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11 de diciembre de 2005

Brecha de Uruguay - 9 de diciembre de 2005

El dolor de la verdad

Los hallazgos de Pando y los familiares

Para la sociedad uruguaya, durante décadas los detenidos desaparecidos eran algo inmaterial. De pronto la aparición de los primeros restos generó un fuerte impacto social, que golpeó de muy diferentes formas a los propios familiares de las víctimas.

Diego Sempol
Durante años los detenidos desaparecidos fueron para la sociedad uruguaya un problema casi abstracto, difícil de ligar a un rostro o una biografía concreta. Aparecían muchas veces como una reivindicación de un puñado de familiares, que contra viento y marea insistían en sus reclamos, mientras la mayoría, salvo excepciones, miraba para otro lado sin digerir mucho todo el asunto.
Las iniciativas para resolver este tema durante estos 20 años de democracia recayeron siempre en la sociedad civil. No ayudó para nada en ese proceso la negación que hicieron de este tema, en forma consecutiva, los tres primeros gobiernos posdictadura.
El trabajo de la Comisión para la Paz significó el primer reconocimiento oficial, tardío es cierto, de su existencia, aun cuando intentó una vez más cerrar rápidamente el tema.
Ahora con el hallazgo de restos humanos en la chacra de Pando y en el Batallón 13 se abre un nuevo capítulo: a casi 30 años de la desaparición forzada de más de 200 uruguayos, por primera vez esta forma de represión específica cobra materialidad en Uruguay, se vuelve tangible e incita a la formulación de preguntas de todo tipo.
Las imágenes resultan desoladoras, y encierran la ambivalencia propia de una tragedia: por un lado es visible cierta liberación para algunos pocos que finalmente se reencuentran con su familiar querido, y por otro, casi todos (incluidos los familiares) experimentan una fuerte desolación como corolario de la concreción de la muerte, del horror, de la barbarie moderna.
La relación de la sociedad uruguaya con el tema de los desaparecidos ha sido larga y conflictiva, pero los hallazgos de la semana pasada introducen su existencia como un punto indiscutible de la historia colectiva reciente. Algunos restos parecen haber logrado en pocos días mucho más que años de testimonios y denuncias.

LA REMOCIÓN DE LA REMEMORACIÓN

“Me fui a Argentina sin pedir permiso, aunque no me permitían ni siquiera salir de Mercedes. Menos mal que lo hice porque fue la última vez que vi a mi hijo. Cada vez que venía alguien de Buenos Aires me pedía que fuera a verlo. Hasta que una vez vino un emisario y me dijo: ‘Doña Luisa, dice Nebio que si usted no va a verlo que se olvide que tuvo un hijo. Él quiere hablar con usted’. Ahí me temblaron las piernas y decidí ir a visitarlo pasara lo que pasara. Estuve 15 días allá con él, y cuando volví me presenté en el cuartel a principio de mes, como siempre hacía, y no se dieron cuenta. Todavía me acuerdo que Nebio me dijo cuando me venía: ‘Cuidate mamá’, y yo le contesté:
—Cuidate vos, mirá que yo no quiero volver a Buenos Aires a traerte manzanas ¿eh?
Y entonces me dijo muy tranquilo:
—Mamá no quiero asustarte, pero te puedo garantizar que si a mí me agarran, no me llevan preso, a mí me matan.
...Y bueno, pasó eso. Lo agarron y nunca más supe de él.”
Estos y otros hechos dolorosos han vuelto con fuerza este año a la memoria de Luisa Cuesta, integrante de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos.
La circulación de datos y versiones, así como la sobreexposición durante los últimos meses que el tema de los detenidos desaparecidos ha tenido en los medios masivos de comunicación movilizó en más de un familiar viejos dolores, miedos, frustraciones y esperanzas. “Para nosotros es casi como hace 30 años, como los primeros momentos. Todo este movimiento todos los días te remueve... mi nieta está en Holanda y ella tiene 34 años, pero cuando desapareció su padre no había cumplido 5, y sin embargo me pregunta desde allá: ‘Abuela, ¿no será papá?, ¿estás segura de que esos restos no son de él...?’. ¿Sabés lo que es tener que decirle desde acá que no es su padre? Uno a veces no quiere pensar. Cuando me acuesto me tapo los oídos y no quiero pensar más porque te lastima”, explicó Cuesta.
La forma de afrontar la desaparición entre los familiares y amigos no es única, y por eso es imposible generalizar respuestas o reacciones. Pero sí es claro que no siempre existe sintonía entre las demandas políticas, las estrictamente particulares y las necesidades sociales. Para Cuesta, “si bien es bueno para la sociedad empezar a comprender todo lo que sucedió, y la repetición del tema en los medios puede ayudar a ese proceso, llegó un momento en que nos sentíamos invadidos, apretados y decidimos no salir más a la prensa y hacer sólo comunicados.
Dijimos durante años lo que había pasado, pero después del plebiscito de 1989 muchas veces ni siquiera podíamos lograr que nos publicaran un comunicado en la prensa. Y ahora todos se pelean por la primicia. Muchas puertas se nos cerraron en la cara mientras nos contestaban ‘algo habrán hecho’. E incluso algunos periodistas y políticos del Frente Amplio nos llegaron a decir en ese momento: ‘Hasta cuándo van a seguir con esto... ese tema ya está’.
Y ahora esa gente se da cuenta de lo que pasó en el país. Pero todavía a algunas personas, que no vivieron 30 años con esto, les resulta difícil creer lo que los militares hicieron. La gente no creía que hubo tortura. Y es difícil de entender el manejo falso de información que hicieron los militares, como cuando nos quisieron hacer creer que habían quemado los restos y los habían esparcido por Pajas Blancas.
Por mi hijo yo no puedo ahora hacer nada, pero se tiene que enseñar que hay personas que por pensar diferente torturan y matan a otras. Mi hijo y la mayoría de los desaparecidos fueron asesinados por eso, y hay algunos que ni siquiera sabemos lo que pensaban porque eran niños y adolescentes”.

