a
guerra en contra de Irak, el asalto a su pueblo, la ocupación de sus
ciudades, tendrán que terminar tarde o temprano. El proceso ya comenzó en
Estados Unidos. Los primeros signos de amotinamiento aparecen en el Congreso.
Comienzan a aparecer en la prensa los primeros editoriales llamando a una
retirada en Irak. El movimiento contra la guerra crece, lenta pero
persistentemente, en todo el país.
Las encuestas de opinión pública muestran que el país está decididamente
contra la guerra y contra el gobierno de George W. Bush. Las duras realidades se
han vuelto visibles. Las tropas tendrán que volver a casa.
Y mientras trabajamos con mayor determinación para hacer que esto suceda, ¿no
deberíamos pensar más allá de la guerra? ¿No deberíamos comenzar a pensar, aun
antes de que termine esta vergonzosa guerra, cómo vamos a ponerle fin a esta
adicción a la violencia masiva y cómo, en cambio, darle utilidad a la enorme
riqueza de nuestro país abocándola a las necesidades humanas? Es decir, ¿no
deberíamos comenzar a pensar en terminar no sólo esta guerra sino la guerra
misma? Tal vez ha llegado el momento de ponerle fin a las guerras, y hacer que
la raza humana entre en un camino de salud y sanación.
Un grupo de figuras internacionales, celebradas por su talento y por su
dedicación a los derechos humanos (Gino Strada, Paul Farmer, Kurt Vonnegut,
Nadine Gordimer, Eduardo Galeano y otros), lanzarán pronto una campaña mundial
para enrolar a decenas de millones de personas en un movimiento que emprenda la
renuncia a la guerra, y esperan que llegue el punto en que los gobiernos, al
confrontar la resistencia popular, hallen muy difícil o imposible promover las
luchas armadas.
Hay un persistente argumento contra tal posibilidad, uno que he escuchado de
personas de todas partes del espectro político. Nunca podremos deshacernos de la
guerra porque ésta surge de la naturaleza humana. La contraargumentación más
sugerente a estos alegatos proviene de la historia. No hemos visto que el pueblo
espontáneamente se lance en guerra contra otros. Lo que hallamos, en cambio, es
que los gobiernos tienen que hacer tremendos esfuerzos para movilizar a sus
poblaciones a la lucha armada. Deben seducir a los soldados prometiéndoles
dinero, educación; apelan a los jóvenes cuyas oportunidades en la vida son muy
pobres, diciéndoles que aquí está la oportunidad de que logren respeto y
estatus. Y si tales seducciones no funcionan, los gobiernos usan la coerción.
Reclutan por la fuerza a los jóvenes, los fuerzan al servicio militar, los
amenazan con la cárcel si no obedecen.
Es más, el gobierno debe persuadir a los jóvenes y sus familias de que aunque
el soldado muera, aunque él o ella pierdan brazos o piernas, todo será por una
noble causa, en nombre de Dios o la nación.
Cuando uno revisa la serie interminable de guerras acaecidas en este siglo no
se encuentra una efectuada por demanda popular, y más bien los ciudadanos se
resisten hasta que son bombardeados con exhortaciones que apelan, no al instinto
asesino, sino al deseo de hacer el bien, diseminar la democracia y la libertad o
derrocar a un tirano.
Woodrow Wilson se halló con que la ciudadanía estaba tan renuente a entrar a
la Primera Guerra Mundial que tuvo que inundar el país con propaganda y
encarcelar a los disidentes con el fin de que el país se sumara a la carnicería
que ocurría en Europa.
En la Segunda Guerra Mundial, hubo un fuerte imperativo moral que todavía
resuena entre el pueblo de Estados Unidos. Se mantiene la reputación de que fue
una lucha armada "buena". Había la urgencia de derrotar la monstruosidad del
fascismo. Fue esta creencia lo que me impulsó a unirme a la fuerza aérea y volar
en misiones de bombardeo sobre Europa.
Sólo después de la guerra comencé a cuestionar la pureza de tal cruzada
moral. Al tirar bombas desde más de ocho kilómetros de altura no veía a los
seres humanos, ni escuché los gritos, ni miré a los niños desmembrados. Pero
ahora tengo que pensar en Hiroshima y Nagasaki, y en las bombas incendiarias que
cayeron sobre Dresden y Tokio, en las muertes de 600 mil civiles en Japón y un
número semejante en Alemania.
Llegué a una conclusión respecto de mi sicología y la de otros combatientes:
una vez decididos, desde el inicio, nuestro bando era el bueno y el otro bando
era el malo, y una vez realizado este cálculo simplista, no teníamos que pensar
en nada más. Entonces podíamos cometer los crímenes más innombrables y estaba
bien.
Comencé a pensar en las motivaciones de los poderes occidentales y de la
Rusia estalinista y me pregunté qué les importaba más, el fascismo o mantener
sus propios imperios, su propio poder, y si había sido por eso que tenían
prioridades militares más elevadas que bombardear las líneas ferroviarias que
conducían a Auschwitz. Seis millones de judíos fueron asesinados en los campos
de la muerte (¿se permitió ese asesinato?). Sólo 60 mil se salvaron gracias a la
guerra: uno por ciento.
Un cañonero de otra tripulación, un lector de historia del que me hice muy
amigo, me dijo un día: "¿Sí sabes que esta es una guerra imperialista? Los
fascistas son terribles. Pero nuestro bando no es mucho mejor". En ese momento
no pude aceptar esa afirmación, pero se me quedó grabada.
