25/12/06
Sadako Shimizu
Nochebuena de 2006. Millones de niños alrededor del mundo esperan la llegada
de Papá Noel despiertos en sus camas, los ojos abiertos en la oscuridad,
mientras los padres intentan dejar los regalos cerca del árbol de Navidad sin
ser escuchados. Los niños de otras religiones, aquellos que no celebran el
nacimiento de Jesús, duermen tranquilos como siempre. Pero la mañana del 25 de
diciembre trae consigo una catástrofe planetaria: los niños que pasaron la noche
en vela han desaparecido, y los que dormían no pueden ser despertados. No queda
un solo niño en el mundo que pueda explicar lo que ha pasado, ningún adulto es
testigo del misterio. Una familia de Nueva Zelanda da la alarma, durante la
madrugada navideña, y en seguida la noticia es el tema excluyente en los medios,
cuando el extraño fenómeno se repite en el resto del mundo. El pánico da paso a
cazas de brujas focalizadas: fueron los judíos que sacrifican niños cristianos
en Navidad según reza una leyenda negra; fue una red internacional de pedófilos
que se llevaron a los chicos como flautistas de Hamelin; fue un virus que se
filtró de laboratorios secretos; fue el terrorismo internacional; fue el castigo
de Dios para una humanidad predadora y sin rumbo. Ciudadanos organizados en
grupos armados disparan sobre sus vecinos; otros se suicidan en masa; muchos se
lanzan a las rutas en busca de sus hijos. Pero los ataques nacidos del prejuicio
y las teorías conspirativas no devuelven a los desaparecidos ni despiertan a los
dormidos, y el Año Nuevo encuentra a un mundo listo para la guerra nuclear
cuando los jefes de Estado lanzan acusaciones que desembocan en la disolución de
las Naciones Unidas y el derrumbe de las economías en un planeta desesperado,
sin futuro. 25/12/06 recuerda a El fin de la infancia de Arthur C. Clarke pero,
a diferencia de aquella novela clásica de la ciencia ficción, plantea un
Apocalipsis sin redención, sangriento y desesperado; un cuento de los hermanos
Grimm contemporáneo donde las fuerzas de la superstición y la ignorancia
levantan su horrible cabeza hacia un final perturbador e inolvidable.
“Shimizu escribe con esa rara mezcla de precisión y poesía que define a los
visionarios. Su novela apesta a profecía autocumplida. Nadie que la haya leído
se irá a la cama tranquilo la próxima Navidad.” (Clive Barker)
Sadako Shimizu es célebre en Japón como guionista y dibujante de manga, pero
obtuvo un éxito sin precedentes con su primera novela, 25/12/06, que ha sido
traducida a treinta idiomas y la convirtió en la escritora japonesa más
vendedora de todos los tiempos. Vive en Tokio con su esposo, el cineasta Hideo
Murakami, y sus tres hijos.
Mariana Enriquez
Todos los renos cagan fuego
Elijah Thompson
Hasta que en la mañana de la Navidad de 1999 fue encontrado con los
testículos en la boca, modalidad de vendetta mafiosa, en un costado de la mítica
Ruta 66, Elijah Thompson había sido un periodista iracundo cuyas notas eran
rechazadas por The Village Voice y The Rolling Stone. Estaba demasiado a la
izquierda de estas publicaciones, se ha dicho. Ex marine, homosexual, luchador
de sumo, alcohólico, heroinómano y jugador empedernido, la suya fue la suerte de
muchos hijos de famosos. Su padre había sido el legendario clásico de novelas
hard-boiled: Jim Thompson. Y su madre, según se supo más tarde, era una joven
epiléptica, chiricahua descendiente del guerrero apache Cochise. Thompson habría
conocido a Conchita, la madre de Elijah, en El Paso, durante una borrachera de
Navidad en los ‘60, mientras escribía La fuga, que luego adaptaría Sam
Peckimpah. Como su padre, Elijah probó suerte como obrero del petróleo,
estibador, camionero, campesino, autor de novelas policiales con seudónimo y
guionista de cine. En el porno incursionó con un guión que es una perla
ficcional zoofílica: ¿Acaso no matan a los burros?, considerada un antecedente
de la narración que lo consagraría post mortem. Se trata de un excepcional film
paródico de la gimnástica novela de baile de Horace McCoy: un serrallo de
púberes cuáqueras, practicando variadísimas gracias eróticas, concursan en
exprimir un burro hasta matarlo. Detalle no menor: este antecedente ficcional de
Elijah Thompson está ambientado en Navidad. A Elijah no le fue fácil estar a la
altura de su padre. En lo político, así como Jim fue comunista, Elijah encaró
una trayectoria errática desde la militancia en Amnesty, la conversión al Corán
y, en su última época, la adhesión a las Milicias Michigan.
