
gratitud por volver a su casa. Y también venció a los malos diagnósticos y
se repuso. Y salió de la MIDU a pelear, incansable, imposible, no en un
puesto de relleno, sino allí donde las papas quemaban, cada día más.
Y cuando a la inmensa mayoría de los partidos comunistas se los llevaba
la corriente de la historia el PCU obtuvo la más alta votación de su
historia, alcanzó el porcentaje más alto que haya obtenido grupo o partido
dentro del Frente Amplio. Y no en cualquier momento, el muro de Berlín se
derrumbaba y aquí habíamos perdido el plebiscito del voto verde y se había
producido la gran fractura de la izquierda. Y que nadie se haga el
distraído, que en esa época el secretario general del Partido Comunista
era Jaime Pérez, y todo lo que criticamos sobre el poder de ese cargo
sirva también para darle las responsabilidades, las culpas pero también
los méritos.
La campaña del 89 de la 1001 fue una campaña polémica, llena de
tensiones y de discusiones, y muchos no estaban de acuerdo y no hubiera
sido posible si Jaime Pérez no hubiera sido el secretario general del PCU.
Como tampoco hubiera sido simple y clara la definición de la candidatura
de Tabaré Vázquez a la Intendencia de Montevideo o el primer lugar en la
lista a senadores de Danilo Astori y la definición que en la lista de la
1001 en ese primer puesto al Senado todos sus suplentes serían
independientes. Todavía vivimos unos cuantos testigos del Comité Central,
del Comité Ejecutivo y del Secretariado del PCU.
Como otra hubiera sido la polémica con Hugo Batalla, si Jaime no
hubiera comprendido y defendido una actitud de respeto político, de
diálogo excluyendo excomuniones y condenas. Era justo moralmente y también
se demostró justo políticamente.
En el medio de estos acontecimientos surgió la polémica sobre la
dictadura del proletariado en directo y por televisión. Hoy nadie habla ya
de la dictadura del proletariado, es una categoría enterrada en un
complejo mecanismo de silencio y de olvido. Pero en aquellos días era
todavía una de las piedras angulares de la teoría y de la concepción
histórica de los comunistas. Me incluyo.
Jaime tuvo la valentía de no buscar atajos, explicaciones lingüísticas
y manoseos de la realidad y habló claro: nada de dictaduras, de ningún
tipo. Algunos seguirán creyendo que fue una simplificación de la teoría
marxista, yo estoy convencido más que nunca que sólo cortando esos nudos
gordianos se podía dar un debate en serio, sobre el fondo de las ideas del
comunismo y el socialismo. Y Jaime se atrevió a decir Gregorio. Y comenzó
la guerra feroz y subterránea.
Ese programa en Canal 10 al que fuimos juntos, y donde yo también hice
contorsiones clásicas y pininos pero no hablé con la misma claridad, le
costó muy caro a Jaime. Nunca voy a olvidarme, fue en los días previos al
1º de Mayo y en la manifestación de ese año hicimos un tramo juntos, y
encontramos a varias personas que lo increpaban por ese atrevimiento, por
haber cedido en los "principios". Y Jaime no perdió su paciencia y su
serenidad.
Después la historia es relativamente reciente. Lo lincharon. Así de
simple y así de duro. Porque así como reclamamos que la historia de
nuestros mártires y desaparecidos no tenga huecos de olvido, no lo
practiquemos con nuestra historia. Me da vergüenza recordar los adjetivos
que le lanzaron encima a Jaime para expulsarlo de su partido, al que le
había dedicado su vida.
Ahora con los años, todos nos atrevemos a formular otras preguntas
¿había otro camino, que abrir el debate al partido y ante la sociedad?
Claro, en la historia comunista el conflicto se hubiera saldado de una
manera muy diferente, contando con una abrumadora mayoría del Comité
Central y con abiertas actividades fraccionales (siempre dentro de la
tradición comunista) la expulsión y la división del PCU hubiera sido el
camino tradicional. Y con la sigla y con buena parte de la historia se
habría quedado el "partido oficial". Incluyendo todos los
parlamentarios.
Y nadie, menos Jaime mencionó siquiera esa posibilidad. Puso todo, su
cargo, su pasado, sus ideas en el medio de la discusión. Al contrario
propuso un pronunciamiento plebiscitario entre todos los comunistas. Y
perdió. Y volvió a pagar.
Lo marginó su partido y en cierta manera la propia diáspora comunista
nos marginó a todos. De héroe paso a ser traidor sin estaciones
intermedias. Y Jaime siguió --mientras tuvo fuerzas-- defendiendo sus
ideas, opinando y aportando a la izquierda desde el Senado.
Hoy vivimos otros momentos, aquello parece historia antigua, la
izquierda uruguaya con sabiduría e inteligencia supo encontrar los caminos
para conquistar el gobierno y aquí estamos, cambiando, discutiendo,
reclamando más cambios.
Hace algunos días se le hizo un homenaje a Jaime Pérez, él no pudo ir,
pero en realidad era una reivindicación de sus compañeros a su historia, a
su pasado, a un hombre que fue una referencia humana y política. Lo que
importa hoy es reivindicar la imprescindible unidad entre esos dos
valores: la política y la humanidad. Cuando se pierde esa conexión queda
sólo el frío esqueleto del poder.
*Periodista
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