ulio Antonio Mella fue asesinado la noche del 10 de enero de 1929 en la
esquina de Abraham González con Morelos, de dos tiros de revólver .38: la
primera bala atravesó el codo izquierdo y el intestino, la segunda perforó un
pulmón. El juez Alfredo Pino Cámara interroga a Tina Modotti y la acusa de
varias contradicciones: ella ha declarado que quien disparó -desde un automóvil
en la oscuridad- lo hizo mientras ella caminaba tomada del brazo izquierdo de
Mella, algo imposible porque la primera bala lo hirió en ese brazo, y no pudo
ser un acto sorpresivo porque Mella corría tratando de escapar.
Hay tres testigos de los hechos: el panadero Luis Herberiche que se
encontraba en la puerta de su panadería, y los jovenes Anacleto Rodríguez y José
Flores, que estaban a la puerta de su casa en Abraham González. Los tres afirman
que vieron a tres personas, dos hombres y una mujer, avanzando desde Bucareli y
discutiendo animadamente, y que uno de los dos hombres sacó una pistola y
disparó mientras el otro corría hacia delante. En el careo con Tina, Herberiche
declara: "No tengo ningún motivo para engañar a la justicia. Soy un comerciante
al que no le gusta verse implicado en estos hechos. Siento mucho desmentir a la
señora, pero lo que dije es la verdad y lo sostengo". Los periodicos de la época
publicaron estos y muchos otros detalles, pero la justicia no pudo esclarecer
quién mató a Mella y por qué.
En 1986 hablé con Félix Ibarra, que a los 17 años entró en la Juventud del
Partido Comunista Mexicano (PCM) y después simpatizó con la Oposición de
Izquierda, que apoyaba a León Trotsky. Ibarra tenía la máscara mortuoria de
Mella, que me enseñó -aún conservo la foto que hice- y fue una emoción ver cómo
era el rostro del luchador cubano pocas horas después de su fallecimiento.
Luego, Félix me contó:
"Lo conocí en 1928, cuando yo vivía donde ahora está el metro San Antonio
Abad. El venía a repartir propaganda y me acuerdo muy bien de ese muchacho alto,
fornido, que siempre transmitía entusiasmo. Al principio se adhirió a la
Oposición de Izquierda, pero cuando lo acusaron de atentar contra la unidad del
PCM, oficialmente tomó distancia, aunque en octubre de 1928 fundó la revista
Tren Blindado, que era el emblema de Trotsky... Fue un desafío. Además,
Tina fotografió la máquina de escribir de Julio Antonio y en la hoja de papel
que sale del carro se puede leer una frase de Trotsky sobre la función
revolucionaria del arte. Cuando lo mataron, le pregunté varias veces a mi tío
Alberto Martínez, que era dirigente del PCM, quién era el asesino, y siempre
evitó contestarme, hasta que un día, cuando pensó que yo tenía ya una
consciencia política sólida, me dijo: 'Fue ese malvado de Sormenti'. Y no quiso
agregar más. Mi tío conocía a Vittorio Vidali como Carlos Contreras o Enea
Sormenti, y creía que Sormenti era su verdadero apellido. Años después, hablé
del asunto con Diego Rivera, y me dijo: 'Todos sabemos que fue Vidali, ya nadie
puede tener dudas al respecto'".
Otra persona, cuya vida es parte de la historia del comunismo en Italia, pero
no quiere involucrarse en esta polémica desgarradora, me contó que una vez,
discutiendo con Vidali en Trieste, éste le dijo: "No fui yo personalmente, pero
claro que a Mella lo liquidamos nosotros. Era un irresponsable, estaba quebrando
la unidad del partido y la unidad sindical".
Junto a Diego Rivera
La ruptura entre Trotsky y Stalin se da en 1924. La lucha entre dos conceptos
de revolución socialista -"revolución permanente" y "revolución en un solo
país"- se propaga a los "partidos hermanos" del mundo, y en México alcanzará uno
de los niveles más sangrientos. El PCM es considerato por el Komintern el eje de
la ideología moscovita en América. La línea que dicta la ciudad de México está
destinada a influir en el subcontinente. Stalin tiene en México un comité
central lleno de líderes fieles, pero, junto a ellos, emergen figuras
peligrosamente atraídas por el trotskismo. Y es para controlarlas o suprimirlas
que Vidali -alias Carlos Contreras o Enea Sormenti- es enviado a México.