Todos los renos cagan fuego fue durante mucho tiempo una nouvelle maldita que
circuló por editoriales under sin obtener el consenso para su publicación hasta
que Fucking Press, una editorial marginal de Toronto, la dio a luz. Su trama:
una noche de Navidad, en la apacible Salt Lake, el pequeño Bobbie McCullogh,
hijo de granjeros, educado en el matrimonio plural que proponen sus padres,
mormones fundamentalistas, decide fundar su propia secta. Al experimentar una
erección en la Navidad de sus nueve años toma por esposa a su madre, luego a sus
seis hermanas y al ser reprendido por su padre, en una escena que combina el
gótico con el cuento infantil, el niño sodomiza a su progenitor ganándolo para
su fe de un Niño Dios priápico. Bobbie se transformará en precoz líder de una
comunidad que, derivando al satanismo, hará que su principal rito de iniciación
consista en penetrar renos. O ponies, en caso de que no se tengan renos a mano.
Los renos en un baño de sangre final anticipan lo que ocurrió en Waco. La
crítica ha señalado coincidencias entre su mítico guión porno y este relato.
Tzvetan Todorov opinó que Elijah Thompson ha semiotizado con genio lúdico y
naïf las investigaciones de Vladimir Propp.
Según Le Magazine Littéraire estamos ante un auténtico Sade protestante que
denuncia las vilezas del capitalismo, la intolerancia religiosa y los trastornos
alimentarios del fast food.
Los renos cagan fuego, registró The New York Review of Books, puede leerse a
la vez como un alegato, como una sátira, como una anticipación orwelliana
demoníaca y, por qué no, como una fresca crónica de iniciación en la que
conviven el lado adulto y oscuro de J. D. Salinger con la parte infantil y
alegre de Patricia Highsmith.
“El relato navideño que nos emociona a todos”, juzgó Il Manifesto.
El respaldo más elocuente que Elijah Thompson obtuvo provino de Paul
Auster:
“Entregaría a Siri a cambio de una página de Elijah Thompson”, dijo
aludiendo
a su esposa, la escritora Siri Hustvedt.
“Y yo a Christine”, se sumó Richard Ford.
El comentario más sagaz sobre Todos los renos cagan fuego provino de Susan
Sontag: “La Navidad tiene un significado”.
Guillermo Saccomanno
Carámbano
o la historia de mi padre y poema nacional de Antártica
Carámbano, o la historia de mi padre y poema nacional de Antártica, de Albino
Mangueira, echa luz sobre uno de los más grandes enigmas de la literatura
argentina: por qué se llamó drásticamente a silencio César Aira y qué fue de él
a partir de la Navidad del 2005, año que coronó su prolífica labor (en el curso
de doce meses publicó cincuenta novelas) y su misteriosa desaparición. Albino
Mangueira nos revela en este libro que es hijo natural del escritor desaparecido
y la célebre cantante de hip-hop La Mangueira, quien persiguió a Aira hasta
literalmente violarlo, para apoderarse de su verborragia e iniciar así su más
que prolífica carrera discográfica. Albino supo quién era su padre a los doce
años y partió en su busca a la Antártica, donde Aira había creado una trapa con
un puñado de fieles, construida enteramente de hielo –incluso los lechos donde
dormían y las gradas donde escuchaban, una vez al año, a su maestro pronunciar
la única palabra que profería en cada aniversario, eran de hielo, así como
también era de hielo su alimentación: carámbanos de slivovitz puro. Por un
portento inexplicable, esa dieta alimentaria y vital permitió a Aira vivir
ciento cincuenta años; y componer (a lo largo de la centuria que estuvo en la
trapa) un poema de cien palabras exactamente, que corona su obra y hoy se da a
conocer por primera vez, en esta edición profusamente anotada (2984 págs.) e
igualmente iluminatoria, a cargo de Albino Mangueira.
