| Latinoamérica - rodelu.net |
11 de diciembre de 2005
|
Brecha
de Uruguay - 9 de diciembre de 2005
Ante el hallazgo en el Batallón 13
El Ejército debe informar más y mejor
La aparición de un cadáver en los predios del Batallón
13, dos días después del hallazgo de restos en una chacra de
Pando bajo custodia de la Fuerza Aérea, hizo crecer en forma
exponencial la toma de conciencia de la ciudadanía sobre lo
que fue el terrorismo de Estado.
Samuel Blixen
Las
imágenes del esqueleto con un orificio en el cráneo, una soga
al cuello y las manos juntas, probablemente atadas, reforzaron
el conocimiento acabado, elocuente como ninguna descripción,
de los extremos a los que llegó, en su deshumanización, lo que
eufemísticamente se calificó “destino final” como corolario de
los “excesos en los malos tratos”. Nadie escapó al impacto
de entender, sin posibilidad de ignorarlo, el grado de
sufrimiento y desesperación que vivieron cada uno de los
prisioneros a los que se les programó ese final. La
confirmación de lo entrevisto e imaginado reforzó también la
necesidad colectiva de saber exactamente, sin coartadas ni
gambetas, dónde, cómo, cuándo, quién y por qué, y de reclamar
responsabilidades. Las nuevas necesidades de saber y
comprender desataron, por reacción, gastadas artimañas: desde
el Partido Colorado se apeló al viejo truco de los dos
demonios y, sobrevolando sobre la verdad y la justicia, se
exigió que “las dos partes” pidieran perdón a la sociedad. Con
un matiz de diferencia, monseñor Pablo Galimberti exhortó a
conceder el perdón, porque “no hay justicia sin perdón”. El
abogado Javier Miranda, de la Asociación de Madres y
Familiares de Detenidos Desaparecidos, cuyo padre continúa aún
desaparecido desde el 30 de noviembre de 1975, salió al cruce
con una simple pero demoledora pregunta: “¿Y a quién debo
perdonar?”.
LA INFORMACIÓN DEL EJÉRCITO CUESTIONADA
Como exorcismo de circo, el truco del perdón innominado, que se
saltea varios casilleros para eludir responsabilidades y
ocultar complicidades, revelaba, esta semana, la ansiedad
temerosa que provoca el dato de realidad elocuente,
insoslayable, y a la vez lanzaba una cortina de humo: las
exhumaciones de la chacra de Pando y del Batallón 13, además
de demostrar el inevitable afloramiento de la verdad,
subrayaban las contradicciones. Los dos hallazgos comparten el
hecho primario del rescate de los restos de dos desaparecidos,
que dejarán de serlo. Pero también confirmaban las sospechas
que se espesan desde hace más de tres meses: en tanto que los
datos concretos aportados por la Fuerza Aérea eran una
contribución sincera para el hallazgo de los restos de dos
prisioneros desaparecidos, cuyas identidades, circunstancias y
ubicación fueron detallados en el informe elevado al
presidente de la República, las “novedades” aportadas por el
Ejército siguen siendo imprecisas, elusivas, y muy
probablemente falsas. La diferencia esencial entre los dos
sucesos es que el hallazgo del cuerpo en el Batallón 13 no fue
resultado de los trabajos orientados por el informe del
Comando del Ejército, elaborado en función de los datos que
habrían aportado los oficiales directamente implicados en los
asesinatos. Por el contrario, el hallazgo fue posible por una
comunicación anónima que incluía un croquis detallado del
lugar donde fue enterrado el prisionero, cuya identidad se
intenta establecer por los estudios forenses y por los
exámenes de adn. Los datos aportados por el Ejército siguen
demostrándose ineficaces, por decirlo de alguna manera. Más
aun: el descubrimiento de esa tumba clandestina revela, en
principio, una falsedad del informe brindado por el Ejército.
En el documento se afirmaba que los desaparecidos enterrados
en el Batallón 13 habían sido exhumados a fines de 1984, en lo
que se llamó la Operación Zanahoria. El esqueleto intacto
encontrado el viernes 2 demuestra que, en todo caso, las
exhumaciones no incluyeron a todos los desaparecidos
enterrados en ese batallón y cuyo número es también motivo de
confusión. Raúl Olivera, miembro de la Secretaría de
Derechos Humanos del PIT-CNT, comentó: “Es difícil plantearse
sorpresa sobre estas cosas. Lo que nos podría sorprender sería
que las versiones que han estado dando los militares durante
este período hayan sido verdad. Y lo que demostraron los
últimos acontecimientos es que continuamente se ha mentido, se
ha dado información falsa y, en algunos casos, teniendo
información se ha ocultado”. Olivera hizo mención al informe
final de la Comisión para la Paz, “que ubica a todos los
desaparecidos en el Batallón 14, y que (según afirma)
posteriormente fueron incinerados y tirados al mar. Ahora, la
aparición del cuerpo en la chacra de Pando nos hace acordar la
versión de los chilenos. Cuando se hizo la mesa de diálogo
para ver cuál había sido el destino de los desaparecidos, los
militares dieron hasta las coordenadas de dónde se habían
tirado al mar los cuerpos, que luego aparecieron en los
cuarteles”. La información anónima, con el croquis, fue
determinante para establecer la contradicción en la que el
Ejército sigue incurriendo y que, tras el impacto del
hallazgo, replantea la necesidad de adoptar medidas para que
los dueños de los secretos sean obligados a revelarlos de una
buena vez y sin subterfugios. No es un dato menor el que dicha
información fuera no sólo entregada a la Secretaría de la
Presidencia sino que llegara, simultáneamente, a los despachos
de algunos legisladores y a manos de algunos periodistas. La
multiplicidad de destinatarios angostó las posibilidades de
eventuales manipulaciones, dictadas por prioridades emergentes
de negociaciones y consultas con los militares, manipulaciones
que se reiteraron al comienzo de los trabajos en el Batallón
13. Aún están por realizarse –al menos no se ha informado
sobre resultados– los exámenes del conjunto de huesos hallados
por los técnicos de la Facultad de Ciencias al comienzo de los
trabajos en el Batallón 13, que permanecieron en una especie
de limbo durante más de 45 días y que finalmente provocaron el
desplazamiento del equipo que los encontró. En el conjunto de
episodios poco claros que rodeó los trabajos iniciales,
destaca hoy, a la distancia, la inexplicable controversia
sobre la utilización de un georradar (un instrumento que
permite una especie de ecografía del subsuelo) que los
técnicos estimaban indispensable para la prospección. El
georradar hubiera permitido la ubicación de la fosa descrita
en el croquis, con su tapa de cemento, a 50 centímetros de la
superficie. El georradar podría acelerar el proceso de
desenmascaramiento del operativo de desinformación que los
responsables de los enterramientos clandestinos siguen
llevando a cabo para dilatar el desenlace; y finalmente
explicar el porqué de las profundas huellas de vehículos
pesados en las áreas del Batallón 14 donde se realizan
búsquedas. Afortunadamente, entre la multitud de personas
que conocen los secretos hay quienes están dispuestos a
dibujar nuevos croquis. Eso, sin contar con que los jueces
perfectamente pueden interrogar a los oficiales y obligarlos a
que aporten los datos exactos, porque en el nuevo escenario de
los derechos humanos ya no se duda –ni siquiera lo cuestionan
los defensores de la impunidad– de que las desapariciones no
están amparadas por la ley de caducidad, en tanto son delitos
continuados, y por tanto pasibles de ser investigados y
castigados.
|