| Latinoamérica - rodelu.net |
16 de diciembre de 2005
|
Brecha
de Uruguay - 16 de diciembre de 2005
De Montevideo a Vichadero
La hora de los informantes
Se multiplican las informaciones anónimas sobre los
crímenes de la dictadura. Cuando superan los escollos del
miedo y de la “discreción”, detonan con su carga de sorpresa,
como el episodio de Vichadero, nuestro Macondo.
Samuel Blixen
El
secretario de la Presidencia, Gonzalo Fernández, no se molestó
en ocultar su desagrado por la denuncia pública sobre la
existencia, en el cementerio de Vichadero, Rivera, de 35
cuerpos no identificados que podrían corresponder a otros
tantos prisioneros desaparecidos durante la dictadura militar.
La denuncia fue formulada por Lile Caruso de la Asociación de
Familiares de Asesinados Políticos, y el senador Eduardo
Lorier, del Comité Ejecutivo del Partido Comunista, primero
ante la fiscal Mirtha Guianze y después ante el propio
Fernández; pero ante la eventualidad de que los restos
ubicados en Vichadero pudieran “desaparecer”, los denunciantes
convocaron el miércoles 14 a la prensa y aportaron los
detalles. Fernández atribuyó a una intención de protagonismo
el que los dirigentes comunistas hubieran formulado la
denuncia penal ignorando a la secretaría de la Presidencia,
que reclama un control absoluto de toda la información
vinculada a los crímenes de la dictadura y la potestad de
orientar las investigaciones. La reacción de Fernández
confirma las apreciaciones del Servicio de Paz y Justicia,
cuyos responsables han denunciado falta de transparencia de la
Presidencia en el manejo de estos temas y han consignado el
peligro de la ausencia de un control externo de las
actuaciones. Otras fuentes ya habían alertado sobre la
discrecionalidad del secretario de la Presidencia para aceptar
o descartar las denuncias que se están multiplicando sobre la
existencia de cementerios clandestinos, informaciones que no
provienen orgánicamente del Ejército. En los hechos, la
aparición de un esqueleto en el Batallón 13, como consecuencia
de una denuncia anónima, puso más en evidencia la ausencia de
resultados de la información brindada por el comandante del
Ejército, Ángel Bertolotti. Fernández ingresó al comienzo de
esta semana al predio del Batallón 13 en compañía del ex
soldado Sergio Pintado, quien cumplió servicio en esa unidad y
que estaba dispuesto a señalar 27 lugares donde podría haber
tumbas de desaparecidos. Pintado ya había dado testimonio ante
la justicia, como también lo hizo el ex soldado Ariel López
Silva y otros soldados que fueron interrogados por el juez
Alejandro Recarey en la causa de la desaparición de Elena
Quinteros.
EL DATO REVELADOR DE VICHADERO
En medio de
ese empuje de informaciones anónimas surgió el episodio de
Vichadero. Es, tal cual, un capítulo de Macondo. La
información oficial de la existencia de cadáveres no
identificados data de 2002, pero el conocimiento de que el
cementerio de Vichadero había sido utilizado por los militares
como lugar de entierro de sus víctimas es mucho más antiguo.
Vichadero, a 130 quilómetros de la ciudad de Rivera, sobre la
ruta 27, tiene alrededor de 1.500 habitantes; su cementerio, a
unos tres quilómetros del poblado, tiene 148 sepulturas. En
épocas de la dictadura, el sepulturero era despertado en horas
de la madrugada por oficiales del Ejército que llegaban en
camionetas con matrícula de Montevideo para efectuar
enterramientos. No traían documentación, y cuando el
sepulturero la reclamó, le contestaron que no insistiera
porque le podía pasar lo mismo que al que estaba por enterrar.
