| Latinoamérica - rodelu.net |
8 de enero de 2006
|
Brecha
de Uruguay - 5 de enero de 2006
Con el embajador Hernán Patiño Meyer
Cómo salir del laberinto
El embajador argentino en Uruguay reiteró la aspiración
de su gobierno de que se detenga la construcción de las dos
plantas de celulosa en Río Negro. Pero a lo largo de la
entrevista que concedió a BRECHA tuvo especial cuidado de
bajar los decibeles que alcanzó el debate público sobre el
tema en los últimos diez días.
—¿Cómo debe interpretarse
la referencia del embajador Raúl Estrada Oyuela sobre un
posible boicot comercial y financiero de Agentina a
Uruguay? —Yo no escuché lo que realmente dijo, pero puedo
negar de manera rotunda que haya hablado en esos términos. De
ninguna manera pudo haber planteado que Argentina vaya a
promover un boicot internacional contra productos uruguayos.
Lo que podría ocurrir es que, sin intervención de ningún
gobierno, consumidores de otros países prefieran no comprar
productos elaborados en plantas contaminantes. Es algo
parecido a lo que pasa con la carne con aftosa, a pesar de que
argentinos y uruguayos sabemos que no hay riesgo alguno si la
comemos. Este tipo de interpretaciones equivocadas no ayuda a
generar el clima que hace falta para superar el diferendo que
tenemos sobre las papeleras, que sin duda es serio. —¿Cómo
se llegó a este diferendo? —En el origen hubo dos
vertientes. Una es jurídica y la responsabilidad no es del
actual gobierno uruguayo, sino del anterior. El río Uruguay es
un recurso compartido entre los dos países; hay un estatuto
que lo rige y una comisión binacional que lo administra. El
estatuto establece claramente que cuando un Estado ribereño
tiene que construir una obra que de alguna manera pueda
alterar el recurso compartido debe consultar a la otra parte.
Ese procedimiento se omitió durante el gobierno de Jorge
Batlle, que consideró que la construcción de las dos plantas
de celulosa no estaba dentro del estatuto. Lo decidió por sí y
ante sí y otorgó las autorizaciones sin la consulta previa con
el gobierno de Argentina. —Sin embargo, por lo menos en el
caso de la planta de ence, según surge de la Memoria Anual del
presidente al Congreso, el diferendo quedó superado... —No
hubo ningún acuerdo donde conste que ese diferendo hubiese
quedado superado; si lo hubiera, alguien lo habría
mostrado. —¿No basta que el presidente argentino lo estampe
en la Memoria Anual al Congreso? —En primer término, la
memoria no la redacta el presidente, sino el jefe de gabinete,
al que las distintas áreas de gobierno le van suministrando
información. Tanto en el caso de ence como en el de Botnia
hubo reclamos de la embajada argentina a la cancillería de
entonces, y la respuesta no llegó. —¿Cuál es la otra
vertiente que está en el origen del diferendo, además de la
jurídica? —El conflicto político y económico. Los
ciudadanos de Gualeguaychú –de 84 mil a 100 mil habitantes–
ven amenazada su calidad de vida y los recursos que reciben
del turismo con la instalación de las plantas en Río Negro. No
es un planteo caprichoso; tienen argumentos muy atendibles,
que se apoyan en los antecedentes de España y Chile, entre
otros. Los informes técnicos aseguran que las plantas de
celulosa son contaminantes; no voy a decir que no pueda
mitigarse el daño, hay tecnologías que van morigerando los
efectos. Lo sabemos por experiencia, porque en Argentina
tenemos 11 plantas de celulosa. Una de ellas, importante por
cierto, es propiedad de uruguayos. Es Celulosa de Argentina,
que pertenece a la Fábrica Nacional de Papel, que funciona en
Juan Lacaze. Para tener una idea de la magnitud del
problema hay que señalar que en las dos plantas, situadas a
unos pocos quilómetros de distancia, se van a producir 1,6
millones de toneladas de celulosa por año, mientras que en las
11 plantas ubicadas en Argentina se producen 900 mil. Hay
quienes sostienen que el de Río Negro será el mayor complejo
celulósico del mundo. Es comprensible entonces la sensibilidad
