La ratificación del horror vivido durante los años de plomo es la
consecuencia de la aparición de restos en una chacra de Pando y en el
Batallón Blindado No 13, abre una nueva etapa en el país que los uruguayos
esperábamos desde la reestructuración democrática.
Pareció en
su momento que la verdad comenzaba a surgir desde atrás de los nubarrones
que la escondieron por más de dos décadas. La estrategia del gobierno
progresista sumada a las promesas teniente general Angel Bertolotti y los
otros dos comandantes, nos hicieron entrever una realidad que durante
largos meses no pudo concretarse.
Los militares luego de tantos
años de ocultamiento parecía que se abrían y decían una verdad, cargada de
claros y oscuros, pero que establecía un rumbo que al emprenderse mostraba
como niebla, por lo menos en su apariencia, comenzaba a desaparecer en el
camino a la verdad.
Sin embargo las horas pasaron y las
excavaciones en los batallones 13 y 14, en aparente lugares de presuntos
cementerios clandestinos, parecieron fracasar. Primero no aparecieron los
restos de María Claudia de Gelman, la muchacha de 19 años, asesinada y
hecha desaparecer por los militares que arremetían contra la vida humana
en defensa - decían - de los valores del "occidente cristiano".
Nadie creyó – quizás montados en la ansiedad impaciente de quienes
reclamábamos resultados - que la exhaustiva investigación que continúa
encontrara algo allí. Sin embargo en los estertores de la misma los
primeros restos aparecieron en una chacra de Pando y unos días después en
el Batallón de Blindados No 13.
El presidente de la República,
doctor Tabaré Vázquez y, también, en su medida, el secretario de la
Presidencia, el doctor Gonzalo Fernández, pese al creciente desánimo
general, mantuvieron hasta el último momento su decisión de continuar con
los trabajos. Ellos les creyeron a los antropólogos intervinientes que
dieron cuentas pormenorizadamente de las dificultades de las evacuaciones
y, más que en ellos, confiaron en la acción de los comandantes de las tres
armas a quienes se les ordenó averiguar el lugar de esos enterramientos.
¿Alguien habrá mentido en el marco del proceso? Es posible qué
haya habido una concertación de algunos “nostálgicos” responsables de
buena parte de las tropelías es contra de los derechos humanos, para
provocar una frustración gigantesca.
Frustración, por supuesto, de
quienes buscan la verdad y la justicia y del propio gobierno que, más allá
de otras consideraciones, trató todo este tiempo de restañar la herida que
fue abierta por la dictadura y que se mantiene incambiada desde hace, por
lo menos, dos décadas.
Sin embargo ha habido grados distintos en la
información proporcionada. La Fuerza Aérea, en una actitud responsable,
entregó datos bastante ajustados – hoy lo sabemos – y el éxito del
descubrimiento en Pando en un resultado de ello. Mientras tanto los restos
encontrados en el Batallón Blindado No. 13, fueron el resultado de una
información anónima no de los datos recabados por el comando del Ejército.
¿Es que alguien organizó una acción de "contrainteligencia" para
desestabilizar al general Bertolotti dejándolo en blanco?
La
verdad es que en el medio del proceso se encuentra la llamada “Operación
Zanahoria”, con la cual se habrían desenterrado cuerpos de los campos del
Ejército que al parecer luego se incineraron y las cenizas restantes
fueron esparcidas en superficies importantes, por lo qué parece improbable
que aparezca algún vestigio .
Sin embargo hay algunas más graves
que otras. Si hubo mentiras o acciones de "contrainteligencia", destinadas
a desestabilizar al comandante Bertolotti y, por consiguiente, dejar en
blanco al gobierno, es evidente que se deben investigar esos extremos y
emprenderse las acciones adecuadas para que esos grupos dejen de "jugar"
con elementos de esa trascendencia para todos los uruguayos.
Claro,
igualmente, la estabilidad en el cargo –para algunos- de Bertolotti
estaría en juego, porque se demostraría que su mano no es todo lo firme,
necesidad imperiosa para gobernar al Ejército. Dicen que un comandante no
puede ser engañado de esa manera sin que haya reaseguros y consecuencias
para los mentirosos.
Sin embargo no consideran que la carpeta esté
cerrada, que ahora la jugada está en manos del propio Bertolotti que –eso
es innegable – mantuvo una inigualable lealtad con el gobierno de Tabaré
Vázquez y ello, en un país de conspiraciones y monjes grises, es
mucho.
Debemos indicar otro elemento que nos afecta a todos.
Obviamente, está el tema de la ansiedad. Hace demasiados años que
esperamos por la verdad, por conocer sobre esos 200 desaparecidos cuyo
trágico destino todavía nos oprime el corazón.
Creímos que el
proceso iniciado bajo el gobierno del Encuentro Progresista nos llevaría a
la verdad y, tras ella, comenzaría a resplandecer la justicia por más que
la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado (Ley de
Impunidad) es una valla difícil de sortear. ¿Es posible que los violadores
de los derechos humanos, personajes siniestros que pululan hoy en las
cantinas de los clubes militares, sigan manejando sonrisas sobradoras
entendiendo que su impunidad es permanente?
Pero: ¿cómo hacer
justicia? ¿Cómo lograr que los represores, asesinos, torturadores, etc.,
sean enfrentados a algún estrado judicial uruguayo, si durante dos décadas
esto no fue posible a través de ningún arbitrio legal? ¿Cómo lograr que
alguno de los responsables cuyas tropelías superaron nuestras fronteras,
sean extraditados?
Por eso debemos hablar del tiempo que
inexorablemente transcurre. ¿Cómo es posible para una sociedad democrática
como la uruguaya que un represor, eventualmente torturador o asesino, no
sea juzgado por los hombres? ¿Cómo es posible que reciba mejor trato que
sus víctimas, pues muchas de las que quedaron con vida – luego de la orgía
de sangre de la represión dictatorial – fueron sometidas a largos años de
reclusión en las peores condiciones?
Los gendarmes, funcionarios
públicos al fin, quienes en nombre del Estado, agredieron al pueblo, a
miles y miles de personas que pagaron con su vida o su flagelación el ser
opositores de la dictadura, nunca fueron tocados. Solo han recibido el
desprecio de la gente. ¿Es posible que estos señores, amparados incluso
por la seguridad social – la que muchas de sus víctimas todavía no tienen
– sigan impunes?
Sabemos que el transcurrir del tiempo es
implacable, que su paso todo se borra, por ello es necesario replantearse
el escenario y tratar de modificar en él algunos elementos fundamentales.
El gobierno tiene suficiente peso en la opinión pública, como para
modificar algunas cosas.
¿No sería posible replantearse la
vigencia de esa “Ley de Impunidad” e intentar su derogación como plantea
incluso la central obrera?
La aparición de estos restos nos ha
conmovido, como a casi todos los uruguayos, pues a los testimonios
desgarradores de miles de torturados se le sumaron ahora las
comprobaciones de los viles asesinatos que se concretaron en una lucha en
contra de todo el movimiento popular.
*Carlos Santiago es Periodista,
secretario de redacción de
Bitácora.
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