¿Es lógico suponer que tales hechos no fueran comentados en el
poblado? Sin duda, esas historias eran patrimonio de todo el
pago. Por lo menos uno de los hijos del sepulturero, que
heredó el cargo, lo comentó con una señora desconocida que
hace unos días visitó el cementerio. ¿Qué hay en esos nichos?,
le preguntó la señora, y el sepulturero le contó: “Esos son
cadáver importantes”, y se los mostró. Así, Caruso pudo
confirmar que los militares usaban el cementerio de Vichadero
para enterrar sus secretos. El sepulturero hijo explicó a
Caruso que en 2003, después de un pedido de informes realizado
por el edil Robinson Silva, del Partido Socialista, desde la
Intendencia de Rivera le ordenaron trasladar 35 cuerpos no
identificados al osario común. Consciente de la importancia de
tales restos, el sepulturero hijo tomó la precaución de
envolver los esqueletos en nailon y depositar junto a cada uno
de ellos un azulejo en el que consignó todos los datos
conocidos; así impidió que se perdiera el rastro de esos
cuerpos. ¿Quién dio la orden de pasarlos al osario? No se
sabe, pero la documentación oficial de los distintos pedidos
de informes –que el actual edil comunista Enrique da Rosa
recopiló para reactivar la investigación– luce las firmas del
secretario general Rodríguez, en nombre del intendente Tabaré
Viera; del director de Higiene, Marne Osorio; del director de
Departamento, Juan Emilio Techera; y del director de
Necrópolis, Milton Gómez. A ninguno le llamó la atención que
en un cementerio de 148 sepulturas hubiera más de 35 nn. ¡Qué
cantidad de personas desconocidas vienen a morirse
imprevistamente en Vichadero! Por cierto que hay más nn,
pero estos 35 son “especiales”, y eso lo sabe el enterrador,
porque se lo contó su padre. Su testimonio sobre la presencia
de militares que llegaban con cadáveres es un punto fuerte a
favor de la sospecha de que se trata de prisioneros
desaparecidos. Hay, además, otros indicios: muchos de los
esqueletos aún conservan restos de vestimenta, medias, una
camisa de nailon con la grifa y otras prendas con fibras que
el tiempo no destruyó; usualmente los cuerpos son enterrados
desnudos. Se ha argumentado que Vichadero queda muy lejos
de Montevideo. También queda lejos el lago de Rincón del
Bonete y allí fue encontrado el cuerpo flotando de Roberto
Gomensoro Josman –con las manos atadas con alambre–, quien
había sido detenido en marzo de 1973 en Montevideo y torturado
en el Batallón de Artillería 1. La lejanía de Vichadero es
quizás un elemento favorable para mantener el secreto. Después
de todo, los rumores sobre esos enterramientos clandestinos de
los militares se tomaron 30 años para perforar el miedo y
salir a luz. Para saber algo más sobre esos nn es preciso
que el juez de Rivera, Federico Álvarez, analice los libros
donde se consignan los enterramientos del cementerio de
Vichadero. Aunque no hayan datos específicos, se puede
establecer, por comparación con las anotaciones precedentes y
siguientes, la fecha aproximada de cada enterramiento. Pero
para descartar toda duda el juez puede ordenar la realización
de análisis de adn, que después deberán ser comparados con los
de los familiares de los desaparecidos. Esa diligencia es la
que el juez penal Luis Charles eludió realizar cuando recibió
la denuncia, en sobre cerrado, de manos de la fiscal Guianze.
Charles entendió que correspondía a la justicia de Rivera la
jurisdicción del caso, por más que la demanda había sido
presentada en el expediente de la desaparición de Barrios,
secuestrado en Buenos Aires. El magistrado ordenó trasladar
los antecedentes a Rivera, pero inexplicablemente la
comunicación no salió de Montevideo hasta el miércoles 14,
después que se produjo la denuncia pública. Recién entonces el
sobre fue enviado por correo expreso. Afortunadamente, el juez
de Rivera había ordenado vigilancia policial en el cementerio
de Vichadero, del cual no podrá sacarse ningún cuerpo.
|