Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
25 de diciembre de 2005
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El último triunfo del neoliberalismo
En la cumbre de la Organización Mundial del Comercio
(OMC), en Hong Kong, triunfa el Norte que en un lejano futuro
renunciará a subsidiar su agricultura pero que por ahora
impone más liberalizaciones a un Sur dividido. Sin embargo el
ojo vigilante de los movimientos sociales aconseja la retirada
del multilateralismo: el futuro está en los acuerdos
bilaterales.
Gennaro Carotenuto desde Roma
Después de una semana de
verdadera batalla, la OMC logró un acuerdo modesto, que
favorece a los países del Norte y perjudica a los países más
pobres de la tierra. El Sur, que hace dos años en Cancún había
logrado un éxito histórico presentándose unido, se divide
entre economías emergentes y economías “hundiéndose”, y las
primeras –con Brasil e India a la cabeza– pactaron con el
Norte. En el tema agrícola, Europa se comprometió a reducir
los subsidios a las exportaciones a partir de 2013. Países
como Estados Unidos, Canadá y Australia hicieron compromisos
aun más genéricos aunque desde 2008 rebajarán algunos
aranceles. Este pasaje venía siendo pedido durante años por el
Tercer Mundo y por los movimientos sociales. Pero a cambio el
Sur abre aun más sus puertas a productos industriales y
servicios del Norte, y entonces el precio a pagar parece
demasiado alto. Los que están peor son los productores de
algodón africanos. Estados Unidos rechazó cualquier reducción
de subsidios a su producción en un mercado donde los pobres
sencillamente no cuentan con herramientas para
competir. Durísimo es el juicio sobre la cumbre del
Observatorio sobre el Comercio Internacional. Esta ONG
denunció “la traición de las economías emergentes que han
abandonado a los países pobres en la batalla por la justicia”.
El texto final salido de la reunión ministerial de Hong Kong
de la OMC “es un verdadero insulto a los países más pobres que
son los verdaderos derrotados”. De acuerdo con organizaciones
como Vía Campesina, difundida en toda Latinoamérica pero
también en Asia y África y que representa también la parte más
consciente de los agricultores del Norte, entre los cuales
está la Coordination Paysanne Européenne de José Bové, los
campesinos africanos habían aclarado las verdaderas
prioridades mundiales: acortar el ciclo de producción y
consumo a nivel local, ecosustentabilidad, participación
campesina. Si puede tener algún sentido hacer viajar durante
miles de quilómetros o alrededor del planeta bienes duraderos
como un auto o un televisor, el costo social y ambiental de
hacer dar la vuelta al mundo diariamente a una manzana o una
lechuga es insoportable y sólo corresponde a los intereses de
la agroindustria. Los campesinos han sido escuchados sólo como
reivindicación contra los subsidios a las exportaciones de la
agroindustria del Norte. Sin embargo, el logro de uno de los
objetivos históricos de los movimientos campesinos mundiales
ha sido amargo. Aparentemente, en el lejano 2013 Europa –sobre
Estados Unidos quedan más dudas– dejará por fin de
subvencionar sus exportaciones agrícolas. Queda el absurdo que
hace que una vaca francesa reciba una renta de dos euros
diarios, mayor que el ingreso de una buena parte de los
habitantes del planeta, pero ya no podrá subvencionar la
invasión de los mercados del Sur con tomates enlatados en
Nápoles o naranjas valencianas. Sin embargo el Norte cede
sobre este punto fundamental sólo a cambio de mayores
aperturas en materia de servicios e industria (véase
recuadro). Y cede sólo porque los llamados “emergentes”
rompieron la solidaridad que llevó al Sur al triunfo de
Cancún. Evidentemente países como India y Brasil piensan que
tienen fichas para jugar en el casino neoliberal. Los
movimientos sociales, que siguen representando la conciencia
crítica del planeta frente a los juegos de los gobiernos, han
pagado precios altos. Como sucedió en Cancún, el grupo más
eficaz, numeroso y constante ha sido el de los campesinos
coreanos. En distintos choques con la policía china han sido
arrestados y detenidos durante varios días 900 activistas de
ese país. Al cierre de esta edición serían menos de diez los
que todavía no han sido puestos en libertad.
MONOPOLIO SOBRE FÁRMACOS
Es larga la lista de los sectores en los
cuales Hong Kong representó un paso atrás. No ha sido posible
avanzar en la defensa de productos típicos con siglos de
historia: los nombres del jamón ibérico o del queso parmesano
italiano podrán ser utilizados casi libremente, y desaparece
el mandato establecido en Doha, y que todavía aparecía en el
primer borrador del documento final, de proteger la
biodiversidad, el folclore y los conocimientos tradicionales.
