Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
9 de diciembre de 2005
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Lo hicimos para salvar vidas europeas
El trabajo sucio de la CIA
Condoleezza Rice viajó a Europa y reivindicó el sistema
de secuestros y traslados secretos implantados por la CIA en
todo el continente. Sin admitirlo, defendió también el sistema
de cárceles secretas, tortura y desaparición de personas y
amenazó a los socios del viejo continente: sabían,
compartieron responsabilidades y ahora no nos pueden dejar
solos.
Gennaro Carotenuto desde Roma
Lo que está documentado hasta ahora por organizaciones
humanitarias como Amnistía Internacional (AI) y Human Rights
Watch (HRW) sobre la red de secuestros y desapariciones creada
por la CIA en Europa en los últimos años, es impresionante. AI
denuncia al menos 800 vuelos ilegales que han tocado el
territorio europeo. Hay cárceles secretas gestionadas o
controladas o alimentadas por la CIA al menos en Polonia,
Rumania y Kosovo, además de Jordania, Marruecos y Egipto. Los
vuelos –y los secuestros– abarcaron todo el continente, desde
Islandia a Turquía, desde Noruega a España, involucrando a
todos los grandes países europeos: Gran Bretaña, Alemania,
Francia, Italia. La secretaria de Estado, Condoleezza Rice,
no da ni un paso atrás en su gira europea. Reivindicó que la
lucha contra el terrorismo no admite la menor demora ni la
prudencia que la vieja Europa aún exhibe al defender los
derechos humanos y el hábeas corpus.
EL SEGUNDO FRENTE
En palabras de uno de los más estrechos colaboradores del
presidente de Estados Unidos, Stephen Hadley, consejero para
la seguridad nacional, el de la inteligencia es el segundo
frente, junto a las guerras. Y es el frente “del cual no se
debe hablar”, aunque sea igual o más importante. Rice viajó a
Europa para exigir a los socios europeos una colaboración que
se resume en silencio y censura a una prensa que no aparece
especialmente combativa. La Casa Blanca puso –son datos
oficiales– a disposición de la CIA y sus otros servicios
secretos que accionan en todos los rincones del planeta, la
suma récord de 44.000 millones de dólares. Es el 69 por ciento
más que en 1998, cuando el presupuesto de los servicios era
“apenas” de 26.000 millones. Frente a estos números la Guerra
Fría fue un juego. Es un aluvión de dinero paralelo pero aun
más productivo y eficiente que el aluvión necesario para
mantener en el mundo miles de bases militares y millones de
hombres. John Negroponte coordina esta marea de actividades
ilegales. Antes fue el gestor de la guerra sucia en
Centroamérica y luego virrey en Bagdad en la primera fase de
la ocupación militar, como informó The Washington Post en
octubre, Negroponte acaba de crear un nuevo “servicio
clandestino”; el número de agentes secretos de la
superpotencia está destinado a crecer otro 50 por ciento. El
papel de Rice en estos días -entre alusiones y amenazas–
consiste en forzar a aliados y enemigos a ir más allá de la
lógica del sistema de garantías y derechos humanos que, con
dificultades, la humanidad intentó construir en siglos de
civilización.
IPSE DIXIT
“Estados Unidos jamás practicó ni
toleró la tortura”, declaró descaradamente Rice. La táctica es
la de siempre: admitir y justificar lo que está absolutamente
asentado –los traslados– y negar lo otro: las cárceles, la
tortura, la desaparición de personas. El martes se entrevistó
en Berlín con la nueva canciller Angela Merkel. El encuentro
entre las dos mujeres más poderosas del planeta ha sido tan
decepcionante como un encuentro entre hombres. Merkel,
preocupada por hacerse perdonar por la Casa Blanca el pecado
original de que Alemania no participara de la agresión contra
Irak, guardó silencio sobre los cientos de vuelos ilegales que
han violado la soberanía alemana, y ha hecho declaraciones
genéricas contra la tortura. El escándalo del sistema de
secuestros de personas y traslados secretos ha sido controlado
durante meses, en la medida de lo posible, por los gobiernos
europeos y la prensa del continente que prefería no abrir otro
frente y no quiso admitir lo inadmisible. Es significativo que
nadie, ni desde la izquierda ni desde la derecha, perciba como
grave la violación de la soberanía de algunas de las mayores
potencias mundiales. Sin embargo, los ruidos han ido
creciendo, con toma de posiciones antipáticas de parte de
fieles aliados de Estados Unidos. A pesar de ser amigos de
éstos, a muchos les cuesta imponer a la opinión pública de su
país la aceptación del atropello del Estado de derecho. Ése
fue, por ejemplo, el caso del ministro de Asuntos Exteriores
británico, Jack Straw, que se ha declarado muy preocupado, o
del vicepresidente de la Comisión Europea, el italiano Franco
Frattini. Éste, perteneciente al partido de Silvio Berlusconi,
tuvo que admitir que si fueran encontradas evidencias de la
existencia de cárceles secretas en el territorio de la Unión,
estaríamos frente a una violación grave del tratado europeo,
lo que comportaría la apertura de un proceso sancionatorio.
