| Mundo - rodelu.net |
25 de diciembre de 2005
|
El Periódico
de Catalunya - 21 de diciembre de 2005
Soberanía alimenticia
• Cada país tiene el derecho de
proteger su agricultura para no sufrir un librecambismo
desenfrenado
Bernard Cassen
Periodista y director general de Le Monde Diplomatique
La semana pasada, la cuestión agrícola fue el
centro de los debates del Consejo Europeo de Bruselas y de la
conferencia ministerial de la Organización Mundial del
Comercio (OMC) de Hong Kong. En ambos casos, la política
agrícola común (PAC) de la UE se vio sentada en el banquillo,
para bien y para mal. Está claro que al plantearse esta
cuestión bajo una pura lógica liberal sólo podía desembocar en
unas soluciones poco convenientes por el hecho de obviar tres
aspectos esenciales. Primero: la producción de alimentos no
constituye una actividad como las demás: responde a la
necesidad vital de toda la humanidad. Cada individuo puede
sobrevivir sin coche o móvil, pero no sin comer. Esta
producción no puede reducirse a una gestión meramente
mercantil. Segundo: el concepto de agricultura
designa actividades radicalmente diferentes, desde la
artesanía a la producción industrial masificada. En efecto,
¿qué tienen en común las explotaciones de decenas de millares
de hectáreas en Canadá, Argentina o Australia, con las
pequeñas granjas de montaña de Suiza o las pequeñas parcelas
que cultivan los arroceros coreanos y japoneses? En el primer
caso, los empleos generados son muy escasos, y el entorno está
ya uniformado o va camino de serlo, con un coste ecológico
elevado, como se puede comprobar en la Amazonia. En el
segundo, la actividad agrícola utiliza muchos activos y puede
contribuir a la preservación de los ecosistemas. En un mismo
país, como Francia, pueden coexistir ambos modelos, con todas
las situaciones intermedias posibles. ¡A nivel mundial, las
diferencias en productividad entre supuestos
agricultores pueden oscilar entre el 1 y el
1.000! Tercera aberración: mientras que el 90% de la
producción agrícola mundial se consume en el interior del país
que la produce --hablamos de los 3.000 millones de
agricultores con los que hoy cuenta el planeta, es decir, la
mitad de sus habitantes--, es el 10% restante de dicha
producción, sea exportación o importación, la que se supone
que fija el nivel de precios. En agricultura, la idea de
mercado mundial no existe, mientras que sí lo hace para
casi la totalidad de los productos manufacturados.
LA
PAC, tras su puesta en marcha en 1962, tuvo el gran mérito de
asegurar la autosuficiencia alimenticia de Europa, pero
hubiera tenido que conformarse con esto. Desde finales los
años 70, se convirtió en un factor desestabilizador de las
agriculturas campesinas de los países del Sur por el hecho de
subvencionar la exportación de los excedentes, provocando, de
hecho, la caída de las cotizaciones mundiales, dentro de los
límites que tiene este concepto, como acabamos de ver. Los
demás países ricos, y EEUU el primero, actuaron igual, de
forma más o menos disimulada, con la ayuda alimenticia
a los países víctimas de catástrofes y guerras civiles. La
reivindicación de la supresión de todas las subvenciones a la
exportación de casi todos los países del Sur, empezando por
una buena parte de los miembros del G-20 encabezado por
Brasil, está absolutamente justificada. Desde este punto de
vista, es una buena noticia que se hayan fijado plazos, tanto
en Bruselas como en Hong Kong, para acabar con ellas a
principios de la próxima década. Lo que, en cambio, no es en
absoluto aceptable es la creciente facilidad para acceder
al mercado por razón de la rebaja de las tarifas aduaneras
sobre los productos agrícolas. Los países que se beneficien de
condiciones físicas favorables, aun no recibiendo subvenciones
a la exportación, podrían inundar a los demás con sus
productos, provocando la ruina de decenas de millones, por no
decir cientos de millones de pequeños agricultores. En
estas condiciones, la única política que se podría aceptar
desde el punto de vista ecológico y social para la gran
mayoría de los 3.000 millones de agricultores es la de la
soberanía alimenticia. Significa que cada país o grupo de
países tiene el derecho de proteger la agricultura, los
puestos de trabajo y los ingresos de sus agricultores con
barreras aduaneras tan elevadas como sean necesarias. Se trata
de un proteccionismo defensivo legítimo, y una garantía contra
el éxodo rural masivo hacia las grandes ciudades muy
superpobladas.
EN CUANTO al proteccionismo ofensivo,
éste se eliminará cuando se supriman todas las subvenciones
directas o indirectas a la exportación. Es en este sentido que
se debe reformar radicalmente la PAC. Pero, por el hecho de
ponerse de lado de sus grandes lobis y multinacionales del
agrobusiness, y en contra de los intereses de los
campesinos de otros países en vías de desarrollo, algunos
gobiernos del Sur, entre ellos Brasil, aliado de Washington en
este asunto, se convierten en heraldos de un librecambismo
desenfrenado. Deberían recordar que así se convierten ellos
también en víctimas del mismo librecambismo en el sector
servicios y en los productos no
agrícolas.
Traducción de Caroline
Rouquet.
|