Una vez más una sustancia presente en la naturaleza o un
proceso desarrollado durante miles de años por una comunidad
indígena podrá ser registrado como propiedad intelectual por
la primera multinacional que se quiera dar el gusto: un
desastre. Sin embargo, por si esto fuera poco, uno de los
sectores donde Hong Kong marcó más retroceso corresponde a la
industria farmacéutica y al tema de las patentes,
especialmente para aquellos países como los africanos que ven
morir cada año decenas de millones de personas por
enfermedades curables. La declaración de Doha, en 2001, abría
las puertas a la prerrogativa de los gobiernos de producir
autónomamente y no pagar los derechos intelectuales en caso de
necesidad. Era la perspectiva que parecía permitir a países
como Brasil, Tailandia, Sudáfrica e India producir –por
ejemplo– fármacos retrovirales para los enfermos de sida sin
pagar a las multinacionales farmacéuticas los exorbitantes
derechos que hacen que en Occidente un mes de salud de un
enfermo de sida cueste varios miles de dólares. Doha, sin
embargo, era hija de un momento histórico especial. Después
del 11 de setiembre vino el ántrax (y tanto quien escribe como
quien lee se preguntan qué habrá sido de aquella terrible
amenaza para la humanidad que desapareció sin dejar rastros).
Los gobiernos de Estados Unidos y Canadá se vieron obligados a
torcer el brazo de la alemana Bayer y producir la
ciprofloxacina y en la capital de Qatar, en la cumbre
siguiente, tuvieron que abrir espacios a las necesidades de
los países pobres para hacer lo mismo con enfermedades
endémicas como el paludismo o el sida. Ha sido Europa la
que a partir de 2003 ha empezado a cerrar las puertas otra
vez. Haciendo un favor a sus multinacionales decidió que
jamás, bajo ningún concepto ni bajo graves amenazas, violará
las normas. Los otros países ricos, desde Australia a Japón,
pasando por supuesto por Estados Unidos, se han sentido
felices de volver a normas restrictivas y suicidas que vuelven
a los países occidentales miopes frente a los intereses de las
multinacionales. Hoy día Roche, que posee la patente del
tamiflu (nombre científico del oseltamivir), el único fármaco
que se supone eficaz contra la gripe aviaria, no está en
condiciones de producir ni una mínima parte de los antivirales
necesarios, y sin embargo amenaza a empresas como la india
Cipla o la tailandesa Gpo que están produciendo el tamiflu
genérico. Si algún día la fiebre aviaria cumpliera con las
catastróficas previsiones, será interesante ver cómo se
pararán frente a las opiniones públicas los gobiernos que,
para defender los intereses de Roche, no han preparado dosis
suficientes del fármaco.
El colonialismo que nunca pasa
Norte y Sur firmaron el más conservador de los
acuerdos. Para salvar la agricultura del Sur atropellan
cualquier perspectiva de desarrollo en el Sur, perpetuando el
sistema colonial. Cuando Inglaterra hizo su revolución
industrial, hace un cuarto de milenio, no necesitó pedir
permiso a nadie. En pocas décadas inundó el planeta con sus
mercaderías malas y baratas arruinando a los productores
artesanales del resto del mundo, que simplemente no podían
competir con aquellas máquinas diabólicas. Los primeros
dañados fueron los chinos –véase cómo gira el mundo– que
exportaban maravillas de fantástica calidad y, arrasados por
la invasión comercial inglesa, vieron sometido a su país a
siglos de decadencia. El acuerdo que se ha cocinado entre
Doha 2001, Cancún 2003 y Hong Kong 2005 parece sacado de un
manual de la teoría del subdesarrollo del brasileño Theotônio
dos Santos. Aunque sin considerar la enorme diferencia entre
campesinado y agroindustria, históricamente los productos
agrícolas se benefician de la apertura de los mercados. Sin
embargo, las ventajas concedidas al agro del Sur en el lejano
2013 no son nada frente los daños estructurales causados en lo
inmediato por la invasión masiva de productos industriales y
servicios provenientes del Primer Mundo. Éstos –entre las
consecuencias más graves– impiden estructuralmente cualquier
política de sustitución de importaciones y condenan una vez
más al Sur a un destino de desarrollo desigual. Cualquier
país en vías de desarrollo, incluido en su época Estados
Unidos o Prusia, o la Francia de Luis Felipe, tuvo que pasar
por una crisis de las necesidades del libre intercambio de su
agro para favorecer el crecimiento de sus otros sectores. Lo
que se cocinó en Hong Kong es al revés: la estructural
perpetuación del destino de mercados periféricos y proveedores
de productos de bajo valor agregado de parte del Tercer Mundo.
Los países más pujantes, con India y Brasil a la cabeza,
soldándose con el Primer Mundo, han sacrificado a los 90
países más pobres. Bombardear el presente para salvar el
futuro próximo y renunciar al futuro lejano. Ha sido la peor
solución posible.
Publicado en Brecha el 23 de diciembre de 2005
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
http://www.gennarocarotenuto.it
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