de los entrerrianos, que saben que es inevitable que haya una
enorme contaminación ambiental, que afectará el aire y el
agua. Y es comprensible que, ante esa situación, la gente se
movilice. Los manifestantes no son activistas políticos sino
ciudadanos comunes. —Se ha afirmado que esas movilizaciones
han sido alentadas por las autoridades provinciales. —No es
así. Yo diría que los dirigentes políticos quedaron atrás de
los reclamos y terminaron acompañándolos porque entendieron
que eran legítimos. Por lo pronto ni la gente ni el gobierno
argentino cuentan con la totalidad de la información que les
permita tener o dar tranquilidad. Le doy un ejemplo: a fines
de 2003, cuando este tema empezó a menearse, fui a
Gualeguaychú enviado por el canciller a explicar cuál era la
posición y la defensa que el gobierno argentino estaba
haciendo en este asunto. En ese momento recuerdo haberme
comunicado con el presidente Batlle por teléfono, que estaba
en la estancia de Anchorena, y le dije: “Presidente, estoy
entrando a Gualeguaychú, tengo que darle a esta gente una
satisfacción a sus reclamos; le pido por favor que me autorice
a anunciar la creación de una comisión binacional donde
podamos analizar esto a fondo”. Me dijo que sí, pero después
no se concretó. Recién se creó dos años después, el 5 de mayo
último, con dos presidentes distintos, Tabaré Vázquez y Néstor
Kirchner. —Ese grupo terminará su trabajo a fin de este
mes y todo indica que no habrá un informe conjunto. —Hemos
avanzado algo en materia de información, pero Argentina cree
que todavía no tiene toda la necesaria para poder producir ese
informe común. —El gobierno uruguayo dice que pasó toda la
información disponible a las autoridades argentinas. —Eso
puede ser cierto, pero toda la información disponible no es lo
mismo que toda la necesaria. Mucha información Uruguay la ha
ido pidiendo como consecuencia de los reclamos argentinos,
porque las empresas no se la habían dado. Y hay otra
información que Botnia y ence todavía no han suministrado;
dicen que lo harán en el futuro, pero para nosotros tener una
idea acabada del impacto que esto puede tener necesitamos la
información. Yo no atribuyo mala fe al gobierno uruguayo.
También estoy absolutamente convencido de que si un estudio
técnico serio y objetivo demuestra que las plantas son
contaminantes el gobierno uruguayo va a actuar en
consecuencia. Está la palabra del presidente y estoy seguro de
que la va a cumplir. Pero todavía no tenemos los elementos
para llegar a eso, y mientras tanto se sigue desarrollando el
conflicto político, porque los vecinos de Gualeguaychú ven que
las plantas continúan construyéndose y tienen miedo de
encontrarse ante un hecho consumado. —¿Cuáles son sus
expectativas con respecto a lo que haga el gobierno uruguayo
en lo inmediato? —Estamos en un laberinto. Como decía
Leopoldo Marechal, la única forma de salir de los laberintos
es por arriba; no se sale recorriendo sus corredores. No puedo
anticipar cuál puede ser esa salida por lo alto, porque
todavía no la sabemos. El problema es muy difícil. Estamos
en medio de uno de los conflictos de los tiempos modernos, que
es cómo se crece sin dañar el patrimonio común, que es la
calidad de vida ambiental. ¿Cómo lo hicieron los países
industrializados? Despedazando el ambiente, como lo siguen
haciendo, con las emisiones, el agujero de ozono, el
recalentamiento global... ¿Puede un país, con las dificultades
económico-sociales que tienen los nuestros rechazar
inversiones? Evidentemente no. Pero, ¿puede un país aceptar
inversiones a cualquier precio? Tampoco podemos. —¿Usted no
cree que toda industria es contaminante? —Sin duda es así,
pero hay algunas que son más contaminantes que otras. Acá se
trata primero de saber de qué estamos hablando y todavía esa
información el gobierno y los técnicos argentinos –yo no
soy técnico en la materia– dicen que es incompleta, que no nos
permite saber de qué estamos hablando. —De todas maneras
Uruguay ya suscribió los convenios con Botnia y con ence.