LA VERDAD Y SUS COSTOS

Una de las características más perversas de la desaparición forzada que aplicaron en forma sistemática las dictaduras del Cono Sur es la imposibilidad para los familiares de las víctimas de cerrar el duelo que trae aparejada esta estrategia represiva. La situación de indefinición en que se encuentra el sujeto desaparecido genera en su entorno directo una situación difícil de resolver: si lo da por muerto, muchas veces termina sintiéndose culpable por contribuir en cierta forma a su desaparición, si lo busca y pelea por obtener información remueve en forma constante la pérdida y experimenta complejos procesos de frustración y expectativas ante cada dato o pista que aparece. Es como una suerte de “muerte con cuentagotas”, que se estira a lo largo de los años y nunca desaparece.
Por eso, afirma Cuesta, “aunque sepas la verdad, verla es muy doloroso”. Y este año para ella estuvo cargado de episodios de este tipo. Luisa recuerda cuando entró por primera vez en el Batallón número 13 y le señalaron el lugar en donde funcionó el “300 Carlos”: “Había escuchado hablar tantas veces de ese lugar sin ubicarlo en forma particular, que cuando una compañera me señaló dónde estaba localizado sentí algo muy fuerte y doloroso adentro de mí”.
Las cosas no fueron muy diferentes cuando fue, junto a otros integrantes de Madres y Familiares, a la chacra de Pando para visitar los restos: “Fue muy feo, toda la prensa esperando, todo el mundo corriendo. Yo entré diciendo: no hablo, y no lo hice. No me daba. Caminar por esas franjas chicas de tierra viendo fosas a los dos lados me hizo acordar a un cementerio de las ciudades del Interior. En algún momento las piernas me temblaron. No sé de dónde saqué fuerzas para llegar hasta el fondo de la chacra.
Por la humedad, los huesos estaban negros, cada uno en su bandejita. Aunque no quisieras las lágrimas te corrían. Era la realidad, la estabas viendo ahí y punto. Es uno, y cuando yo veía todo aquello abierto pensaba en los 200 que están por ahí tapados en un lugar como éste. Porque todo eso te va trabajando... Pero estoy contenta de haber ido, de haber acompañado a los nietos de José Arpino Vega, ninguno de ellos era nacido cuando le pasó eso a su abuelo”.
Pero esta mirada parece también estar fuertemente atravesada por aspectos generacionales. Los hallazgos de los primeros restos de detenidos desaparecidos despiertan cosas diferentes entre los más gurises. Para Elsa Villaflor, integrante de la agrupación Hijos, es legítima la necesidad de algunos familiares de que aparezcan los restos, ya que quizás es una pieza que necesitan para poder “cicatrizar un poco más la herida”. Y lo consideró, antes que nada, como un hecho de carácter simbólico. “Pero personalmente es una necesidad que no siento. A fines del año pasado vino mi hermana de Buenos Aires y nos pusimos a hablar de este tema. Nos pusimos a bromear, ambas tenemos un humor negro que sirve para exorcizar el dolor y la bronca que muchas veces sentimos. Y mi abuela estaba ahí y se puso mal: ‘Pero cómo van a decir eso, yo necesito que aparezcan los restos de mi hija, para enterrarlos’. Mi abuela tiene 86 años, su hija desapareció cuando tenía sesenta y pico, nunca más la vio ni supo nada de ella. Tuvo la suerte de haber tenido dos nietas, que alivianan ese dolor y esa ausencia. Pero para mí la cosa no pasa por ahí. Hay diferentes formas de transitar esta situación para los que sobrevivimos. Mi madre estuvo secuestrada en la Escuela de Mecánica de la Armada y sus huesos deben estar en el Río de la Plata. Si algún día llegaran a aparecer, estoy segura de que me afectaría, y acompañaría a mi abuela. Pero para mí después de haber transitado y haber aceptado la desaparición como una forma permanente en mi vida, lo que me queda tanto de ella como de mi padre va por otro lado. Los restos de los desaparecidos están en lo que hicieron, en sus familiares, en aquellos que siguen soñando como ellos, buscando hacer la vida más humana para todos. No están en una cosa seca y muerta. Esos restos eran su esqueleto. Pero su vida, su persona, sus sueños no están ahí. Esos restos hablan del horror, de lo que le hicieron, de lo tenebrosa que es la historia de este país. Pero con los hallazgos siguen estando vacíos, siguen estando desaparecidos. Y me da miedo que se los quiera enterrar con esa parte. Porque con esa excusa de las prioridades, van a decir que no se pueden encontrar a todos, que es necesario dar vuelta la página y no va a haber justicia.”

