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4 de diciembre de 2005
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La
Vanguardia de España
- 3 de diciembre de 2005
El ocaso de Bush
EL GRUPO neoconservador creyó que podía
disponer de un poder ilimitado, pero la realidad es que la gente no se deja
dominar tan fácilmente
Manuel Castells
Contra viento y
marea, Bush ha vuelto a reafirmar esta semana su política de
ocupación militar de Iraq mientras lo crea necesario. Sin embargo,
con un nivel de apoyo popular del 35% y con menos del 40% de los
estadounidenses creyendo en la honestidad del presidente Bush, el
declive de la Administración más derechista y agresiva del último
medio siglo se vislumbra en el horizonte de la política mundial. Y
no tanto por lo que digan las encuestas de opinión, pues el
electorado es voluble, sino porque la caída de popularidad se debe a
varios hechos que, en su conjunto, han puesto al descubierto una
peligrosa mezcla de incompetencia, ilegalidad y arrogancia en la
gestión del país y del mundo.
La caótica y tardía respuesta
a la catástrofe del huracán Katrina produjo un fuerte impacto entre
la gente. De repente se hizo evidente que la inmensa máquina de
seguridad creada desde el 11 de septiembre no es capaz de proteger a
los ciudadanos, sino que parece destinada a alimentar una guerra sin
fin contra un enemigo invisible. La falta de liderazgo de Bush
frente a la tragedia erosionó su imagen de presidente decisivo ante
el peligro. Además, su intento de compensar sus fallos prometiendo
invertir 200.000 millones de dólares en la reconstrucción de las
ciudades del Golfo ha sumido a los círculos económicos en la
perplejidad porque no parece posible aumentar así el gasto, sufragar
la guerra de Iraq y seguir bajando impuestos, a menos de incrementar
el déficit actual hasta niveles amenazantes para la estabilidad
económica. A ello se une la agravación de la situación en Iraq, con
2.100 soldados estadounidenses muertos y una escalada de atentados
que están desangrando el país y las tropas ocupantes (de 100 a la
semana antes del verano a 600 actualmente). Cierto es que la mayoría
chiita y la minoría kurda están participando en el proceso electoral
para aprovechar la oportunidad de sacudirse la dominación suní que
los sojuzgó durante décadas. Pero a lo que ello conduce no es a la
estabilidad sino a la guerra civil. A menos que haya un acuerdo
nacional iraquí en torno a una plataforma antiestadounidense.
En cualquier caso, el impacto de la guerra sobre la salud
política y económica de Estados Unidos es tal que un Senado casi
unánime pidió que se acelere el traspaso del poder a los iraquíes y
la retirada de las tropas. A lo cual Condoleezza Rice y el propio
Bush respondieron con la súbita afirmación de que los iraquíes serán
pronto capaces de asegurar su propia seguridad, abriendo paso a la
retirada gradual de la mayoría de las fuerzas ocupantes en los dos
próximos años. Una posibilidad ferozmente disputada dentro de la
Administración por Cheney y por Rumsfeld porque temen, con razón,
perder el control de Iraq y, con ello, acabar con su proyecto de
control del petróleo iraquí y de un país estratégico en la zona más
sensible del mundo. Pero
Cheney está muy debilitado tras el
procesamiento iniciado contra su jefe de gabinete Scooter Libby, uno
de los maquiavelos más decisivos del grupo neoconservador, por
revelar la identidad de Valerie Plame como agente de la CIA en
represalia por la denuncia de su marido, el diplomático Joseph
Wilson, de la mentira de la Administración sobre el supuesto
programa nuclear de Saddam Hussein. Es muy posible que, por primera
vez, un alto cargo de la Casa Blanca acabe en la cárcel por
manipulación informativa.