¿Cómo puede incumplir las obligaciones que asumió? —No se
debe dar por sentado que las empresas no cumplirían más
exigencias que las que ya se les han planteado. Las empresas
tienen que convivir con un medio social determinado. No les
debe interesar promover un conflicto entre dos estados ni
pueden creer que van a poder trabajar con un conflicto de esta
naturaleza. Por lo tanto no tenemos por qué presuponer que si
se demuestra que con la tecnología que emplean se producen
daños sensibles y que hay instrumentos técnicos para
corregirlos, las empresas no lo vayan a hacer. Es más, estoy
absolutamente seguro de que en ese caso los dos países van a
exigir a las empresas que lo hagan. —El gobernador Busti
habría dicho que Argentina no recurriría a la Corte
Internacional de La Haya porque el juicio insumiría muchos
años, y que se buscarían otras instancias judiciales. ¿Cuáles
pueden ser? —No he leído las declaraciones del gobernador.
Lo de la Corte Internacional de Justicia está previsto en el
Estatuto del Río Uruguay. Allí se establece que si no hay
acuerdo en un plazo de 180 días entre las dos partes con
respecto a diferencias sobre el manejo del recurso natural y
sobre la interpretación del tratado, se puede recurrir a la
Corte para que dictamine si las partes han cumplido o no el
tratado. La Corte difícilmente entre en el fondo de la
cuestión, va a entrar en la forma, y puede llegar a decir: “El
gobierno uruguayo no dio cumplimiento a lo estipulado en el
Tratado del Río Uruguay para aprobar la instalación de las
plantas”. Es cierto que no es un proceso que se resuelva de un
día para otro. —¿Tiene efecto suspensivo la presentación de
la demanda? ¿Se paralizarían las obras? —Lo podría
decidir. La Corte podría ordenar una medida precautoria, no sé
si lo va a hacer. Es posible que el proceso, por ser demasiado
largo, no nos ofrezca garantías de lo que nos importa, que es
la detención de las obras hasta que no sepamos exactamente de
qué se trata y por lo tanto a lo mejor hay que recurrir a
otras instancias. También las hay en los propios países de
origen de las inversiones y están además las previstas en el
derecho internacional. Pero creo que antes de cualquier
procedimiento judicial debemos trabajar los dos gobiernos para
salir de este laberinto y encontrar un mecanismo consensuado
que resuelva el diferendo. —¿Por qué el gobierno argentino
no corta las manifestaciones que se producen en territorio
argentino? ¿Por qué no defiende los derechos de los turistas
que quieren venir a Uruguay? —Cuando nosotros asumimos el
gobierno, en 2002, con el presidente Eduardo Duhalde, teníamos
aproximadamente 3 mil cortes por mes, y no en la ruta 136 de
Gualeguaychú, sino en la ciudad de Buenos Aires, con lo que
eso significaba para el funcionamiento normal de la capital de
la República. ¿Cuál fue la política del gobierno desde ese
momento hasta el día de hoy? Vamos a tratar de proteger los
bienes de terceros para que no se produzcan daños, pero vamos
a ser muy respetuosos del bien supremo que tenemos en
Argentina en este momento, que es la vida humana de los que
manifiestan, independientemente de que en algunos casos esos
manifestantes lo hicieran de buena o de mala fe. También
es cierto que hay colusión de derechos, en este caso entre el
derecho a manifestarse y el derecho al libre tránsito. El
gobierno argentino no va a reprimir, porque no se trata de
delincuentes ni de forajidos; se trata de ciudadanos comunes
de una provincia argentina que están legítimamente haciendo
una manifestación. Todos sabemos que se provocan daños,
sabemos que los turistas están enojados, todo eso lo sabemos,
pero también sabemos que la utilización de la fuerza no ha
sido eficaz cuando pasamos de 3 mil cortes mensuales a tener
hoy menos de cien, todo esto sin ninguna víctima.
|