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6 de enero de 2006

Brecha de Uruguay - 5 de enero de 2006

Los excesos del comandante

El comandante en jefe del Ejército despidió el año con una justificación del terrorismo de Estado y con una velada amenaza de golpe de Estado. La ausencia de un pronunciamiento del gobierno le otorga, por ahora, un respaldo tan incomprensible como improbable.

Samuel Blixen
Primero en Búsqueda, el jueves 30, y después en Caras y Caretas, el viernes 31, el general Ángel Bertolotti desplegó una operación de propaganda para retrotraer la cuestión de los derechos humanos a los días previos a la ley de caducidad y acorralar al gobierno atribuyéndole posturas e intenciones que se habrían anudado en negociaciones secretas.
“De alguna manera el presidente siempre ha sido claro en que respeta la ‘ley de caducidad’ y que no va a hacer esfuerzos para derogarla o anularla. Ahora bien: si hubo, si hubiere, si hay, algún tipo de acuerdos con el presidente, por supuesto que no se lo voy a comentar, ni ahora ni en la posterioridad.” La intención que se desprende de sus palabras es clara: hay un compromiso para que ningún militar responsable de crímenes de lesa humanidad sea castigado; el comandante no revelará los detalles de esos compromisos, pero advierte: “Lo primero es ser leal con el superior. Ésas son las cosas que no perdonamos para abajo ni para arriba”.
Bertolotti desempolva las viejas excusas de su antecesor Hugo Medina: “Ni siquiera siendo mago se puede mirar el pasado con los ojos del presente. De todas maneras en ese difícil escenario se puede haber cometido algún error... son costos de las guerras”. Hubo, por tanto, una “pérdida de los puntos de referencia”, que debe ser asumida. El general avanza un casillero y admite que “esas cosas (torturas, asesinatos, violaciones, desapariciones, robos de bebes) no deberían volver a pasar”; razona que los hechos están supeditados a los escenarios que se produzcan, pero inmediatamente retrocede varios casilleros: “El ‘nunca más’ es hasta que se produzca un nuevo conflicto, porque la historia lo demuestra y lo vemos en el mundo actual. La pérdida de los puntos de referencia sucede en los grandes ejércitos, incitados por los grandes líderes políticos, religiosos, etcétera. (...) De producirse una situación que el gobierno entienda, en que los poderes legalmente constituidos entiendan que... Puede suceder otra vez”.
En su interpretación histórica, las Fuerzas Armadas simplemente acataron órdenes del poder político en 1973 y cumplieron su cometido. Después se produjo un vacío, y las Fuerzas Armadas ocuparon ese vacío. Ahora, replegadas a una postura de subordinación, volverán a hacer lo que hicieron si el poder político se lo ordena.
En una guerra, razona, al enemigo se lo aniquila o se lo neutraliza, aunque el concepto de enemigo vaya mucho mas allá del de combatiente: los sindicalistas, los militantes políticos, que no estaban directamente implicados en el enfrentamiento, igualmente, “de alguna manera apoyaban”. Y en una guerra, dice, se cometen “excesos”. Para justificarlos, Bertolotti introduce una ingeniosa distinción: los excesos no implican “degradar al enemigo. Doctrinariamente el militar no se prepara para una tortura o una denigración del ser humano”.
Sus palabras contradicen los hechos: si torturar durante meses a un prisionero o violar a las prisioneras o aplicar la desaparición no es denigrar, ¿qué es entonces? Los excesos, según Bertolotti, ocurrieron siempre, “en Afganistán, en Kosovo, en los Balcanes”; el comandante olvida que esos excesos son castigados en los tribunales y cortes internacionales, precisamente porque los convenios internacionales prefieren calificarlos como crímenes aberrantes contra la humanidad. Como si fuera un mero observador, Bertolotti consigna los excesos, pero en tanto comandante se abstiene de combatirlos, porque lo que pretende proteger es el plan sistemático de violaciones a los derechos humanos llevado a cabo por la institución, y no la extralimitación aislada.
En la lógica de la impunidad Bertolotti llega a un punto culminante cuando afirma que si se comprobara la existencia de delitos económicos como causa de algunas desapariciones de personas, “eso castiga duramente la honorabilidad de oficiales o personal subalterno. Una cosa es la formación militar y otra es el deshonor”. El robo de bebes, el uso del poder para el enriquecimiento ilícito es deshonroso; la violación de mujeres, el asesinato de prisioneros inermes, el ocultamiento de los cadáveres, ¿no lo es? De todas maneras, Bertolotti no siente que el Ejército esté cuestionado, porque los “móviles económicos por ahora son sólo versiones, hasta el momento no comprobables”.
 
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