n el batallón 13 funcionó, a partir de mediados de la
década de los ’70, el centro de torturas de las Fuerzas Armadas. No
el único, pero sí el más grande y conocido, por el que pasó la mayoría de
los detenidos políticos y sociales de aquella época: varios miles de
compatriotas. El objetivo fue, antes que la destrucción del cuerpo, el
aniquilamiento de la conciencia. Antes que matar, destruir psíquica y
moralmente. Eso significó llegar hasta los límites de lo físico, límites
que, a veces, se traspusieron. Algunos de los muertos, como estamos viendo
estos días, fueron enterrados en el mismo predio militar. Pero la mayoría
sobrevivió. La tortura en el batallón 13, es decir en el Infierno (para
los presos) o en el “300 Carlos” (según la jerga militar), fue descripta
por el periodista José Jorge Martínez en uno de los capítulos de su libro
“Crónicas de una
derrota-Testimonio de un luchador”,
editado por Trilce, que alterna la
reconstrucción de las luchas de la izquierda durante la segunda mitad del
siglo pasado con las memorias de la cárcel y la
tortura.
Se transcriben seguidamente algunos pasajes del capítulo “El
Infierno”, donde el autor narra su experiencia personal en la tortura,
antes de ser confinado durante varios años, primero en un cuartel, luego
en el Penal, como tantos uruguayos y uruguayas.
“Siento correr un portón de hierro y me invade una música
estridente. Me bajan, me atan fuertemente las manos por detrás con un
cable y me sacan la funda que me envuelve la cabeza: estoy contra una
pared. Luego me tapan los ojos con una tela áspera y la anudan
fuertemente. También me cuelgan algo del cuello y alguien me dice que en
adelante me llamarán por un número que me indica y que por los nervios
olvido de inmediato. Ahora me toman firmemente del brazo y me conducen
unos metros. Una voz me pregunta: cómo te llamás. Contesto Martínez. Una
bofetada. Me pregunta de nuevo: cómo te llamás. Uno aprende rápido y
contesto José Jorge Martínez. El Tito, comenta el interrogador, y sigue:
la mano viene brava para vos, ¿vas a hablar? Callo, esperando otra
bofetada. No se produce. Me toman de nuevo del brazo y me llevan, me hacen
subir una escalera de madera y luego de unos pasos nos paramos. De súbito
me toman vigorosamente de los brazos y de la nuca, son dos pienso, y me
doblan, hundiéndome la cabeza en un tacho con agua. Es un agua con
algo viscoso, con olor nauseabundo, vómito pienso, es un olor
inconfundible pienso, mientras cierro fuertemente la boca. Al cabo de un
momento, es fácil de aguantar me digo. Pasa el tiempo y sigo con la cabeza
en el agua. Siento que me asfixio, el pecho parece explotar, me agito
inútilmente, lo único que pienso es no abrir la boca, pero el agua
comienza a entrar por la nariz, me sacudo, la nariz me arde. Me levantan.
Respiro a bocanadas, ruidosamente, ansiosamente. Me preguntan: vas a
hablar. No digo nada. Otra, se dicen, y de nuevo me empujan por la nuca
hacia el agua, larga, interminablemente; siento que voy perdiendo el
control, no resisto, no resisto, abro la boca y aspiro, el agua y la
porquería entran pero no aire, me convulsiono, me sacan. Me preguntan: vas
a hablar, puto. No digo nada. Me impulsan otra vez hacia el tacho y así
todo recomienza.
Estoy parado hace mucho tiempo, no sé dónde ni cuánto. Pienso
insistentemente, obsesivamente, bueno, esto es así, se aguantó una vez, se
puede aguantar otra, hay que pasarlo de a una vez, de una vez por vez, sí,
de una vez por vez”.
“Siento que me ponen una capucha, no sé de que material: está
húmeda, huele a roña, a inmundicia. Me llevan casi corriendo, a los
tropezones y de inmediato estoy otra vez con la cabeza en el agua. Pero
para mi alivio esta vez me sacan pronto: un tipo me toma la capucha a la
altura de la garganta y la aprieta. No entiendo qué pretende. El tipo la
aprieta aun más, la estruja y siento que me falta el aire; abro bien la
boca y en vez de aire me entra la capucha, me sacudo como loco, me sujetan
violentamente, deben ser tres, me asfixio, siento que me voy, el tipo
afloja y me llega aire que trago a borbotones; el tipo vuelve a estrujar
la capucha, imagino que la capucha entra también por la nariz, pataleo y
logro zafar pero un golpe en la cabeza da conmigo en el suelo y puedo
respirar aliviado. Una voz me dice: vos te la buscaste, ahora vas a
saltar, vas a ver lo que es bueno. Advierto que a los tirones me arrancan
la ropa y me dejan desnudo; me tiran sobre algo duro pero flexible, no sé,
sí, parece una cama metálica con elásticos y con una arpillera mojada
arriba.