Carámbano, no sólo título sino también inicio y fin del poema, relata y
celebra el desprendimiento de hielos polares que convirtió a la Antártica en un
territorio independiente como ninguno (su condición flotante le ha permitido ser
y dejar de ser parte de diversos continentes en su devenir histórico, asegurando
así su incorruptible autonomía). Gracias a los singulares comentarios de
Mangueira, hoy podemos internarnos en cada uno de los versos (todos de una sola
palabra) de este poema único, hasta acceder al corazón de esa civilización
compuesta de un puñado de hombres que en realidad fueron sólo uno, ese que en la
noche blanca, ante las gradas blancas de aquella trapa blanca, cada año, durante
cien años, pronunció una única palabra anual, hasta fundirse por fin en el hielo
invisible que conforma su nómada nación.
Esta edición de Carámbano viene acompañada de un CD de hondo valor
testimonial: desde su lecho de muerte, La mismísima Mangueira aceptó recitar,
con su inimitable fraseo, las palabras compuestas por el padre de su hijo,
conformando para la posteridad la manera canónica de interpretar musicalmente el
himno nacional de Antártica.
Juan Forn
Infelices fiestas
Max Glass
Spencer “Christmas” Spenze es un exitoso perdedor durante todo el año. Pero
llegada la Navidad conoce –año tras año– el equivalente a sus quince minutos.
Porque es entonces cuando se olvida de su trabajo como vendedor de seguros cada
vez más absurdos, de su monstruosa ex esposa obsesionada con aprender ballet a
los 40 años, de un hijo al que no comprende y quien asegura ser la avanzada de
una invasión extraterrestre, y de sus padres adictos al bingo.
Cada Nochebuena Spenze se reencuentra con su verdadera vocación.
Y es que Spenze es un “hombre pesebre” y toda su vida ha estado marcada por
espíritu de las fiestas supuestamente felices.
Su carrera comenzó a pocos días de su nacimiento –“Así como me ven yo fui un
bebé hermoso”– ocupando el sitio del Niño Jesús en el pesebre viviente de su
parroquia.
Con el correr de los años, Spenze fue, no ascendiendo pero sí creciendo,
ocupando sucesivamente los roles de pastorcillo, Rey Mago (todos menos Gaspar),
José y ahora –en el invierno de su descontento– se apresta a recibir su premio
consuelo: los años le pesan, la panza le cuelga y todo indica que saldrá del
pesebre para comenzar a disfrutar del largo retiro de vivir tras la barba y
dentro del uniforme escarlata de Santa Claus.
Pero algo ocurre con la llegada de la vertiginosa Cindy Sax, nueva y muy poco
virginal María abocada a una reinterpretación freudiana de los evangelios con
“padrastro cornudo, madre histérica y padre biológico y divino que se fue para
nunca volver”. Y de una banda de forajidos iraquíes: una “célula dormida” que no
quiere despertarse y que ha renunciado a seguir todo mandato de Al Qaida para
abrazar las tradiciones y ventajas del american way of life. Y de un nuevo
sacerdote a la parroquia, el alcohólico Padre O’Leary, obsesionado con la idea
de que él y sólo es el Hijo de Dios (y que, tal vez, Cindy Sax estaría mejor en
el rol de María Magdalena). Y del periodista sin trabajo Tim McCandles empeñado
en la escritura del best-seller total El Código Arbolito donde se teoriza sobre
el significado oculto de cada uno de los adornos del pino navideño, el hermano
gemelo y resentido de Jesucristo, y su relación con el inminente fin del mundo
tal como lo conocemos.
“Una suerte de colaboración post mortem entre Frank Capra y John Kennedy
Toole con Thomas Pynchon como médium-albacea.” Michiko Kakutani, The New York
Times
“Sólo queda cruzar los dedos para que los hermanos Coen la lean y vuelvan
a la buena senda sólo deteniéndose para fichar a Bill Murray como
protagonista.” Frank Temperley, Premiere
“Infelices fiestas confirma lo que siempre sospechamos: ese señor que se la
pasa
lanzando ‘¡ho ho hos!’ es adicto al Prozac.” P. T. Zep, McSweeney’s
“Dickens habría odiado este libro. Yo no.” J. P. Donleavy
Rodrigo Fresán
Las doce y dos
Federico Lauría
Verdadero pionero (despuntan los años ’60 y a él se le da por ser hijo de
padres separados), el niño Fabio Luján, por tercer año consecutivo primer
promedio en las Escuelas Alonzo para Talentos Especiales de Palo Alto, vuelve a
Buenos Aires para pasar la Nochebuena con sus dos familias: la del padre (con
quien esta vez le toca estar hasta las 12 de la noche), un ex piloto de Pan Am
arruinado por el alcohol, el punto y banca y los tres idiotas voraces que su
nueva mujer se traía bajo la manga cuando lo enamoró; la de la madre (con quien
le toca estar después de las 12), compuesta por dos perritos salchicha, un
siamés alérgico y una corte de psicofármacos versátiles.
