as revoluciones son desplazamientos violentos en las relaciones de fuerzas
entre las clases -dominantes y subalternos- en una sociedad determinada. Esos
desplazamientos ponen en crisis la forma política de la dominación existente.
Esta crisis puede expresarse también en el terreno electoral. Es lo que acaba de
suceder en Bolivia con la victoria arrasadora de los indígenas, los humillados,
los explotados, los despojados, los mascadores de coca, las mujeres de
pollera y los aliados de todos ellos, que llevaron a la presidencia de la
república a Evo Morales.
Normalmente, las elecciones son lugar de renovación y reconfirmación de la
dominación existente. En ellas se puede cambiar el personal político y
administrativo del gobierno, a escoger entre los diversos miembros de la clase
política que compiten entre sí. Pero no se decide cuál clase o estrato social
ejerce el mando real, aquel a cuyos marcos se subordina la totalidad de los
políticos (pues cuando no lo hacen, se convierten en parias o intocables). Por
ejemplo, el Pacto de Chapultepec, verdadero Manifiesto Capitalista de las
altas finanzas mexicanas, es hoy el marco fijado por los grandes dueños de poder
y del dinero a los tres candidatos presidenciales mexicanos: "ustedes pueden
pelearse como quieran y escoger al equipo que les plazca, pero tienen que firmar
este pacto y cumplir su compromiso con nosotros". Es el equivalente nacional,
por cierto bastante prepotente y descarado, de los rígidos controles que el FMI
y su policía, el Pentágono, imponen a todos los países dominados.
En Bolivia, las recientes elecciones han sido una confirmación política,
legal, democrática, constitucional, institucional -y todos los demás adjetivos
de la ciencia política que se quiera- de una violenta y persistente ola de fondo
contra la dominación neoliberal en un Estado racista de matriz colonial como ha
sido desde siempre el boliviano. Desde el año 2000 esa ola fue avanzando en
sucesivas "guerras", revelador nombre bélico que el pueblo mismo dio a sus
movimientos: la guerra contra la privatización del agua en Cochabamba en 2000;
la guerra en defensa de los plantíos de coca en el Chapare contra el ejército y
la policía en enero de 2003 (13 cocaleros muertos, 60 heridos); la guerra contra
el impuesto a los salarios en La Paz en febrero de 2003 (más de 30 muertos); la
guerra del gas en septiembre y octubre de 2003 (80 muertos), hasta culminar en
ese octubre con la toma indígena de La Paz y la caída del gobierno de Gonzalo
Sánchez de Lozada.
Ese mismo movimiento de fondo impidió la estabilización conservadora de su
sucesor, Carlos Mesa, obligó a hacerse a un lado a otros dos posibles
presidentes sacados de la manga y terminó por imponer al transitorio actual,
Eduardo Rodríguez Veltzé, unas elecciones en plazos que no quería y en
condiciones que no imaginaba (al costo de poner el pueblo algunos muertos más en
el camino).
Llevaron así a la presidencia al dirigente de un movimiento "fuera de la ley
internacional", el de los cocaleros, pues la coca, hoja sagrada y alimento
cotidiano de los pueblos andinos, es planta ilegal según el Departamento de
Estado de Washington, su dependencia la OEA, y quién sabe cuántas instituciones
imperiales más. Cualquier cosa haga o tenga que hacer después Evo Morales, su
primer grito a la hora del triunfo definió el color de esta victoria:
"Causachun coca, huanuchun yanquis" (Por la causa de la coca,
mueran los yanquis).
Ese grito resonó como nunca, es seguro, allá en el altiplano a 4 mil metros
de altura, en la moderna, muy organizada y muy pobre ciudad indígena de El Alto,
creación de los campesinos y mineros desarraigados por el neoliberalismo, de las
tradiciones comunitarias indias, de la sed de comunidad y de modernidad de los
migrantes internos que la poblaron, y de los afanes y trabajos cotidianos de sus
800 mil habitantes al borde mismo de la hoyada profunda donde, 400 metros más
abajo, se estira hacia los valles cálidos la ciudad de La Paz.