Picana, es la picana; me recorren el cuerpo y yo me arqueo, salto
como una rana, me tiran agua encima y siento que vibro todo entero.
Alguien me dice: vas a hablar, hijo de puta. La picana pasa por el pecho y
me da como un golpe, percibo lejanamente que me paralizo. Un tipo me
levanta los labios, hurga en mi boca cerrada y un rayo continuo se me
descarga. Oigo a alguien que grita, que aúlla, soy yo”.
“Me están haciendo subir otra vez la escalera; de nuevo la picana,
me digo, ¿cuántos días van? Tres, cuatro, no me acuerdo bien. Una vez por
vez me repito monótonamente, hay que pasarlo una vez por vez. Estoy arriba
y con las vísceras apretadas espero que empiece, pero no, un tipo me
habla. Amable, firme. Me está diciendo que es al cohete que me haga
masacrar, que tarde o temprano todos terminan hablando. A esta altura por
las voces ya me he dado cuenta que los que torturan son oficiales, que los
soldados, los números, sólo te llevan y traen, pero aun así éste es otra
cosa”.
“El tipo pierde la paciencia, o hace que la pierde, y me grita, es
un truco, pienso, es técnica elemental de interrogatorio, pienso, y el
tipo me insulta, se evapora su corrección, me golpea, es un golpe seco y
duro, es una cachiporra de goma identifico, el tipo me da en la espalda,
en los brazos, se encarniza en los muslos, que queman, atontado en un
momento me caigo y el tipo me sigue dando en el suelo, sin parar. No,
ahora se detiene y me vuelve a conminar, vuelve a ser convincente, dice
que me tiene lástima, que no sea idiota al pedo. Callo. Vuelve a pegarme
en los muslos. Duele mucho, pero pienso que se puede soportar, que al lado
de la picana en la pija eso no es nada, que mejor siga con los golpes y
gimo para impresionarlo.
Al
final se detiene. Debe haber hecho un gesto porque sin más palabras me
agarran y me llevan escaleras abajo. Me hacen caminar un trecho y luego me
dicen quieto y me dejan. Estoy desconcertado. Ya sé que alzando con
disimulo la cabeza puedo entrever algo debajo de la venda, por las
comisuras: lo hago brevemente y percibo otros pies, concluyo que estamos
de plantón, esperando. Siento una conversación, parece radial, alguien
está diciendo 300 Carlos, sí, aquí Oscar 2,
escucho”.
“Debe ser ya media mañana. Alzo la cabeza para tratar de ver algo
cuando un fuerte golpe en la cabeza me saca las ganas: y al cabo de un
rato alguien viene y me coloca algodones en los ojos debajo de la venda:
esto debe ser jodido, pienso, cuando noto que algunas hebras se me han
metido debajo de los párpados.
Me vienen a buscar y me digo, con pánico, de nuevo arriba. No, me
ponen otra vez la atadura a la espalda, maniobran con ella y siento que
soy lentamente izado, mis brazos arqueados en la espalda se elevan y alzan
tras ellos el cuerpo, éste se estira, me pongo de puntillas, se sigue
elevando: estoy en el aire. Alguien ha tanteado con el pie haciéndome
oscilar y así quedo.
No pensaba en nada, duraba como una cosa, cuando me apercibo que
ahora con las puntas de los pies rozo el piso: me duelen terriblemente los
omóplatos pero igual hago un esfuerzo para bajar; me retuerzo, lo voy
logrando y consigo que los dedos de mi pie derecho se apoyen, sí, se
apoyan en el suelo. No me dan tiempo para saber si he mejorado o empeorado
porque alguien viene, siento que maniobra con la cuerda y vuelvo a
elevarme en el aire. Es insoportable, pero continúa sin
pausas.
Puedo ver, a través de la venda puedo ver con claridad a unos niños
que me miran atentos, curiosos, son cinco o seis y uno tiene los dedos en
la boca: están callados e inmóviles; ahora se mecen, crecientemente se
mecen en el aire mientras me miran reflexivos. Estoy abstraído ante los
niños que me custodian expectantes mientras oscilan ingrávidos como
movidos por una brisa.
