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el pasado remoto los pueblos se han matado por el agua y, diez mil años
de "civilización" después, se aprestan nuevamente a matar por el agua. En cuanto
a los pueblos de Israel y Palestina hay que leer y analizar detenidamente y con
otros la crónica "Desesperación invencible", de John Berger, quien nos ha
pintado con palabras la resistencia de un pueblo y el suicidio de otro que no
necesita amenazas foráneas para lograrlo (La Jornada, 4-5/12/05).
Con menos elocuencia que los hornos crematorios, aunque igualmente crueles,
los métodos elegidos por Israel para acabar con los palestinos pueden ser vistos
como modernos sistemas de exterminio en masa. A favor de su causa Tel Aviv
cuenta con la complicidad culposa de las "democracias occidentales".
En Irak, por ejemplo, "... el aparente exceso de grupos militantes es quizá
la explicación del porqué le ha sido a Estados Unidos tan difícil derrotar a la
insurgencia iraquí" (sic, New York Times, Reforma, México,
4/12/05). Es decir que los "excesos" de quienes se inmolan con lucidez política
sería lo que impediría la paz en Irak y Palestina ocupadas.
Pasemos a la realidad real. De los nazis, Tel-Aviv aprendió lo necesario para
regular con termostato político el odio chovinista y los aspectos estéticos de
los centros de exterminio con sus chimeneas contaminando el ambiente. Ehud
Olmert, ex embajador de Israel en México, fue preciso: "Si para acabar con el
terror hay que asesinar, lo haremos" (La Jornada, 10/9/03).
En la "tierra prometida" no hay hornos crematorios. La tortura es legal, la
mano de obra palestina es semiesclava y no esclava, y el muro de ocho metros de
altura al final tendrá 650 kilómetros para encerrar a los palestinos como
animales en una gigantesca jaula de concreto. ¿Dije "muro"? ¡Término antisemita!
Tel Aviv dice "valla".
En el caso del agua, la cuenca del río Jordán abarca parte de los territorios
ocupados por Israel -Cisjordania y las Alturas del Golán-, territorio jordano y
la parte suroeste de Siria. El área padece grave escasez de agua y en un
contexto de guerra permanente, Israel protege celosamente las aguas, acaparadas
tras constantes enfrentamientos con Siria, Jordania y Líbano.
Otro ejemplo elocuente es el Embalse de la Unidad, proyecto conjunto de Siria
y Jordania para la utilización del río Yarmuk, principal afluente del Jordán.
Israel amenazó con bombardear si se construía.
El río Litani nace y fluye en el Líbano y es utilizado por este país para
generar energía hidroeléctrica. Por su bajo grado de salinidad, el Litani es
fuente atractiva de agua potable. Pero al alimentar en parte las aguas del río
Hasbani que van a parar al Jordán y a la zona de seguridad israelí en el sur del
Líbano, la situación se complica.
A raíz de la ocupación israelí, las cuotas de explotación de acuíferos por
los palestinos quedaron congeladas a los niveles de 1967. Además, la desigualdad
en el pago de las tarifas es alarmante: en Gaza, los palestinos pagan por el
agua 20 veces más que los colonos israelíes, quienes reciben subsidios de su
gobierno.
Entre 1967 y 1999 el gobierno de Israel sólo concedió 34 permisos para
perforar nuevos pozos, situación que llevó al abandono de muchos agricultores
palestinos de Cisjordania que se instalaron en las ciudades. En Cisjor-dania, la
población árabe depende totalmente del agua subterránea y la distribución del
recurso entre palestinos e israelíes es harto inequitativa.
En los territorios ocupados Israel impuso un sistema de control en cuanto a
la explotación de acuíferos, concentró todo el poder sobre el agua en sus
autoridades, fijó prohibiciones, estableció autorizaciones y expropiaciones.
Asimismo, el sistema de tarifas por consumo de agua en Israel también afecta en
forma distinta a palestinos e israelíes.
Desde 1982 la gestión y mantenimiento de los recursos hídricos están a cargo
de la empresa israelí Mekorot. En las Alturas del Golán, territorio sirio
anexado por Israel en 1967, la distribución del agua es monopolizada también por
Mekorot.
Un palestino paga a Mekorot su agua cinco veces más que la pagada por un
israelí. En Gaza la situación es mucho más crítica: la mayor parte del agua
dulce proviene de su acuífero subterráneo.
Sobrexplotado durante más de 20 años, el acuífero de Gaza presenta altos
niveles de salinización por intrusión del agua del mar, y se ha convertido en un
grave problema para la salud pública.
Según cifras del propio gobierno de Israel, el consumo de los palestinos
ascendía a 119 metros cúbicos anuales per cápita, mientras el de los israelíes
ascendía a 354 metros cúbicos.
En suma: si los colonos israelíes pueden perforar pozos hasta de 800 metros
de profundidad y a los palestinos se les prohíbe hacerlo más allá de 120 metros
(con lo que el nivel de salinidad de las aguas resulta mucho más alto) no
estaríamos ante un "exceso", sino ante las leyes de un Estado fascista que, como
el de Alemania nazi, debería desaparecer para que de una buena vez los hijos y
primos hermanos de Abraham vivan en paz.