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18 de diciembre de 2005
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La
Voz de Galicia - 16 de diciembre de 2005
Bush y Napoleón
Ramón Chao
UN DÍA entre los días en los que preparaba la segunda parte de la
biografía de la inabordable Carolina Otero, fui a la Biblioteca Nacional de
Francia, que frecuento dos o tres veces por semana, para deleitarme con los
amoríos de nuestra Egeria y el zar Nicolás II de todas las Rusias. Encontré por
casualidad una pila de libros que me intrigaron. Ya me interesó el primero del
montón por su título, sus caracteres anticuados y la fecha de su publicación
(1812). Trata de la campaña napoleónica en España.
Inmediatamente me
sumergí en su lectura, sorprendido y cautivado por la nobleza de su tono y la
semejanza de los hechos tan pretéritos con la actualidad de este 2005, en el que
vemos al imperialismo norteamericano estancado en Irak, como Napoleón en España.
Como muestra les ofrezco un fragmento del prólogo: «Nos atrevemos a
vaticinar que esta guerra sacrílega que inició Napoleón se volverá contra él.
Los gobiernos europeos se darán cuenta de sus proyectos devastadores, y los
pueblos, reunidos unánimemente, formularán un solo deseo, el de su destrucción».
Sin duda, algún estudioso distraído había dejado esos libros encima de
la mesa, sin depositarlos en las estanterías adecuadas, con lo que me hizo un
gran favor.
Sin ningún remordimiento decidí abandonar por el momento a
mi querida Otero, pero muy decidido a volver con ella cuando en un buen
artículo, o en un libro, pueda explicar con claridad las razones que condujeron
al emperador francés a empantanarse en la península Ibérica.
Seguí
leyendo, y la descripción que hace el autor no difiere en absoluto de que lo que
puede decir hoy un Ignacio Ramonet, digo por nombrar a una autoridad:
«Buen número de personas ilustradas, y sobre todo un gran hombre de
Estado, habían previsto que el proyecto de invasión de España habría de iniciar
la decadencia del gran imperio de Napoleón. Cuantos más elementos heterogéneos
añadía a su imperio, tanto más tendían a desmoronarse en su pedestal de arcilla
las diferentes partes de este coloso. Pero tal era el influjo que un solo hombre
había adquirido en el destino del mundo que, arrastrados por su marcha
vertiginosa, y asombrados -mejor dicho, pasmados por sus éxitos cada vez más
prodigiosos-, los pueblos sólo esperaban su liberación del tiempo y de la
providencia. Sin embargo, y así es el destino de todos los conquistadores, la
gloria que ganan con el infortunio de los pueblos conlleva el germen de su
destrucción. Éste, en particular, estaba condenado a ver sus estatuas demolidas,
y denigrado su nombre, incluso durante su vida. Cromwell ocupó hasta la muerte
el trono que había usurpado. Demasiado cobarde para morir como los valientes,
como él mismo confiesa, Napoleón en su exilio parece consolarse de su caída, e
incluso saciarse, leyendo los juicios que en caracteres sangrientos emiten sobre
él sus contemporáneos, y que los tiempos venideros heredarán.
»Bonaparte
creía que despreciando a la especie humana la gente se olvidaría de la humildad
de sus orígenes; pero ese desprecio provocaba cada vez más odio, y aunque se
hubiese aliado con la sangre más ilustre (suceso inesperado que hubiera debido
purificar todo su ser), el noble prestigio del honor y de la verdadera gloria no
aparecía en ninguno de sus actos. Jamás pudieron crecer en su alma los
sentimientos de verdad y de justicia; y Dios, que como un flagelo lo había
traído a la tierra, quiso que él mismo fuese el artífice de su perdición. Por
ello, cuanto más fulminantes eran los progresos de Napoleón hacia la monarquía
universal, más inmediata estaba su caída».
Como se dice en las novelas
verídicas, cualquier parecido con un personaje real es pura coincidencia.
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