Más aun, Karl Rove, jefe del
gabinete del presidente, está bajo sospecha por su participación en
este y otros asuntos y parece condenado políticamente aunque no es
tan vulnerable judicialmente. Y esto es significativo porque es el
operador clave en la movilización del aparato conservador en el
país. Si a ello se une el procesamiento del líder republicano del
Congreso Tom Delay, el más poderoso político conservador de estos
últimos años por financiación ilegal de su campaña y la
investigación del líder republicano del Senado Bill Frist por
tráfico de influencias, empieza a dibujarse un panorama de fin de
reino, en donde se mezclan la corrupción, la ilegalidad, falta de
escrúpulos y la incompetencia. fácilmente
Así, pese a que la
economía va bien y que la gente se dispone a gastar como nunca en
estas navidades, y aunque el nivel de miedo ha bajado
considerablemente tras cuatro años sin atentados en EE. UU. (Madrid
y Londres quedan muy lejos), la crisis política se profundiza por
momentos. Y puede convertirse en crisis moral, porque los gestos
provocadores continúan. Por ejemplo, en la atribución sin concurso
público a Halliburton, la empresa de Cheney, de los contratos de
reconstrucción de Nueva Orleans, como se hizo en Iraq. O con la
amenaza de Bush, a instancias de Cheney, de vetar el presupuesto de
defensa si el Congreso incluye en la ley la prohibición de la
tortura (lo que es una forma de reconocer su práctica). O con la
revelación sobre las cárceles secretas de la CIA en Europa del Este,
apuntando a la existencia de ese Gulag estadounidense denunciado por
Amnistía Internacional, que va de Guantánamo a Afganistán y de
Rumanía a Egipto, a través de corredores misteriosos que de vez en
cuando aterrizan en nuestras islas.
Y es que el grupo
neoconservador que tomó el poder con Bush creyó que podía por fin,
so pretexto de la guerra contra el terror, disponer de un poder
ilimitado para remodelar
EE.UU. y el mundo en torno a sus
valores e intereses, desde sustituir a la ciencia por la Biblia en
las escuelas y recortar los derechos de las mujeres, hasta imponer
su visión de la democracia a base de bombardeos allí donde hiciera
falta.
La realidad ha demostrado que el mundo es más
complejo y que la gente no se deja dominar tan fácilmente. Y que la
tecnología y el dinero no son todopoderosos, ni siquiera cuando se
apoyan en la utilización interesada de un Dios que nunca debiera ser
invocado para torturar en su nombre. Apunta, pues, el ocaso de Bush
y del sueño neoconservador de imponer por la fuerza su visión de la
civilización occidental. Aun en el caso de que nuevos atentados de
Al Qaeda en EE. UU., una ocurrencia probable, tensen de nuevo la
cuerda del miedo. Porque creen los expertos que si después de todo
lo que se ha hecho en nombre de la seguridad ni siquiera ese
objetivo se cubre, se agravará la crisis de confianza en la derecha
republicana.
Sin embargo, el proyecto neoconservador dejará
huellas profundas tras su fracaso. Un país profundamente dividido,
casi en términos de guerra de religión; un déficit público que es
una bomba de tiempo, sobre todo si se combina con el estallido de la
burbuja inmobiliaria; un Oriente Medio desestabilizado; un Iraq en
guerra civil; un terrorismo global que se alimenta del fútil intento
de dominación militar global como forma predominante de política
exterior; y una derecha militante en todo el mundo que cierra filas
de forma sectorial frente a cambios sociales y culturales que ni
entienden ni aceptan. Y esto sin olvidar que Bush aún tiene tres
años, en los que podría practicar una huida hacia adelante en la
lógica destructiva en donde le sitúo su mesianismo. Por ejemplo,
interviniendo en Venezuela. O en Irán. Aunque lo más probable es que
el sistema de controles internos de la política estadounidense acabe
convenciendo a Bush de que tiene que desandar camino para no pasar a
la historia como el presidente que destruyó las reglas del juego
democrático.
La popularidad de líderes republicanos
razonables como el senador Mc Cain, un firme candidato presidencial,
parece indicar que se está preparando un cambio de guardia en la
elite política de EE. UU. Pero el camino hacia ese cambio es
incierto y lleno de peligros. El ocaso anuncia la oscuridad al
tiempo que promete un nuevo día.
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