Alguien me toma por los sobacos y me alza mientras otro va soltando
la cuerda; voy recobrando la lucidez en tanto los músculos de los hombros
se van encogiendo entre punzadas taladrantes: siento que me voy a
derrumbar pero me sostienen y luego uno me lleva trastabillando, me hace
acostar y me arropa con un poncho. Quedo muerto.
Estoy otra vez en el gancho, colgado. Una voz, alguien, me habla y
yo me retuerzo en el aire; la voz me pregunta si ahora estoy dispuesto a
hablar, nada digo, el tipo me insulta larga y pacientemente, me lo
pregunta de nuevo y yo decido no contestarle pero me oigo decir entre
gemidos nombres no, nombres no cuando algo me toca y salto, es la picana,
yo me arqueo, los omóplatos van a reventar, me sacudo, cimbreo como una
bandera sacudida por un ventarrón. Voy perdiendo la noción de las
cosas.
Alguien me toma por los sobacos”.
“Nuevamente estoy de plantón. Llevo cinco, no, seis días con esta
rutina diabólica, plantón, gancho, picana, reposo, plantón, gancho,
picana. Llevo cinco, no, seis días, dormitando sólo parado, los pies están
hinchados y vivo en un sopor que no sé qué pensarán ellos pero que hacen
más soportable el tormento”.
“Estoy colgado del gancho. De pronto aparece Adriana que se detiene
a lo lejos y me mira callada, meditativa. Yo me pregunto qué estará
haciendo ahí, qué imprudencia, la van a agarrar, qué incauta. Ella me mira
en silencio y yo me esfuerzo para hacerle señas con la cabeza de que se
vaya ya, que no se arriesgue porque la va a quedar. No me hace caso y mi
tensión sube: qué temeridad y todo para qué, si al menos tentara aflojarme
la cuerda y yo pudiera apoyarme en el suelo: pero no, está demasiado
lejos. Ahora parece que me ha comprendido y sin darse vuelta comienza a
alejarse lentamente, cuando yo me apercibo que tengo una necesidad y le
digo que me traiga un par de alpargatas, sí, necesito imperiosamente un
par de alpargatas. Ella no contesta ni da señales de haber oído;
alpargatas, le imploro, le grito, por favor, alpargatas. Desaparece, se ha
ido: pero yo necesito alpargatas.
Estoy de plantón. Siento ruidos familiares porque estoy al lado del
baño y del baño mana como un arroyo de aguas servidas que empieza a
mojarme los pies: es mierda, diablos, es mierda...”
“Estoy sentado: es el descanso de cinco minutos. Siento los ojos
pegajosos. Me preocupa que la infiltración de los algodones debajo de los
párpados haga que sienta que mis ojos supuren permanentemente y que
provoque que la pringue de hilos de algodón, pestañas y líquido vayan
formando como pequeños bolsones. Alguien viene y me examina la pierna. Es
que al costado de la pantorrilla ha erupcionado como una úlcera y exuda
una débil mezcla de pus y sangre. Ya lo había entrevisto con indiferencia,
como una curiosidad. Ahora que me examinan me digo que es raro porque
nunca he tenido várices, me pregunto displicente a qué se deberá. El tipo
parece que me pasa un algodón mojado, una y otra vez, y en la maniobra le
huelo un tufo alcohólico; me pone una gasa y la sujeta con una cinta. Yo
pienso decirle que no se preocupe por pavadas, lo que me importa son los
ojos que supuran cada vez más, sí. El tipo parece que se ha ido: a mí lo
que me preocupan son los ojos
Estoy sentado y viene alguien que me dice: tomá, mientras me da un
par de pastillas y yo me digo: qué bueno, debe ser para los ojos, el
médico será un borracho pero se acordó; las trago y luego recuerdo que no
alcancé a planteárselo pero tal vez el tipo se dio cuenta, y me digo qué
atento, qué tipo piola. Mientras, viene la orden, de pie, y cuando me
dispongo a pararme siento una mano en el hombro y me dicen no, vos no,
dormí. Me invade una enorme sensación de felicidad, de reconocimiento y
gratitud, y me recuesto encogido entre los ponchos. Qué bien se está: mi
agradecimiento es totalizador, qué buenos son pienso, después de nueve
días podré dormir, qué tipos macanudos. Me despierto y quedo absorto: veo
grandes manchas de color, geométricas, como un conjunto de edificios que
se movieran lentamente, meciéndose, tal como si fueran haces de luz
multicolor. Es un espectáculo tranquilo, de una serenidad increíble,
profundamente armonioso, que trae paz y bienestar. Lo observo sosegado,
sin preguntarme a qué corresponderá. Lo acepto plácidamente encantado. Los
planos de luz se cortan, se entroncan como si estuvieran regidos por una
música inaudible. Es posible que me haya muerto, me digo sin el menor
asomo de inquietud, sí, es posible, mientras alguien cerca está diciendo:
