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25 de diciembre de 2005
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La
Voz de Galicia - 23 de diciembre de 2005
Fidel, Chávez, ahora Evo Morales
Ramón Chao
LAS PROFECÍAS tardan en realizarse. Hace poco más de un año
escaso (como dice mi sastre de Rábade) auguré en estas columnas que con Evo
Morales pronto llegaría la hora de Bolivia. Un año contado con medidas
históricas es nada, mas suficiente para conocer y apreciar al nuevo presidente
de Bolivia, primero en una reunión en Venezuela y después en Le Monde
Diplomatique , en París. Me pareció un hombre apuesto, dulce y
determinado, capaz de quitar el sueño a la mismísima Condolezza Rice, quien, ya
despabilada y atenta, acaba de declarar que «vigilará sus pasos con atención».
También se despiertan los indios, amodorrados desde la invasión de las carabelas
hispánicas y que en el caso de Bolivia representan hoy el 65% de la población.
Antes de las elecciones, el embajador de Estados Unidos en La Paz,
Manuel Rocha, había lanzado una amenaza directa: «Quiero recordar a los
electores bolivianos que si eligen a los que están dispuestos a convertir a
Bolivia en exportadora de cocaína ponen en peligro la ayuda de los EE.?UU.».
Como si a los cocaleros les importara. Según los analistas políticos, esta
injerencia yanqui en el proceso electoral aumentó el número de votos en favor de
Evo Morales, que ha elegido la hoja de coca, precisamente, como símbolo de unión
nacional: «Llegó el momento -dice- de comprender que con la coca defendemos
nuestras riquezas naturales, como los hidrocarburos, el petróleo y el gas
natural. Se trata, pues, de unidad nacional».
Es lógico que los
norteamericanos la tomen con Morales. Tanto él como Fidel Castro y Hugo Chávez
constituyen un peligro para las multinacionales del Norte, y la «guerra contra
la droga» que invoca Washington sólo es un medio para intervenir militarmente en
esta zona (Bolivia, Perú, Colombia) y sostener a los regímenes que aplican una
política favorable a Estados Unidos. Así dice el cocalero, orgulloso de serlo.
En el marco de la «guerra contra la droga», los Estados Unidos lanzaron
en 1990 una campaña destinada a suprimir la producción de coca en Bolivia. Diez
años después el Proyecto Dignidad (sic) injusto y violento, patrocinado por
EE.?UU., consistió en arrancar plantas de este producto, hasta el 80% de ellas,
sin que se hubiera previsto la implantación de otros cultivos. Para calmar a los
indios productores, se creó la Expeditionary Task Force, unidad paramilitar
financiada por Estados Unidos y llamada por los campesinos «los mercenarios de
América». Sembraron terror, violencia y asesinatos.
Mientras que el
Ejecutivo boliviano había programado la destrucción de la casi totalidad de las
40.000 hectáreas de coca de la región de Chapare, Evo Morales reclama el derecho
de que cada familia de las 30.000 de cocaleros que allí viven conserven una
parcela de 1.600 metros cuadrados para el «consumo tradicional y terapéutico».
Claro que su programa no se limita a los problemas campesinos. No menos
ardua para el nuevo Gobierno será la nacionalización de los hidrocarburos, del
gas natural, la educación para todos, la erradicación de la pobreza, de
enfermedades, de la miseria.
Pero Evo Morales puede contar con la ayuda
de buena parte de América Latina; su actitud se inscribe en un movimiento
colectivo de enfrentamiento con el modelo neoliberal cuyos principales
representantes son Fidel Castro y Hugo Chávez, desde luego, pero que se observa
también en Argentina, Uruguay, Chile, Brasil y pronto, tal vez, en México.
Estas son consideraciones a vuelapluma. Si desean un análisis más sesudo
y profundo, no se pierdan la crónica de Ignacio Ramonet el miércoles próximo.
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