l presidente de Estados Unidos, George W. Bush, es un mentiroso contumaz.
Durante todo su mandato se la ha pasado engañando a la ciudadanía estadunidense
y al mundo. En particular, tras los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva
York, el 11 de septiembre de 2001. Desde entonces, ha usado la mentira de manera
sistemática con fines de propaganda.
Cuando el 14 de diciembre pasado se presentó en el Woodrow Wilson Center
-centro de estudios en Washington- y reconoció que los datos de inteligencia que
aseguraban que Irak poseía armas de destrucción masiva "resultaron erróneos",
volvió a mentir. Ni Irak tenía ese tipo de armamento ni el ejército iraquí era
el cuarto más grande del mundo ni Saddam Hussein representaba una amenaza
internacional, y Bush lo supo todo el tiempo.
En realidad, esas falsas premisas formaron parte de una maquinación y una
campaña de intoxicación propagandísticas, impulsadas por el grupo de sicópatas
fundamentalistas genocidas que lo rodean (Cheney, Rumsfeld, Rice, Ashcroft,
Ridge, Wolfowitz, Perle, Feith, Bolton), autorizadas por él e instrumentadas por
el Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia (CIA), destinadas a fabricar
consenso interno para invadir y destruir a Irak, apoderarse de su petróleo,
lucrar con la reconstrucción y modificar el mapa geopolítico de Medio Oriente y
el golfo Pérsico.
Los asesores de propaganda de Bush saben que las guerras se consuman y
olvidan fácilmente. Y que por lo general una acción bélica de envergadura
requiere una fase preliminar de propaganda de guerra a través de los medios
masivos de comunicación. Por eso, previo a las guerras de agresión neocoloniales
en Afganistán e Irak, utilizaron a los medios con fines diversionistas, para
engañar a la población y justificar sus operaciones de tierra arrasada en los
dos países árabes.
El 24 de septiembre de 2001, antes de la invasión a Afganistán, un oficial
del Ejército de Estados Unidos reveló a The Washington Post que en la
"guerra de desinformación de gran intensidad" en curso se iba a "mentir" a la
prensa. Que se pondrían "nuevos y estrictos límites" a la información. Se
denunció también una creciente campaña para "asegurar" la "lealtad"
(patriotismo) de los periodistas en la cruzada belicista de Bush contra el
régimen talibán. Un día después, en un confuso desmentido, el propio secretario
de Defensa, Donald Rumsfeld, explicó que "podría haber circunstancias en las
cuales será necesario no ofrecer la verdad" a los medios. Apremiado sobre si en
la "campaña de operaciones de información" -y como parte de la guerra sicológica
contra el enemigo- el Pentágono po-dría difundir información falsa, Rumsfeld
respondió: "Supongo que uno nunca dice nunca".
Consumada la agresión, en febrero de 2002 se supo que el Pentágono había
montado una oficina encargada de difundir "noticias falsas" en el exterior de
manera deliberada y utilizando canales para ocultar su origen o su carácter
oficial como parte de un nuevo frente de lucha: el de la información. Según
confirmó entonces The New York Times (19/2/02), como parte de la guerra
sicológica y las operaciones encubiertas diseñadas por expertos en inteligencia
militar, la nueva Oficina de Influencia Estratégica (SIO), creada por el
Pentágono después del 11 de septiembre, "plantaría" propaganda "ne-gra"
(mentiras deliberadas), desinformación y propaganda "blanca" (información
verídica y creíble favorable a Estados Unidos y sus objetivos), en periodistas y
medios extranjeros, para influir en la opinión pública internacional y en la de
gobiernos tanto amigos como enemigos, en el marco de la guerra de Washington
contra el "terrorismo".
La SIO depende de la Secretaría de la Defensa para Operaciones Especiales y
Conflictos de Baja Intensidad, y entre sus funciones figuran, además, elaborar
técnicas de engaño (decepción), actividades sicológicas, emisiones radiofónicas
y ataques cibernéticos a redes de computación, con el objetivo de engañar al
enemigo e influir en la opinión pública nacional e internacional.
Por eso, la comedia sobre el supuesto arsenal nuclear iraquí de la que ahora
Bush se asume "responsable" -y que falazmente atribuye a un "error de
inteligencia"- fue un montaje en el que él participó de manera directa. La
mentira forma parte del instrumental de dominación imperial. Mintió la
secretaria de Estado, Condoleezza Rice, cuando a comienzos de diciembre, antes
de partir a "la vieja Europa" para realizar una gira de control de daños, negó
la existencia de vuelos secretos de la CIA que transportaron a presuntos
terroristas secuestrados, algunos de los cuales fueron asesinados y otros
después torturados en una red de cárceles clandestinas distribuidas en más de 40
países. Miente el actual director de la CIA, Porter Goss, cuando afirma que su
corporación "no tortura", y que simplemente utiliza "sistemas innovadores".
Como dice Noam Chomsky, Estados Unidos es un verdadero "Estado canalla". Un
Estado criminal que utiliza la violencia y el terrorismo de Estado en los
asuntos mundiales. Con el escándalo de los vuelos de la CIA ha quedado claro que
Estados Unidos ha violado la soberanía, el espacio aéreo y las leyes de varios
países europeos. Bush y sus secuaces se están hundiendo en un pantano de
mentiras. Pero es previsible que Europa cómplice no hará nada para que
prevalezcan la verdad y la justicia.