300 Carlos, aquí Oscar 1.
Los plazos se han acortado: ahora, cuando me cuelgan del gancho,
los niños me vienen a ver casi de inmediato”.
“... ¿cuánto llevo aquí? Concluyo que debe ser un mes, más o menos
un mes. Qué mierda. Me viene una certidumbre, absoluta, total: estoy en
reparaciones y dentro de poco recomenzará todo, pero sólo una vez, sí, una
vez, y luego abandonarán y me llevarán al Juzgado: si después de todo ya
saben todo, me dejarán en paz. Sólo tengo que aguantar otra tanda de
torturas como la primera: si aguanté una puedo aguantar otra, y después me
dejarán en paz, me dejarán en paz”.
“Luego de cuatro o cinco días de recuperación todo ha recomenzado:
la colgada, la picana, los plantones; todo el día, todos los días. Es
inaguantable; antes me decía una vez por vez, pero ahora ya sé que esa una
vez va a durar un mes por lo menos, un mes soportando esto. Ya no sólo me
duelen los hombros cuando me cuelgan, sino que al llevarme y tocarme
casualmente siento ya un tormento. Mejor estar muerto, me digo, mejor
morir que seguir soportando esto.
Dale, puto de mierda, hablá, qué ganás con hacerte masacrar.
Nombres no, nombres no. Salto en el aire, siento que me
desgarro.
Me llevan, otra vez me llevan al gancho: pero no, la
escalera, será otra vez el tacho, es preferible, me enlazan una cuerda al
cable que me ata las muñecas en la espalda y me empujan, tropiezo, me
empujan y quedo montado a caballo sobre una barra. Un tipo me dice: mirá
que esto nadie lo aguanta, largá mejor. Quedo expectante, aterrado, y
contesto nombres no, nombres no. La picana, salto en el aire, me retuerzo
y caigo, la barra es filosa y el tajo es como si me seccionara en la
entrepierna el hueso, no me dan tiempo ni para pensar y vuelvo a saltar,
es como si me rajaran todo el cuerpo, siento que todo yo estallo, ahora
caigo sobre los testículos, van a explotar, vuelvo a saltar, siento que me
voy, salto.
Estoy acostado porque han suprimido los plantones: luego que me
aplican el caballete me bajan y me acuestan. Y aquí quedo, en un sopor,
idiotizado, todo el resto del día. Rechazo la comida, mejor dicho, no la
ingiero, simplemente no hago nada. Nada. Dormito.
Me tiran agua a la cara, cobro conciencia, me levantan y me llevan:
de nuevo el caballete, mejor morir me digo. Estoy en lo alto de la
escalera, doy un brusco tirón, me suelto, monto a horcajadas sobre la
baranda, voy a saltar, me agarran, me tiran al suelo, gritan. Pará, hijo
de puta, qué querías, tirarte, bien, soldado, bien, estuvo atento, pero
para qué querías hacerlo, para qué, qué fanáticos.
Me llevan, otra vez me llevan. Me digo esto no va a parar nunca,
no, no va a parar”.
“Viene alguien que me quita la atadura y me alcanza una camisa y un
short. Recién me apercibo que estoy casi desnudo, con sólo un calzoncillo:
y que está mugriento. En dos meses sólo una vez me ducharon con una
manguera y cantidad de veces me cagué encima. Sí: no sólo es el
calzoncillo, soy yo el que está inmundo. Me pongo la ropa y me preocupo
porque el short es muy chico: qué falta de consideración, me
digo.
Voy en un camión cerrado. Pienso que a lo mejor me llevan a un
Juzgado militar (...). Sigue otro rato y ahora se detiene. Me bajan con
cuidado y me doy cuenta que no venía solo. Siento gritos e insultos, me
empujan, me golpean, hemos llegado a un cuartel, imagino”.