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10 de diciembre de
2005
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Página12
de Argentina - 8 de diciembre de 2005
Una mujer en el coto de caza del machismo en Chile
Michelle Bachelet es una mujer. También es socialista y candidata principal
a la presidencia de Chile. Esas no son condiciones usuales en un país que no
abandonó el paternalismo despectivo de la era Pinochet.
Manuel Délano * Desde Santiago, Chile
Durante 25 años,
María Victoria Torres, de 47 años, fue agredida física y psicológicamente por su
marido, Gerardo Flores, un ex agente de la Dirección de Inteligencia Nacional
(DINA). Por no perjudicar a sus hijas, callaba. Fue a Carabineros a denunciarlo
y le replicaron: “Por algo le pegarán, alguna cosita habrá hecho usted...”. Una
psicóloga le dio la receta que le permitió rebelarse: escribir su historia. Lo
hizo y hoy es un libro. Fue la primera en pedir el divorcio, hace un año, desde
que hay ley, pero aún no lo ha conseguido. Su caso es frecuente: una de cada
dos mujeres ha sufrido violencia intrafamiliar y casi un tercio ha sido pateada,
arrastrada o sufrido una paliza, según una encuesta del gobierno. Este domingo,
Torres votará en la elección presidencial por Michelle Bachelet, la candidata
que encabeza las encuestas, para combatir el machismo chileno. Está orgullosa de
su opción: “Las mujeres tenemos que trabajar el doble que los hombres para
demostrar que sabemos hacer las cosas”, afirma. Que una mujer esté por primera
vez próxima a llegar al Palacio de La Moneda ha puesto en primer plano los temas
de género. A Bachelet la miden y observan de forma diferente que a los otros
tres candidatos, no por su militancia socialista, sino por ser mujer. Las
encuestas coinciden en que la candidata de la coalición de centroizquierda logra
más adhesión en las mujeres que en los varones, algo que en Chile se puede medir
porque ambos sexos sufragan en mesas y lugares separados, una tradición desde
que las mujeres tienen derecho a voto, a mediados del siglo XX. “La fortaleza
de Michelle Bachelet se observa en mayor medida en el voto femenino. La mujer es
más proclive a votar mujer”, sostiene Clarisa Hardy, socióloga y directora de
Chile 21, un centro de reflexión socialista. Atribuye este fenómeno al progreso
que ha experimentado la situación de la mujer en los últimos años, en lo que
llama “un salto modernizador, que lo demuestra el aumento de la participación
laboral y escolaridad femenina y la menor tolerancia a la desigualdad y
discriminación sexual”. Todavía falta mucho por avanzar. Las mujeres no ganan
lo mismo que los hombres, llegan hasta ciertos cargos porque se topan con el
llamado “techo de cristal”, una barrera invisible pero igualmente eficaz,
presente en las empresas y esferas de poder, muy difícil de cruzar para ellas.
El mérito en la mujer ayuda menos que en el varón. Bachelet expresa las demandas
pendientes de las mujeres, sostiene Hardy: “Si ella está próxima a llegar a La
Moneda, yo impediré que abusen, que me discriminen. Otras se sienten convocadas
porque Michelle expresa a una sociedad que despertó a sus derechos y otras
porque la ven descontaminada de un mundo político tradicionalmente masculino y
muy mal evaluado en todas las encuestas”, afirma. Donde se observan las
mayores diferencias es en el mercado laboral, sostiene la encargada del tema de
mujer de la Oficina Internacional del Trabajo (OIT), María Elena Valenzuela. La
participación de la mujer en el trabajo ha aumentado en las últimas décadas
“pero es la más baja de América latina. Chile es el país donde hay más dueñas de
casa, en especial en los grupos de ingresos bajos y medios”,
sostiene. Valenzuela atribuye la diferencia a factores como la presión de la
pareja para que la mujer siga en el hogar, la supuesta desvalorización del
trabajo masculino que implicaría la salida femenina al mercado laboral, la falta
de oportunidades de empleo y de guarderías donde dejar a los hijos y a la visión
conservadora de la contratación de grandes empresas en cargos gerenciales. “Las
mujeres no suelen llegar a gerencias, salvo las de recursos humanos y de la
banca, no están en los directorios ni en las asociaciones empresariales”,
afirma. En promedio, las mujeres tienen el 67 por ciento del ingreso mensual de
los hombres. En 1990, al inicio de la democracia, tenían el 65 por ciento. “La
brecha ha disminuido poco a pesar de que las mujeres ocupadas tienen 12,7 años
de estudio y los varones 11 años. Si se pagara por igual en función del promedio
educacional, las mujeres deberían ganar más que los varones en Chile”, dice
Valenzuela. Las mujeres tienen mayor desempleo y sus trabajos son más precarios
que los de varones. Pero el machismo es también latente. Los ataques frontales a
Bachelet de los candidatos de la derecha han sido pocos en la campaña, porque no
serían bien vistos. Han sido ataques indirectos, dudando de su capacidad de
gobernar y liderazgo, pero el efecto ha sido como de boomerang. “Se ha producido
una reacción de defensa corporativa de las mujeres, a reafirmar el voto
femenino”, dice Hardy. El lenguaje es otro problema. La candidata a senadora
democristiana Soledad Alvear, derrotada por Bachelet en las primarias
oficialistas, sostuvo en una entrevista que a los varones les cuesta tratar de
igual a igual a las mujeres. Usan “mijita”, una expresión típica “con la que
creen que le hacen un gran favor, pero la verdad es que se trata de un poquitito
de protección y un poquitito de ninguneo”. Al ministro de Hacienda, Nicolás
Eyzaguirre, amigo de Bachelet, se le escapó una de estas expresiones, provocando
un pequeño escándalo. Se refirió a Bachelet como “mi gordi” y debió disculparse
explicando que fue algo inconsciente y “un resabio de machismo, muy indebido”.
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