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11 de enero
de 2006 |
La
Voz de Galicia - 6 de Enero de 2006
El año de Mozart
Ramón Chao
CUANDO yo tenía diez años detestaba a Mozart. Me resultaba
imposible interpretar como era debido su sonata llamada fácil, en do mayor, que
cualquier principiante machacaba con jactancia. Yo no era capaz, y eso que mi
repertorio ya se componía del Minueto de Paderewski o el Vals n.° 10 de Chopin,
entre otras piezas mucho más difíciles, y hasta me llamaban «el Arturito Pomar
del piano». Pero con Mozart no podía. Ni siquiera la Marcha turca. De
adolescente prefería las evidentes profundidades de Beethoven o Liszt, o el
lirismo geométrico de Juan Sebastián Bach. Hube de alcanzar los 40 años para
descubrir la divinidad del ángel de Salzburgo gracias a sus óperas italianas, y
en particular, no me lo van a creer ustedes, a l'arietta «L'ho perduta» de Las
bodas de Figaro, en la película Kaos de los hermanos Taviani. Después, con el
piano medio abandonado, Mozart es mi guía y modelo, aspiro a elaborar una
escritura que acaricie sin oprimir, cuya sencillez aspira a transmitir un
mensaje trascendental como el de la Sonata fácil. Uno siempre tiene que aspirar
hacia lo inalcanzable, y me consuelo (es un decir) con el juicio del gran
pianista Arthur Schnabel: «Mozart es demasiado fácil para los niños y demasiado
difícil para los artistas».
Este año se celebra el 250 aniversario de la
muerte de Mozart, y además de conciertos, festivales, reediciones de obras y
conferencias, se desmontan muchas leyendas en torno a este fenómeno que a los 10
años ya componía sinfonías y una ópera a los 12, actuaba en todas las cortes
europeas, y siempre fue un incomprendido, hasta el punto de haber sido enterrado
en una fosa común hasta donde sólo lo acompañó su perro...
Gran parte de
la historia negra de Mozart no es cierta. Desde los 10 a los 20 años ganó casi
más que Haydn en toda su carrera, y allí estaba su padre Leopoldo para contar.
Las leyendas aseguran que en el año anterior a su muerte estuvo a punto de morir
de hambre, cuando en realidad fue uno de sus mejores momentos financieros, con
una entrada total de 100.000 dólares.
El mito de Mozart empieza desde su
niñez. Su padre lo convirtió en un niño amaestrado que iba de capital en capital
como en un circo ambulante. La publicidad de su padre se asemeja a la que se
hace hoy: «Tocará un concierto para violín y orquesta, acompañará a un cuarteto
en el clavecín cuyo teclado estará cubierto por un paño, reconocerá
inmediatamente todas las notas que se le toquen a distancia y terminará
improvisando el tiempo que ustedes quieran en la melodía que le digan y en la
clave que se les antoje¿».
En el verano de 1763 iniciaron una tournée
por todas las salas de concierto de Europa. Desde entonces, y hasta los 15 años,
el pequeño Wolfgang estuvo la mitad de su tiempo en gira, y se calcula que
cuatro de los 35 años que vivió se los pasó en carrozas, sin que por ello dejara
de componer: su memoria fenomenal le permitía montarse mentalmente una sinfonía
o un concierto y sólo le quedaba dictarla a los copistas al final del trayecto.
Un ejemplo de esta facultad es la obertura de Don Giovanni
, que cogitó durante una partida de billar y dictó a sus discípulos horas antes
de su estreno. Sin embargo, el genio admitió que «algunas notas se cayeron de la
mesa», pero nadie se dio cuenta. Y eso lo sé muy bien, pues todo el mundo se
creía que tocaba maravillosamente la Sonata fácil.
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