Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
8 de enero de 2006
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Energía
Paz relámpago en la primera guerra de 2006
Rusia y Ucrania llegaron a un acuerdo en la guerra del
gas que arriesgó con apagar las cocinas de media Europa. A
pesar del apoyo de todo el Occidente, Kiev tuvo que aceptar
pagar el precio de mercado y no el precio político heredado de
la Urss. Es otra señal de la inestabilidad energética del
planeta y de nuevas alianzas en las cuales Occidente pierde
centralidad.
Gennaro Carotenuto desde Roma
El miércoles 4 terminó
sorpresivamente la guerra del gas entre Ucrania y Rusia,
iniciada el 1 de enero cuando Rusia empezó a cerrar los
gasoductos que alimentan la red ucraniana. Ucrania –apoyada
por Estados Unidos y la Unión Europea– tuvo que agachar la
cabeza y aceptar un aumento del 335 por ciento en las
importaciones del gas de la mayor empresa exportadora del
planeta, la rusa Gazprom, pasando de 53 a 230 dólares por mil
metros cúbicos. La más poblada ex república soviética, con la
misma cantidad de habitantes que Francia, una economía
tambaleante y una opinión pública dividida entre
filoccidentales –que triunfaron hace menos de un año en la
llamada “revolución naranja”– y filorrusos, intentó resistir
involucrando a Estados Unidos y a Europa occidental. Esta
última, especialmente el 2 de enero, sintió la brusca
reducción de la presión de gas desde Rusia, alimentando el
espectro de una crisis gravísima en pleno invierno boreal. La
mayoría de los países de la Unión Europea dependen de Rusia
para el suministro de entre un 20 y un 30 por ciento de su
consumo de gas natural.
Frente a la posibilidad de una
pulseada en la cual Rusia saldría inevitablemente vencedora,
el convencido respaldo a Ucrania de las primeras horas hizo
lugar a la rendición del gobierno de este país. La rueda
de prensa realizada en Moscú el miércoles 4 tiene pinta de
boletín militar. Gazprom logró que Ucrania pagara el precio de
mercado y a cambio concedió un aumento de 50 por ciento (de
1,09 a 1,60 dólares) en el precio que Gazprom paga por el
tránsito del gas por territorio ucraniano, pero logró parte
del control de los gasoductos ucranianos. Se cierra así un
contencioso sostenido desde la independencia de Ucrania en el
cual Rusia figuraba como paladín del mercado libre y los
países occidentales pretendían favorecer a la neoaliada
Ucrania con un precio político.
OCCIDENTE CONTRA EL LIBRE MERCADO
El gas está distribuido en el planeta de manera
no muy distinta al petróleo. Sin embargo, Rusia guarda un
porcentaje mayor de reservas que Oriente Medio. En este
contexto la posesión del gas es un elemento estratégico casi
tan importante como el petróleo, con la variante de que su
consumo sigue creciendo. En 1980, menos del 20 por ciento del
consumo de energía correspondía al gas natural mientras el
petróleo rozaba el 45 por ciento. Un cuarto de siglo después
el porcentaje de consumo de gas (23,5) casi alcanza al del
carbón (26,6) y está menos distante del petróleo (37,6) en la
totalidad de consumo de energía.
Para materias primas
tan estratégicas y no renovables, el libre mercado no siempre
parece lo más conveniente ni siquiera para los neoliberales
más convencidos. Cuando los bolivianos “voltearon” a Gonzalo
Sánchez de Losada en la llamada “guerra del gas”, pretendían
que el gas escondido en las entrañas del país no saliera a
precios inferiores a los establecidos por los mercados
bursátiles. En cambio las multinacionales estadounidenses, que
hicieron una religión del libre mercado, pretendían ahorrar
por lo menos las dos terceras partes de su precio. La crisis
entre Rusia y Ucrania corresponde a una lógica igual y
opuesta. La Ucrania de la revolución naranja de Víctor
Yushenko, bendecida desde el oeste en nombre de la democracia
pero más aun del libre mercado, pretendía seguir pagando el
gas –del cual depende Siberia– a un precio político hijo de
las relaciones privilegiadas entre dos repúblicas ex
soviéticas. Es decir, Estados Unidos y Europa pretendían que
Rusia se hiciera cargo de la provisión de gas a un país que
hoy le es hostil, rompiendo las reglas del mismo libre mercado
que le impusieron a sangre y fuego en los últimos 15 años.
Está claro que Rusia misma hace un uso político del precio del
gas hacia todas las ex repúblicas soviéticas: la dictadura de
Belarús paga y seguirá pagando 40 dólares los mil metros
cúbicos.