Historia de Familiares
La desaparición como recurso

La semana pasada se editó por primera vez una historia de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos.* Los autores recorren los principales momentos de la historia de este grupo (1976-2005) en tres breves capítulos (formación y unificación, transición y voto verde, de la derrota a la Comisión para la Paz) que intentan a su vez dibujar diferentes coyunturas de la historia reciente uruguaya. El trabajo se presenta desde el principio como una historia no oficial de Familiares, aunque no logra siempre separarse del todo de su objeto de estudio. Conspira contra ello una dificultad que los autores reconocen en las primeras páginas: los escasos archivos para cotejar los testimonios, y la imposibilidad de concretar entrevistas con ex integrantes de Madres y Familiares.
El trabajo busca exitosamente ofrecer una primera historia del grupo y en ese sentido llena un importante vacío, pero explora poco los testimonios desde una perspectiva de memoria. De todas formas el último capítulo ofrece una jugosa reflexión sobre la situación del tema de los desaparecidos en la historia uruguaya. Allí los autores confirman cómo la desaparición, en tanto situación y recurso represivo, tardó en ser socialmente asimilada incluso entre los familiares de las víctimas directas y las organizaciones políticas. En el caso uruguayo, las Fuerzas Armadas buscaron difundir durante años la idea de que tanto el asesinato como la desaparición fueron algo excepcional y fruto de “excesos aislados”. Los autores en este sentido señalan que “la desaparición como tal no fue un accidente, sino un instrumento utilizado deliberadamente (...) el Estado terrorista uruguayo no veía conveniente admitir que había asesinado a individuos detenidos por su aparato represivo”. La desaparición fue un recurso, afirman estos investigadores, para encubrir asesinatos, la entrega de prisioneros a otros regímenes dictatoriales de la región, una forma de reproducir la sensación de desemparo que alimentaba el terrorismo de Estado.
El libro deja también espacio para los matices y para sugerir algunos problemas que aún siguen abiertos: “¿Por qué los cuerpos de algunos asesinados en la tortura u otros procedimientos sí fueron entregados a sus familiares y no convertidos en desaparecidos? ¿Por qué algunos uruguayos secuestrados en Argentina no fueron entregados a los represores de aquel país, sino traídos a Uruguay? ¿Por qué de éstos algunos parecen haber desaparecido sin dejar rastros, como los pasajeros del ‘segundo vuelo’, mientras otros fueron ‘aparecidos’ en el operativo del chalet Susy, de Shangrilá? (...) No lo sabemos, ni podemos proponer, por ahora, una explicación para tal disparidad de criterios”, afirman.

*Vivos los llevaron... Historia de la lucha de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos (1976-2005). Gabriel Bucheli, Valentina Curto, Vanesa Sanguinetti. Carlos Demasi y Jaime Yaffé (coordinadores) Ediciones Trilce, Montevideo, 2005.

 
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