A las 12 y dos minutos, en el taxi que, como ha sido ley en los últimos
cuatro años, lo lleva del aguantadero paterno al sórdido dos ambientes materno,
Fabio, víctima del jet lag o de la mala calidad de la sidra que el padre lo
obligó a tomar, se acurruca contra la puerta del auto y se rinde a una
ensoñación múltiple: da con la solución más elegante para un complejísimo
problema algebraico; se descubre presidente de la Argentina y firma sin vacilar
una parva de decretos crueles; vuelve a ver la cara de asombro de Erika, su
novia sueca de las Escuelas Alonzo, cuando le regaló el frasco de Hélàs! que su
madre le había pedido por carta que le trajera; mira la mata de pelos que brota
de la oreja del taxista y piensa en un animal que nunca vio; fabrica un brazo
mecánico para recoger mierda de perro; urde un plan para acabar de una vez por
todas con esas navidades estereofónicas que lo extenúan desde hace cuatro años.
En el plan se ve de pie tocando timbres, alternativamente el de su padre y el de
su madre, con la ropa enchastrada de sangre fresca.
Crónica en primera persona de esa ensoñación vertiginosa, Las doce y dos es
también el plan de operaciones, el anuncio del feroz familicidio que enlutó a la
efervescente Buenos Aires de la década del 60: Federico Lauría tenía doce años
recién cumplidos cuando lo cometió y algo menos cuando lo escribió, aprovechando
los remansos de ocios que le dejaban las actividades deportivas de las Escuelas
Alonzo: de hecho, ya lo traía en su raído portafolios Primicia ese fatídico
diciembre cuando aterrizó en el aeropuerto de Ezeiza. Allí lo descubrió el único
de los tres idiotas voraces que sobrevivió a la masacre, el mismo que lo dio
luego a la imprenta firmado con su nombre mientras Lauría languidecía, y poco
después se suicidaba con la corbata de las Escuelas Alonzo, en el Instituto de
Menores Julio A. Roca. Hoy, reeditada después de casi 40 años con el nombre de
su legítimo autor, el lector puede por fin abordarla como lo que es: el
testimonio de un hecho de sangre que dividió a la opinión pública, pero también
la obra única, inclasificable, de un autor tan precoz como genial.
“Escalofriante: como si Claudio María Domínguez renunciara a Odol
Pregunta
por un protagónico en A sangre fría.” (Siete Días)
“Un documento de un lirismo aterrador. La literatura argentina
ya tiene su poeta asesino.” (Panorama)
“Nuestro Pierre Rivière.” (Cristina Forero, Adán)
“¡La familia en la picota!” (Arnaldo Rascovsky)
Alan Pauls
Crimenes de Navidad
P.D. James
La palabra “crímenes” enfatiza la insinuación del título en inglés (X for
Christmas), pero el plural que multiplica los crímenes o los divide, aplaca
también su gravedad penal, sobre todo en una trama de P.D. James. De hecho, los
crímenes no son lo que parecen porque la novela, iniciada como divertimento, es
una falsa autobiografía que se vale de ellos para presentar una galería de
situaciones únicas y personajes inolvidables. Así, en la primera parte –“Sobre
el misterio de llamarse Phyllis”– una conspiración de los tiempos de Ana Bolena
llega a manos de la narradora cifrada en una partitura dentro de un libro de
oraciones. Con admirable inocencia, ella le cuenta los pormenores de dicha
conspiración a Perceval Dunbarton, encargado de disfrazarse de Papá Noel en las
navidades. La acción ocurre en Lewes, un pueblito del sur de Inglaterra donde ha
habido más de un aquelarre. Perceval deduce de la historia antigua un plan para
eliminar a Cedric Sykes Severn, el bibliotecario y editor de las publicaciones
parroquiales (“quien parece estar siempre de espaldas a uno”), que se jactó
siempre de ser “un viejo hugonote”. La parte del medio, “Tempestades en botellas
de vidrio”, muestra a los personajes presentados tratando de salvar la vida,
mientras tres nuevos –“Hinojos”, Solingen y Drummond– incorporan todo tipo de
accidentes y obstáculos al argumento principal. La tercera parte, “La gramática
de Dorothy”, cuaderno encontrado en el desván de la casa en que murieron las dos
brujas principales de la historia –a la sazón, Phyllis Unbart y Deirdre Severn—,
revela los orígenes de la animadversión de los ciudadanos del pueblo por todo el
linaje de editores del Boletín parroquial de Lewes y permite dar un paso
adelante en la relación –extraña, sumamente extraña– entre Perceval y Cedric.