Que la posesión de recursos energéticos sea
un arma fundamental no es un novedad. Sin embargo la rabia con
la cual la prensa capitalista occidental ha atacado a la Rusia
de Vladimir Putin –un monstruo autoritario que ellos mismos
contribuyeron a crear– es sorpresiva. Desde The Financial
Times hasta el International Herald Tribune, todos eligieron
echarle toda la culpa a Rusia, describiendo una nueva guerra
fría y rechazando (¡!) el uso de las fuentes energéticas como
arma política. Sin embargo estos mismos órganos de prensa son
los que apoyan la privatización del 49 por ciento del coloso
ruso Gazprom con capitales extranjeros, y sería por cierto
curioso que una empresa privatizada no tuviese la libertad de
competir con precios de mercado. Rusia detenta las mayores
reservas de gas mundial (46 de los 178 billones de metros
cúbicos estimados), seguida por Irán. Gazprom posee una
cantidad de gas superior a la de Irán (28 billones contra 26),
provee de gas a 21 países europeos y a los 15 ex soviéticos
por un total de 500 mil millones de metros cúbicos al año
(alrededor del 25 por ciento del consumo de sus clientes),
produce el 86 por ciento del gas ruso y el 20 por ciento de la
producción mundial. El 80 por ciento del gas destinado a
Europa pasa por Ucrania y el restante proviene de Polonia y
Alemania mientras el gasoducto que provee a Europa a través
del Mar Negro y Turquía está todavía subutilizado. Todas sus
mayores competidoras (las estadounidenses Exxon-Mobile y El
Paso, la holandesa Royal Dutch Shell y la argelina Sonatrach)
tienen dimensiones mucho menores, mientras que Gazprom prevé
en esta década llegar a detentar el 20 por ciento del mercado
estadounidense. Una de las consecuencias de la crisis del gas
es que el crudo ha vuelto a subir su precio de 60 a 63 dólares
y, si bien está aún lejos de los 70 dólares alcanzados en
2005, es un augurio de otro año energéticamente
caliente.
MIENTRAS EN EXTREMO ORIENTE...
Si la guerra
de comienzos de año se libra en Europa oriental, el frente
fundamental de la guerra energética está en Asia que, desde
las repúblicas ex soviéticas, llega a los dos colosos China e
India. Ahí, el 15 de diciembre, la inauguración de un nuevo
oleoducto que conecta Kazajstán con China fue un trago amargo
para Estados Unidos. Es la respuesta rusa al gol marcado en
mayo por Estados Unidos. El monumental oleoducto realizado por
British Petroleum (que después de la fusión con Amoco es
angloestadounidense) desde Baku –en Azerbaiyán– a Ceyhan –en
Turquía–, abre el camino al crudo hacia el Mediterráneo. Lo
hace sustrayendo el crudo azerí a la dependencia de Rusia ya
que el oleoducto nunca toca el territorio de este país. Si
éste es un claro éxito estadounidense en la lógica de achicar
el jardín de casa ruso, la respuesta llega desde China. La
compañía estatal cnpc –que el año pasado fracasó en el intento
de adquirir la unocal por el veto ejercido por el Congreso de
Washington– adquirió la PetroKazajstán, asegurándose el
control sobre unas reservas estimadas entre los 35 mil y los
100 mil millones de barriles. También, junto a la mayor
compañía india, adquirió el petróleo sirio. No es todo. Por el
canal kazako no sólo pasará el crudo ruso y kazako destinado a
China, sino también el iraní. China se comprometió a adquirir
petróleo y gas a este país por la fabulosa suma de 70 mil
millones de dólares. Es el signo de una cada vez más clara
sinergia –casi alianza– entre China, Rusia e Irán. Esta
sinergia se vincula con otro sistema igualmente sinérgico: la
obra aun más faraónica del oleoducto kazako es el llamado
Gasoducto de la Paz que correrá a lo largo de 2.100
quilómetros desde Irán a India pasando por el supuesto enemigo
Pakistán. El pasado 14 de diciembre el diario The Hindu
reportaba la furiosa oposición estadounidense a un proyecto
por el cual ya hay contratos por 7 mil millones de dólares.
Los grandes emergentes China e India, junto a dos enormes
exportadores como Rusia e Irán, perfilan un sistema energético
asiático por primera vez autónomo del sistema estadounidense,
y alternativo.
Irán amenaza con abrir una bolsa
petrolífera en su capital –¿y por qué no, en época de libre
mercado?– que amenazaría el monopolio de Londres y Nueva York.
En espera de que el petróleo primero y el gas poco después
lleguen a su pico y empiecen a declinar librando al mundo a la
anarquía energética o –en la mejor de las hipótesis– a una
nueva era, parece que no es tanto la política nuclear de
Teherán sino la política energética de los ayatolás la que
justificaría una guerra. Una guerra como Dios manda, con
bombas y bombarderos.
Publicado en Brecha el 5 de enero de 2006
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
http://www.gennarocarotenuto.it
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