He decidido que la guerra crea, insidiosamente, una moralidad común para
todos los bandos. Envenena a todos los que se involucran, no importa qué tan
diferentes sean, y los vuelve asesinos y torturadores, como ahora nos queda
claro. Finge implicar una preocupación por derrocar a los tiranos, y de hecho
puede lograrlo, pero las personas que mata son las víctimas de tales tiranos.
Parece limpiar al mundo del mal, pero eso no dura, porque de su naturaleza surge
más mal. La guerra, como la violencia en general, concluí, es una droga. Te
prende momentáneamente, con la emoción de la victoria, pero al deslavarse te
provoca desesperanza.
Reconozco la posibilidad de una intervención humanitaria para evitar
atrocidades, como en Rwanda. Pero debemos resistirnos a la guerra, definida como
el asesinato indiscriminado de grandes cantidades de personas.
Sin tomar en cuenta lo que pueda decirse de la Segunda Guerra Mundial
(entendiendo su complejidad), los conflictos que siguieron -Corea, Vietnam-
estuvieron lejos de implicar una amenaza como la que Alemania y Japón
representaban para el mundo, y sólo pudieron justificarse abrevando del aura de
aquella "guerra buena". La histeria en torno al comunismo condujo al macartismo
en Estados Unidos y a las intervenciones militares -abiertas o encubiertas- en
Asia y América Latina, que se justificaban por "la amenaza soviética", la cual
se exageró lo suficiente como para movilizar a ciudadanos hacia la guerra.
Vietnam, sin embargo, resultó ser una experiencia que desemborrachó a los
estadunidenses, quienes después de varios años comenzaron a darse cuenta de
todas las mentiras que les habían dicho para justificar tal baño de sangre.
Estados Unidos se vio forzado a retirarse de Vietnam, y el mundo no se derrumbó.
La mitad de un diminuto país en el sureste asiático se unió a su otra mitad
comunista y 58 mil vidas estadunidenses y millones de vidas vietnamitas se
desperdiciaron para evitarlo. Una mayoría de estadunidenses llegó al punto de
oponerse a dicha guerra, lo que condujo al mayor movimiento contra la guerra en
la historia de la nación.
La guerra de Vietnam terminó cuando el pueblo se hartó de ella. Una vez
disipada la neblina de propaganda, creo que los estadunidenses recuperaron un
estado más natural. Las encuestas de opinión mostraron que los ciudadanos en
Estados Unidos se oponían a enviar tropas a cualquier parte del mundo, no
importaba qué razones se invocaran.
El establishment se alarmó. El gobierno se abocó deliberadamente a
remontar lo que llamaba "el síndrome de Vietnam". La oposición a las
intervenciones militares en el extranjero era una enfermedad que había que
curar. Y comenzaron a intentar sacar al pueblo estadunidense de esta actitud
"poco sana", ejerciendo un control más estricto de la información, evitando el
reclutamiento forzoso e involucrándose en guerras breves, rápidas contra
oponentes débiles (como en Granada, Panamá e Irak), que no dieron tiempo a que
el pueblo desarrollara un movimiento de oposición.
Argüiría que el fin de la guerra de Vietnam permitió que el pueblo
estadunidense se sacudiera del "síndrome de la guerra", enfermedad que no es
natural al cuerpo humano. Pero podían infectarse de nuevo, y el 11 de septiembre
dio al gobierno la oportunidad. El terrorismo se volvió una justificación para
la guerra, pero la guerra misma es terrorismo, que alimenta el odio y la rabia,
como ahora vemos.
La guerra contra Irak ha revelado la hipocresía de la "guerra contra el
terrorismo". Y el gobierno de Estados Unidos, de hecho los gobiernos de todos
lados, quedaron exhibidos como indignos de confianza, a los que no se les puede
confiar la seguridad de los seres humanos, ni la del planeta, ni la custodia de
su aire, su agua o su riqueza natural, o el alivio de la pobreza y las
enfermedades. Tampoco se les puede confiar el que enfrenten los desastres
naturales que amenazan a 6 mil millones de personas en la Tierra.
No creo que nuestro gobierno sea capaz de hacer otra vez lo que hizo después
de Vietnam: preparar a la población para sumirla de nuevo en la violencia y el
deshonor. Me parece que cuando concluya la guerra en Irak y sane el síndrome de
la guerra, habrá una oportunidad muy buena para que la sanación sea permanente.
Mi esperanza es que el recuerdo de la muerte y la desgracia sea tan intenso
que el pueblo de Estados Unidos sea capaz de escuchar el mensaje que el resto
del mundo, sobrio ya de tanta guerra sin fin, puede entender también: que la
guerra misma es el enemigo de la raza humana.
Los gobiernos se resistirán ante este mensaje. Pero su poder depende de la
obediencia de la ciudadanía. Cuando esa obediencia se les niega, los gobiernos
se vuelven impotentes. Lo hemos visto una y otra vez a lo largo de la historia.
La abolición de la guerra se ha vuelto no sólo deseable, sino absolutamente
necesaria si es que vamos a salvar al planeta. Esta es una idea que está madura
hoy.
Traducción: Ramón Vera Herrera
Publicado con permiso del autor.
Originalmente apareció en
The Progressive. Howard Zinn es coautor, junto con Anthony Arnowe, de
Voices of a People's History of the United States