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14 de diciembre de 2005
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Brecha
de Uruguay - 9 de diciembre de 2005
Brasil
PT, ¿el sueño se acabó?
“Il fine giustifica i mezzi.”Nicolás
Maquiavelo
Ricardo Soca
La
destitución del diputado José Dirceu –considerado hasta hace
poco tiempo el hombre más poderoso del gobierno brasileño–
marca un hito histórico en la breve historia democrática de
Brasil y arroja la última palada de tierra sobre el sueño del
nuevo país que el Partido de los Trabajadores (PT) había
prometido construir. El diputado destituido formó parte del
reducido grupo de militantes de izquierda que hace veinticinco
años fundara el PT, nacido como una promisoria novedad en la
izquierda latinoamericana. El partido dirigido por el tornero
Luiz Inácio Lula da Silva reunió en su seno a ex guerrilleros,
partidarios de la teología de la liberación, militantes
trotsquistas, ecologistas, intelectuales, independientes y
dirigentes sindicales, con una propuesta que se contraponía a
la del ortodoxo Partido Comunista Brasileño, por entonces
anclado en la Unión Soviética. Dirceu, que durante largos
años fue presidente del partido y su dirigente más poderoso
–hay quien dice que más incluso que el propio Lula– llegó a la
Cámara de diputados con más de medio millón de sufragios, en
un sistema electoral en el que cada legislador marca sus
propios votos, lo que lo ayudó a arribar al gobierno con todo
el peso que tenía dentro de su partido. Hasta el
desencadenamiento de esta crisis, no había llegado a ocupar su
escaño parlamentario, pues con la asunción de Lula fue
designado para el cargo más cercano al primer mandatario; jefe
de la Casa Civil de la presidencia, con lo que se convirtió en
el hombre más influyente del gobierno. Durante dos años y
medio, las puertas del despacho de Dirceu en el Palacio del
Planalto fueron golpeadas por los demás miembros del gabinete,
legisladores, dirigentes de todos los partidos y poderosos
empresarios. Estos últimos muchas veces lo agasajaron con
regalos valiosos que, por lo que se sabe, nunca aceptó. La
excepción la constituyó un Rolex que recibió de un importante
empresario del ramo de telecomunicaciones, que el ministro
sólo devolvió 24 horas más tarde, cuando la novedad ya estaba
en la prensa. El caso del Rolex –que resultó a la postre ser
falsificado– hizo pensar a mucha gente que el todopoderoso
ministro había quedado deslumbrado con el ejercicio del poder
y quizás ya no fuera el austero estalinista que muchos aún
creían ver en él. Tras la caída del diputado, los
brasileños todavía se preguntan si era realmente un corrupto y
con qué propósito organizó una vasta red de sobornos y de
distribución de cargos públicos que sacudió como un huracán a
la política brasileña. No hay duda de que el ex dirigente
estudiantil entrenado militarmente en Cuba cometió incontables
actos de corrupción, tan graves como los que hace 13 años le
costaron el cargo al entonces presidente Fernando Collor de
Mello. Sin embargo, en los corrillos políticos de Brasilia
nadie –ni en el gobierno ni en la oposición– parece creer que
ni el ex ministro ni sus cómplices se hayan enriquecido con
parte de la montaña de dinero que circuló por el circuito de
la corrupción. Algunos de los ya condenados por el PT, como su
ex presidente José Genoino o su ex tesorero Delubio Soares,
están en busca de empleo o de alguna forma de ganarse la vida,
lo que, probablemente, será el caso del propio Dirceu, quien
no podrá ser candidato a ningún cargo hasta 2015 y ya se
apresuró a actualizar su título de abogado. ¿Qué los llevó
entonces a cometer los ilícitos que los derribaron, a ellos y
al propio partido? Probablemente su escasa confianza en el
sistema democrático que decían haber abrazado y la certeza de
que la corrupción, si era “por la causa” y no para
enriquecerse, era válida y admisible. Muchos de los personajes
que ayudaron al PT a corromperse, como el publicitario Marcos
Valerio, ya habían participado antes en redes semejantes
montadas al servicio del Partido de la Socialdemocracia
Brasileño, del ex presidente Fernando Henrique Cardoso. Así
obtuvo Cardoso la elección en 1994 y la reelección en 1998,
como había ocurrido antes con Collor y como es “normal” en la
intrincada política brasileña. Un “lobbista” de derecha,
acostumbrado a lidiar con corruptos “respetables”, dio
recientemente en una entrevista su opinión sobre el PT,
altanera y desdeñosa, pero que resume con fidelidad el
pensamiento de la elite brasileña: “No merecen confianza, son
bolcheviques, roban para la causa (...) y creen que tienen el
monopolio de la ética. No podía ocurrir otra cosa”. Con
cínica convicción, el entrevistado añadió: “Todo gobierno es
corrupto, no hay cómo ganar una elección sin caja negra” y que
“los que están en el gobierno, sean quienes fueren, hacen la
caja en el propio Estado, con el dinero que se escurre por
tres resumideros: obras públicas, publicidad e
informática”. Ocurre que aquellas prácticas que son
toleradas a los partidos tradicionales están vedadas por
definición al PT, que desde su primer día de vida proclamó
enfáticamente su compromiso de acabar –entre muchas otras
cosas– con la corrupcion, a la que nunca dejó de denunciar
durante sus 22 años en la oposición. En casi tres años de
gobierno, el partido de Lula avanzó muy pocos pasos en la
ejecución del programa aprobado en 2000 por su convención
nacional, pero asestó un golpe muy duro no sólo a la izquierda
brasileña sino al conjunto de las organizaciones progresistas
de América Latina, que lo veían como una referencia para la
izquierda latinoamericana del siglo XXI.
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