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7 de enero de 2006
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El Periódico
de Catalunya - 4 de enero de 2006
El año vergonzoso de Bush
• De la Administración
republicana sólo florecen la corrupción, el amiguismo y la
falta de escrúpulos
Jesse Jackson
Pastor baptista y excandidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos
Viendo lo que nos
venía de Washington, uno deseaba que el 2005 hubiera acabado
antes. Un año que se inauguró con el anuncio del presidente de
Estados Unidos, George Bush, de que su prioridad
consistiría en privatizar la Seguridad Social y en recortar
posibles beneficios. Por suerte, una mayoría abrumadora de
norteamericanos, detectada la hipocresía del tema, rechazó ese
plan. Un año que finaliza con la aprobación por el Senado
de un recorte de unos 40.000 millones de dólares en programas
para la gente trabajadora y pobre --incluido el recorte más
importante en programas de préstamos para universitarios de la
historia--. Y que acaba con los republicanos empeñados en
aprobar otra rebaja de unos 100.000 millones de dólares en
impuestos que beneficiarán casi exclusivamente a la gente
adinerada. El déficit aumentará. Los recortes en Medicaid,
Medicare, calefacción para la casa y préstamos universitarios
no cubrirán todos los impuestos rebajados a los ricos. Pero
el gran tema de finales del 2005 fue la convicción de
Bush de que él tiene el poder para autorizar el
espionaje y vigilancia a los americanos, sin leyes ni
autorizaciones. Este presidente se arroga ahora el poder de
espiar a su conciudadano para arrestarle sin cargos, para
encerrarle sin la asistencia letrada, para detenerle sin vista
judicial. Estas increíbles manifestaciones avergüenzan a los
fundadores del país, quienes elaboraron una Constitución
expresamente pensada para crear a un presidente sujeto a la
ley, y no a un rey por encima de la ley.
ÉSTE FUE el
año en el que descubrimos el auténtico coste de la corrupción.
El líder republicano de la Cámara de Representantes, Tom
DeLay, sobre quien pesa una acusación de blanqueo de
dinero, vivió a lo grande jugando a golf en hoteles de lujo y
en viajes a cuenta del contribuyente en aviones privados a
exóticas islas extranjeras mientras recababa dinero para la
causa republicana. Pero la factura la tuvimos que cubrir
nosotros. Obtuvo millones de dólares de empresas farmacéuticas
y mutuas, y después miles de millones en subvenciones por la
ley del medicamento, que de hecho prohibía a Medicare negociar
un precio más bajo para las medicinas. ¿Quién paga? Nosotros.
Y las compañías petroleras obtuvieron miles de millones en
subvenciones incluso en épocas de beneficios récord; a cambio
subió el precio de la gasolina y creció nuestra dependencia
del petróleo exterior. Y sigue y sigue. Esta política
desmiente toda noción de servicio al bien común. Fue
también el año en el que descubrimos el auténtico coste del
amiguismo descarnado, con el nombramiento presidencial de un
ayudante de campaña como jefe de la Agencia Federal de
Emergencias, un hombre que fracasó como organizador de salones
hípicos. Y cuando el Katrina golpeó a Nueva Orleans,
miles de personas pagaron las consecuencias con dolor y con
sus vidas. La ciudad está en bancarrota y despoblada. Los
pobres andan dispersos e ignorados. Un fracaso que viola la
promesa de que este Gobierno se hacía responsable de la
seguridad de la nación. En el 2005 presenciamos cómo una
mezcla letal de directores generales sin escrúpulos y
políticos inhábiles fueron capaces de arruinar el sector
norteamericano de la fabricación. General Motors roza la
bancarrota. Detroit está cerrando fábricas y despidiendo a
trabajadores. Los buenos empleos --con sindicatos, sueldos
decentes, Seguridad Social y pensiones-- están desapareciendo,
y se sustituyen por trabajos sin sindicatos, inseguros, mal
pagados, con una Seguridad Social imposible de costear y sin
pensiones. ¿Quién paga todo eso? La clase media
norteamericana, que se va encogiendo a medida que suben los
costes y los sueldos se estancan. El 2005 fue el año, en
fin, en que los costes de la arrogancia imperial continuaron
subiendo. Llevamos perdidas ya más de 2.000 vidas
norteamericanas, y hay millares de ciudadanos mutilados y
marcados por cicatrices. Hemos gastado ya más de 250.000
millones de dólares en una guerra de libre elección contra
Irak, declarada bajo intenciones y promesas falsas, y que ha
continuado como una ocupación para la que nuestras tropas
nunca han sido ni entrenadas ni debidamente equipadas. La
valentía, habilidad, fidelidad y sacrificio de los hombres y
mujeres que arriesgan su vida constituyen una sombría condena
de quienes les guiaron de forma tan patética.
SÍ,
TAMBIÉN florece la promesa entre tanto dolor. Y sabemos que
tras la larga noche apuntará el alba. Pero ni la promesa ni el
alba nos vendrán de Washington. La nueva esperanza surgirá más
allá de los cinturones que rodean las grandes ciudades, lejos
de la corrupción, del amiguismo y de la ausencia de
escrúpulos, que se han convertido en la enseña de la marabunta
que ahora nos gobierna.
© Tribuna Media Service.
Traducción de Toni Tobella.
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