Esta elección democrática es la conquista de una revolución que no termina y
que espera, en adelante, no tener que poner muertos sino asambleas, votos y
decisiones colectivas para poder seguir por su camino. El boliviano es un pueblo
sorprendentemente organizado bajo formas apenas registrables desde los miradores
de la política institucional. Tanto y tan bien, que los encuestadores fueron
víctimas, creo, de una espontánea conspiración de masas: les mintieron, les
dijeron falsas intenciones de voto, les hicieron creer que Evo Morales andaba
entre 38 y 40 por ciento (primera mayoría, a decidir pues en el Congreso); y
después mostraron en las urnas que pasaba de 51 por ciento (mayoría absoluta, a
decidir nomás nosotros con nuestros mismos votos, carajo, y si no nos reconocen
viene otra guerra).
¿Viene otra guerra? Por ahorita no, por más que Condoleeza Rice diga que
vigila, pues el otro elemento de la situación es que las clases dominantes, que
lo siguen siendo, tienen miedo. Han visto con incrédulo asombro primero, y con
temor irritado después, el ascenso de esta marea humana a la cual, desarmada, no
la detuvieron las balas durante los cinco años pasados ni la desorganizaron las
inevitables y naturales diferencias entre sus propios dirigentes. Las clases
dominantes temen ahora desatar la violencia, pues en Bolivia la dirección en que
camina el miedo se ha revertido.
Esto no durará, ni es bueno que dure. Pero por ahora así es, y mientras tanto
quienes aún dominan, pese a haber perdido la presidencia, tratan desde ya de
cercar al nuevo gobierno con condiciones y presiones de sus aliados exteriores
(pues en Bolivia, hoy, no hay magnates que puedan pegar manazos sobre la mesa
para imponer a la nación oprimida un Pacto de Chapultepec) y de sus grupos
locales más insolentes y reaccionarios, como la oligarquía racista de Santa Cruz
de la Sierra y otras regiones.
¿Qué viene?, pues, habrá que verlo. Pero para verlo resulta desenfocado andar
discutiendo las figuras del presidente y del vicepresidente, sopesar sus
palabras cada día, escudriñar el alma de sus asesores, hacer comparaciones con
Néstor Kirchner o con Luiz Inacio Lula da Silva (cada uno de los cuales fue al
gobierno en condiciones, en países y en elecciones radicalmente diferentes entre
sí). Para verlo, ahora, es preciso considerar la fuerza con que puede continuar
subiendo la marea y las cuestiones que el movimiento del pueblo, heterogéneo por
necesidad, encontrará ante sí en lo inmediato.


Las cuestiones principales ahora por delante parecen estar ya definidas:
La
relación con la tierra: la defensa, estabilización y legalización de los
plantíos de coca; el reparto agrario llevado hasta el fin, en el altiplano y en
los valles.
La
relación de las organizaciones con el nuevo gobierno: la esperable expansión de
las múltiples organizaciones del pueblo, coordinadoras, juntas vecinales,
sindicatos, alcaldías, iglesias, federaciones, escuelas y universidades, un
mundo en ebullición después de la victoria electoral, con las inevitables
diferencias internas que son el precio legítimo de la vida democrática.
La
relación con las riquezas naturales, la primera de todas el subsuelo nacional,
el petróleo y el gas propiedad de la nación y a su servicio.
La
relación de la nación consigo misma: las fotografías del festejo popular dicen
la verdad cuando muestran en primer plano a las mujeres, de donde no tardarán en
querer sacarlas y en donde pelearán duro para permanecer; el combate organizado
y real, y no tan sólo legal, contra la opresión racial connatural al presente
Estado boliviano; la Asamblea Constituyente y la nueva Constitución; la
redistribución de los recursos y de las cargas tributarias; la educación para
todos, la salud, los derechos sociales efectivos.
La
relación con el mundo, frente a Estados Unidos, sus instrumentos financieros y
militares de presión y su hoy fiel aliado y seguro servidor, el gobierno
mexicano del presidente Vicente Fox; cerca de Cuba y de Venezuela; cerca de los
movimientos andinos, indígenas y populares de Ecuador y de Perú y del movimiento
campesino de Brasil; y en busca de una definición indispensable de los gobiernos
de Brasil, Argentina y Uruguay, que en su relación geopolítica y económica con
Bolivia tendrán que definirse, hoy más nunca, sobre sus reales relaciones e
intenciones con sus propios pueblos, con el Mercado Común del Sur y con el
futuro independiente y democrático de América Latina.


Bolivia sigue viviendo una revolución, la primera del siglo XXI, y una
revolución es un proceso de fondo que, quiérase o no, obliga a todos a
definirse, adentro y afuera. La luz clara e intensa que ella despide no tolera
las medias tintas, los subterfugios políticos y los escondrijos declarativos.
Una revolución no es algo que pasa en el Estado, en sus instituciones y entre
sus políticos. Viene desde abajo y desde afuera. Sucede cuando entran al primer
plano de la escena, con la violencia de sus cuerpos y la ira de sus almas, esas
y esos que siempre están, precisamente, abajo y afuera: los postergados de
siempre, los dirigidos, aquellos a quienes los dirigentes consideran sólo suma
de votantes, clientela electoral, masa de acarreo, carne de encuesta. Sucede
cuando esas y esos irrumpen, se dan un fin político, se organizan según sus
propias decisiones y saberes y, con lucidez, reflexión y violencia, hacen entrar
su mundo al mundo de los que mandan y logran, como una vez más en este caso, lo
que se habían propuesto. Lo que viene después, vendrá después.