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1 de enero de 2006
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El País
de España - 31 de diciembre de 2005
¿Se aleja América Latina de la tutela de Estados Unidos?
El río trae piedras
Sergio Ramírez
Los candidatos de la izquierda
triunfante rechazan políticas que han agravado la
pobreza
La victoria rotunda de Evo Morales en las elecciones presidenciales de
Bolivia será conflictiva para algunos, pero no por eso deja de ser menos
victoria. No sólo ha sido electo por primera vez un líder indígena, sino
que también por primera vez en décadas, las elecciones se resuelven en
Bolivia en una primera vuelta, y por primera vez un presidente tendrá
mayoría parlamentaria en un país en donde la inestabilidad política ha
dependido en mucho de la fragmentación de fuerzas a la hora de asumir
decisiones críticas.
No sólo la cuestión étnica ha estado de por medio en las recientes
elecciones bolivianas, sino el tema de los hidrocarburos. Bolivia está
asentada en un lago de gas, la segunda reserva latinoamericana después de
Venezuela, y la manera como debe manejarse esta riqueza ha creado
divisiones, aún regionales, enfrentamientos y rebeliones. Y no menos
crítico será el asunto del cultivo de la coca, que el presidente electo ha
prometido legalizar porque pertenece a una antiquísima tradición.
Pero fuera de las repercusiones internas, esta elección tendrá otras
aún más sensitivas en el plano internacional. Bolivia estará pronto en la
lista de países que difieren sustancialmente de las políticas de Estados
Unidos en la región, o que se oponen a ellas abiertamente: Cuba,
Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, países que no tienen una misma
identidad ideológica pero han esperado con ansia el triunfo de Morales,
tal como lo expresó el presidente Lula da Silva de Brasil en su último
encuentro con el presidente Kirchner de Argentina.
No tienen una identidad ideológica, pero participan, en general, de un
mismo sentimiento en contra de los ajustes monetarios dictados por el
Fondo Monetario Internacional, de cuyo cumplimiento dependen los respaldos
financieros del propio Fondo y de la comunidad internacional. Brasil y
Argentina, que tienen los recursos para hacerlo, han resuelto dejar de ser
deudores del FMI, y le han pagado por adelantado, en conjunto, 25.000
millones de dólares como proclama de su propia libertad para escoger sus
propias políticas económicas.
También está de por medio el tratado latinoamericano de libre comercio
con Estados Unidos, el ALCA, demonizado en la última cumbre presidencial
de Mar de Plata. Venezuela, cada vez socio más estrecho de Brasil,
Argentina y Uruguay, como lo será de ahora de Bolivia, entrará pronto en
el Mercosur, y la propuesta de Chávez de una alianza económica sin Estados
Unidos, el ALBA, tiende a volverse atractiva en la medida en que Venezuela
puede prodigarse en apoyos de balanza de pago para sus socios, comprando
porciones sustanciales de sus deudas externas, encargando la fabricación
de barcos y aviones a Argentina y Brasil, y concretando coinversiones de
megaproyectos en la industria petrolera. Chávez tiene con creces los
recursos para hacerlo.
Una muy probable victoria de Manuel López Obrador en las elecciones
presidenciales de México el año que entra, acabaría de cambiar el panorama
en términos geopolíticos. El Gobierno de Fox trata de cultivar a los
países centroamericanos, de economías débiles y desprovistas, para que no
se pasen al bando de Chávez, y plantea, por el momento, la construcción de
una enorme refinería en el istmo, una vez que el ambicioso plan
Puebla-Panamá no parece haber cuajado. Una alianza López Obrador-Chávez,
en lugar de la confrontación actual entre Fox y Chávez, dejaría a Estados
Unidos en una posición más precaria con respecto a Centroamérica. Fuera de
la firma de acuerdos bilaterales de libre comercio con cada uno de los
países centroamericanos, la cooperación de Estados Unidos para el
desarrollo de estos países, empobrecidos como pocos, no es muy
generosa.
No será suficiente en adelante para Estados Unidos tocar a rebato
porque la lista de "gobiernos hostiles" crece en América Latina, ni le
servirá de mucho seguir culpando a Cuba y a Venezuela de resultados
electorales como el que ha dado el triunfo a Evo Morales en Bolivia. Se
trata en todos los casos de gobiernos legítimamente electos conforme las
reglas democráticas que los propios Estados Unidos defienden como una
panacea, tan lejos como en Irak.
La cuestión es que las opciones ensayadas hasta ahora han venido
cayendo en descrédito, y la gente tiende a mirar hacia promesas
diferentes, cuya efectividad también tendrá que ser probada. Pero los
candidatos de la izquierda triunfante plantean claramente el rechazo a
políticas que hasta ahora han demostrado ser inútiles, porque en lugar de
traer el bienestar, han agravado hasta extremos nunca antes vistos la
pobreza.
No está ausente de las ansias de la gente tener gobiernos honestos,
contrarios a toda corrupción. Si Lula llega a perder las próximas
elecciones en Brasil será por los escándalos de compra de votos
parlamentarios en que su Gobierno se ha visto sumido. Y la corrupción será
lo único capaz de minar el poder de Chávez en Venezuela.
Fuera de eso, lo que estos nuevos gobiernos han recibido es un mandato
de revisar esas viejas políticas económicas, y la comunidad internacional,
empezando por Estados Unidos, debe tomar conciencia de ello, al menos en
dos cosas fundamentales: el manejo de los recursos naturales, donde
resurge hoy el concepto de soberanía, que había llegado a ser
prácticamente olvidado; y los programas de ajuste, que deberán tener una
cara humana para que sean viables. Generadores de bienestar, y no
generadores de miseria. Hay que poner oído al río, que trae piedras.
Sergio Ramírez es escritor y fue vicepresidente
de Nicaragua.
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