Una confesión final (“A lo largo de los años, querido Percy, he hecho con los
manuscritos que me enviaban lo mismo que usted con las cartas de los niños:
estenografías rústicas para proteger mis pesebres”) establece los límites
simétricos de la venganza pero no permite sospechar el desenlace, en el que los
fieles lectores de la autora de La muerte toma los hábitos reconocerán y
festejarán su inimitable maestría.
Luis Chitarroni
Hay arena en tus ojos
Anónimo
Hay arena en tus ojos –Sand gets in your eyes, según la ya irónica primera
traducción inglesa de Faber & Faber 1951– es el título occidental de una
colección de tan antiguos como originales relatos judeoárabes datados en el
siglo XIV y descubiertos en Alejandría hacia finales de la Segunda Guerra
Mundial. El manuscrito, al que le faltaban las primeras dos páginas, fue hallado
por las tropas británicas de ocupación en los sótanos de un monasterio
parcialmente destruido por los bombardeos alemanes de 1943, y fue a parar a
Inglaterra tras la finalización de la contienda. La disputa académica acerca de
su autenticidad quedó rápidamente superada por el elogio irrestricto de Durrell,
que desde el principio puso las cosas en otro lugar: “Entre Las mil y una noches
y The Canterbury Tales, esta colección de historias probablemente apócrifa
recupera el sabor y el saber, hoy casi olvidados, del relato bien contado”. El
juicio del autor del Cuarteto de Alejandría permitió disfrutar la compilación
como lo que es: noventa breves, extraordinarios cuentos fantásticos,
humorísticos y eróticos. Distribuidos en treinta series de tres –que
corresponden a las supuestas treinta escalas nocturnas que hicieron en otros
tantos oasis los Tres Reyes Magos camino de Belén y de la Estrella que los
guiaba al Mesías–, los relatos no son puestos en boca de los sobrecargados
monarcas sino de sus elocuentes cabalgaduras. Así, según maravilloso artificio,
son los mismos camellos quienes –desde su rumiante pero no siempre paciente
perspectiva y con la impunidad que promete el silencio de la noche bajo las
frescas palmeras– dan rienda suelta a su irónica fantasía. Hay en las historias
de Abdul, Ahmed y Alí –tal el nombre de los locuaces y resentidos camélidos que
se alternan en los relatos– cierto tono burlón de recurrente misantropía, muy
moderno para un texto que, según se pretende, recoge historias dos veces
milenarias.
Como dice Durrell, “Hay arena en tus ojos no echa luz sobre ninguno de los
misterios de la Navidad e incluso se desinteresa de ellos; sin embargo, como
sucede en algún cuadro de Brueguel sobre el drama del Gólgota, al hacer foco
sobre hechos ajenos al Acontecimiento, los ilumina desde una perspectiva
inédita”.
Así, el escepticismo campea en Historia del mercader cansado o “Cada nueva
duna es la penúltima, Sahib”, contado por Alí en el Primer Oasis; cierto
erotismo oscuro en Historia de una odalisca reticente o “Mejor que Alisha no se
saque el séptimo”, contado por Abdul en ese mismo oasis, y hay resonancias
múltiples en el notable “¿Quién traía la mirra?” o Historia de una tonta
travesía –contado por Ahmed en el último segmento– cuyas alusiones al viaje de
Melchor, Gaspar y Baltasar hicieron sonreír al habitualmente imperturbable T. S.
Eliot.
Juan Sasturain