l aplastante triunfo electoral de Evo Morales, en cuya candidatura desemboca
y confluye el notable ciclo de protestas y levantamientos populares iniciado en
2000, es por lejos la mejor noticia para las izquierdas sociales y políticas del
continente en el año que termina. Puede ser, incluso, un incentivo para todos
aquellos que en la región buscan potenciar las alternativas al modelo
neoliberal. Es cierto que a la vista de experiencias continuistas como las de
Ecuador, Brasil y Uruguay no debe alentarse un optimismo ingenuo, pero no puede
pasarse por alto que en Bolivia fueron derrotados tanto el Estado colonial como
la política de Washington.
Bolivia vive tiempos de encrucijadas. En la política doméstica, en cuyo rumbo
los movimientos tendrán un papel tan destacado como el que vienen jugando en los
últimos años, desmontar el Estado colonial e institucionalizar la nueva relación
de fuerzas tropezará con la resistencia de las elites y con la cultura política
clientelar, instalada como sentido común entre amplios sectores de la población.
Herederas de cinco siglos de opresiones, las elites y la oligarquía de Santa
Cruz están lejos de sentirse derrotadas y cuentan con inmensos recursos para
bloquear cambios.
En paralelo, en América del Sur está tocando techo el unilateralismo, uno de
los núcleos duros de la actual política internacional de la Casa Blanca. El
declive de la superpotencia parece acelerarse: no pudo imponer el ALCA, debió
resignarse al ingreso de Venezuela al Mercosur y ahora Bolivia está en
condiciones de dar un paso significativo en la integración política, económica y
sobre todo energética. El inevitable enfrentamiento del nuevo gobierno boliviano
con Estados Unidos (en particular por el viraje que supone la política hacia la
hoja de coca) puede reforzar al sector más nítidamente antimperialista de la
alianza regional representado por el gobierno de Hugo Chávez.
Pero la decadencia de la potencia hegemónica no conlleva necesariamente un
cambio en la política neoliberal. La nación emergente, Brasil, mostró
recientemente en la reunión de la OMC en Hong Kong hasta qué punto sus intereses
tienen puntos de coincidencia con el norte proteccionista y fisuras con el sur
pobre. No se trata de Lula, sino de políticas que nacieron antes que el gobierno
del Partido de los Trabajadores y que la relación de fuerzas en el país no ha
hecho sino consolidar.
Las relaciones Brasil-Bolivia pueden jugar un papel destacado a la hora de
mapear las nuevas relaciones internacionales ante el declive del viejo
imperialismo.
La petrolera brasileña Petrobras (sociedad mixta operada por el Estado) puede
ser buen termómetro de lo que se viene en la región. Ella sola responde por 20
por ciento del PBI boliviano y controla todos los aspectos del negocio del gas
natural, desde la extracción hasta el transporte y la comercialización.
El gas boliviano es clave para la industria brasileña y el gobierno de Lula
considera la integración energética con Bolivia como una cuestión estratégica.
Petrobras está en camino de cumplir su objetivo de convertirse en la empresa
líder en hidrocarburos de América del Sur. Controla porciones crecientes de los
mercados en Argentina, Ecuador, Colombia, Paraguay y Uruguay y se encuentra en
plena expansión a costa de la retirada parcial de empresas europeas como Shell.
Un informe del Foro Boliviano sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Fobomade)
concluye que "a pesar de ser una empresa que responde a una política de Estado,
Petrobras demuestra un comportamiento en Bolivia similar al de cualquier
trasnacional petrolera". Si Evo Morales se decide a jugar fuerte en el tema
hidrocarburos, pueden surgir roces con el gobierno de Lula.
Pero Bolivia es también un cruce de caminos de la globalización. La
integración regional tiene, más allá de los discursos, su eje articulador en un
conjunto de "corredores" de producción, exportación y servicios, denominados
"ejes de integración y desarrollo", que son franjas multinacionales que
concentran los flujos comerciales reales o potenciales. La Iniciativa para la
Integración Regional Sudamericana (IIRSA), creada en 2000 a instancias del
gobierno de Fernando Henrique Cardoso con financiamiento de la banca
internacional, se propone crear esos corredores para "vencer las barreras
físicas, normativas y sociales" al comercio, desde las cordilleras hasta los
problemas de orden público, con base en fuertes inversiones en energía,
transporte y telecomunicaciones. Los corredores principales van en dirección
este-oeste para unir el Atlántico con el Pacífico para dar salida a la
producción de la industria y el agrobusiness brasileño hacia los países
asiáticos. El corredor más importante de los cuatro que involucran a Bolivia -el
Eje Interoceánico Central- une el puerto brasileño de Santos con los chilenos de
Arica e Iquique.
Lo que está en juego es cómo quedará diseñada la integración regional. Si la
política de los "corredores" financiados por el BID terminara por imponerse,
emergería un panorama con aspectos positivos, ya que se consolidaría el
multilateralismo de la mano del ascenso de Brasil; pero ese nuevo escenario
jugará a favor de las regiones más ricas de los países más poderosos (como la
burguesía de Sao Paulo) en detrimento de los pequeños y pobres, y sobre todo de
los pueblos andinos. Las grandes empresas brasileñas se están expandiendo por
toda la región, de la que dependen para hacer buenos negocios. En este rediseño
del mapa regional, que ya está en curso, Bolivia hará pesar las segundas
reservas de gas del continente luego de las de Venezuela.
El empujón que los más pobres dieron a Evo Morales para llevarlo al Palacio
Quemado puede hacer descarrilar una integración regional delineada a la medida
de la acumulación del capital. En un periodo de transiciones como el actual, se
perfila un escenario regional fluido e inestable, propicio para que los
sacudones a escala nacional, como el boliviano, encuentren terreno fértil para
su propagación.