Otros han preferido negar la evidencia, como el presidente del
gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, que así lo
hizo la semana pasada en una cumbre con el primer ministro
italiano. Éste también negó sin pudor que Italia estuviera
involucrada, cuando la justicia italiana pide la captura y
extradición de 22 agentes de la CIA –encabezados por Bob Lady,
ex cónsul en Milán– por el secuestro del ciudadano egipcio Abu
Omar. El discurso de Rice parece muy ponderado en los
términos, pero determinado a marcar el repudio estadounidense
por la evidente hipocresía europea: “El trabajo de nuestros
servicios secretos ha salvado vidas europeas”, ha dicho Rice,
sin entrar en detalles. Algún semiólogo hará notar que la
expresión “salvar vidas americanas”, común en el discurso
politológico estadounidense a lo largo del siglo XX, traducido
al europeo devela toda su coloración racista. Pero es
exactamente el énfasis que Rice pretende dar a la búsqueda de
la reconstrucción de un “nosotros” occidental frente a un
“ellos”, los bárbaros que pueden ser bombardeados con fósforo
blanco o secuestrados y torturados, según “nuestra”
conveniencia. Y “nosotros”, según Rice, no dejaremos de
utilizar todas las armas posibles. En este contexto la
polémica se hace terminológica. Rice reconoce los traslados
sin admitir directamente los secuestros. La CIA, en la
fantasiosa reconstrucción estadounidense, ofrecería una
especie de servicio de aerotaxi, con el cual sospechosos son
trasladados a terceros países saltando la inútil burocracia
europea en materia de extradiciones. Si luego en estos países
(todos amigos de Estados Unidos) los secuestrados son
torturados o eliminados, no sería responsabilidad de Estados
Unidos. Sin embargo los testimonios se acumulan: está el
caso del ciudadano marroquí Mohammed Daki, que en Italia fue
encapuchado e interrogado por estadounidenses que lo
amenazaron con llevarlo a Guantánamo. Lo habría interrogado
Bob Lady, el ex cónsul estadounidense en Milán, hoy prófugo en
Estados Unidos por el secuestro del ciudadano egipcio Abu
Omar. Éste, secuestrado en la vía pública en Milán, fue
trasladado a la base estadounidense de Ramstaad, en Alemania,
y de ahí a Egipto, donde Lady habría participado durante dos
semanas en la tortura. Abu Omar sigue actualmente
desaparecido. Igualmente significativo es el caso del
ciudadano alemán Khaled Masri, quien fue secuestrado en la vía
pública por agentes estadounidenses encapuchados. En los
testimonios, el estilo de los secuestros es paramilitar,
agresivo, espectacular y fanatizado. Un estilo hollywoodense,
mafioso, que empuja a los testigos a mirar hacia otro lado.
Masri fue desnudado, vendado, drogado y llevado a Afganistán,
donde fue detenido durante cinco meses. Su única
responsabilidad era tener un nombre parecido al de uno de los
presuntos culpables de los atentados de Nueva York en el año
2001. En mayo de 2004, el embajador estadounidense en Berlín,
Daniel Coat, pidió un encuentro reservado con el entonces
ministro del Interior, Otto Schily, para acordar la devolución
de Masri a cambio del silencio del gobierno alemán. Éste, al
menos desde entonces, fue informado sobre los cientos de
vuelos de secuestrados que salieron desde este país. Si el
gobierno holandés y el suizo ofrecieron colaboración a cambio
de informaciones, las palabras de Rice contestan que la
primera colaboración es el secreto, dejar hacer, mirar para
otro lado. Según Amnistía Internacional los traslados
documentados fueron al menos 800. Los secuestrados podrían ser
3.000, del destino de la gran mayoría de los cuales es
imposible saber algo. Si en el campo de concentración de
Guantánamo la mirada internacional logró que se revisara la
situación de unos 180 secuestrados, los desventurados que caen
en este nuevo circuito de horror son totalmente privados de
derechos. Álvaro Gil Robles, comisario europeo para los
derechos humanos, definió Camp Bondsteel, el campo de
concentración en Kosovo, como otro Guantánamo. “Hay que
detener a los sospechosos antes de que cometan sus crímenes”,
declara continuamente Rice. Es la idea neoconservadora e
imperial del Estado de derecho. Lo podría testimoniar el
ciudadano brasileño Jean Charles de Menezes, asesinado en
Londres con siete balas en la cabeza el 8 de julio de
2005.
Publicado en Brecha el 9 de diciembre de 2005
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
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