Mella no fue abierto partidario de Trotsky, pero su deseo de derribar a
Gerardo Machado en Cuba es bloqueado por Moscú: cada foco rebelde en América
Latina representa un peligro para la consolidación del poder en la Unión
Soviética. Apoyar un intento insurreccional en la isla significa desafiar los
intereses económicos estadunidenses, y Moscú no quiere que Washington considere
a la Unión Soviética una amenaza a su "patio trasero", según la Doctrina Monroe.
Los partidos comunistas, en esta fase histórica, trabajan para impedir
sublevaciones armadas en sus respectivas áreas de influencia.
En el IV Congreso de la Internacional Sindical, Mella conoce al comunista
español Andrés Nin, quien le expone las tesis de la Oposición de Izquierda sobre
la política de colaboración entre las clases impulsada por Stalin y Bujarin. De
inmediato, el dirigente comunista argentino Víctor Codovilla exige la expulsión
de Nin. Mella comparte la postura de Nin pero no puede apoyarlo, porque se
aislaría, ni quiere hacerse cómplice de la expulsión; así, decide mantenerse al
márgen y Codovilla emprende una campaña contra él.
Cuando Mella apareció en México, el PCM afrontaba una profunda crisis
interna. Entre 1925 y 1926, se había producido una ruptura entre la dirigencia
de Xavier Guerrero, David Alfaro Siqueiros y Rafael Carrillo, y el ala derecha
del partido que buscaba aliarse con sectores del gobierno de Plutarco Elías
Calles, o sea el gobierno que estaba usando a la CROM para controlar el
movimiento obrero y aplastar los movimientos independientes. En el V Congreso
del PCM, en abril de 1928, Mella y su grupo llaman a reorganizar la lucha
sindical contra la CROM, pero son derrotados por la dirección del partido, que
los acusa de intentar una nueva dispersión de las fuerzas obreras. Todo esto
sucede en vísperas del IV Congreso de la Internacional en Moscú.
El 17 de julio un cristero mata al presidente reelecto Alvaro Obregón en el
restaurante La Bombilla, y a los pocos días los dirigentes de la CROM son
acusados de complicidad en el magnicidio: aprovechando la confusión debida a los
torpes errores de la dirigencia de centro-derecha del PCM, y con respaldo de
Diego Rivera, Mella, decide afrontar en Moscú la intransigencia del Komintern y
del mismo Stalin. Apoyado por delegados obreros y campesinos, gana la votación y
los dirigentes de la Internacional son obligados a permitir el nacimiento de la
Confederación Sindical Unitaria de México. Stalin no replica, se limita a
esbozar una sonrisa que sus adversarios aprenden a reconocer pronto: es aquella
anuencia lenta, de padre bonachón, que anticipa la venganza. Es su manera de
emitir condenas inapelables, por las cuales sabrá esperar años en algunos casos,
y sólo meses en otros.
En septiembre de 1928, la derecha del PCM pide la expulsión de Mella por "el
crimen de trabajar contra la línea del partido". Lo apoyan Xavier Guerrero,
Rafael Carrillo y Vittorio Vidali. Muchos dirigentes hacen frente común contra
la izquierda dirigida por Mella y Diego Rivera. El partido se enfrenta al
peligro de una grave ruptura, y Mella es destituido del comité central y
aislado. Ante la prohibición absoluta de organizar una expedición a Cuba,
suspende su colaboración con el partido y sigue con su proyecto. Pero comprende
que son muy pocos los militantes dispuestos a embarcarse en la empresa, pues
hacerlo significa ponerse en contra del PCM y de la Internacional. Gerardo
Machado sabe muy bien que Mella no tiene recursos ni hombres para emprender una
guerrilla en Cuba, menos aún zarpando desde México, donde los militantes del PCM
y el mismo gobierno mexicano se lo impedirían; Machado no tiene ningún motivo
sensato, tomando en cuenta la situación, para provocar la reacción del gobierno
mexicano mandando a matar a Mella que en ese momento no constituye ninguna
amenaza. Es diciembre de 1928, un mes antes de su asesinato. Durante una
acalorada reunión en la calle de Mesones, la última en la que Mella participa,
Vidali pierde el control y se acerca al cubano gritándole: "No lo olvides nunca:
de la Internacional se sale de dos maneras, ¡o expulsado o muerto!"
¿Sabía o no?
Nunca sabremos si Tina estaba enterada de esto o si lo descubrió después,
mucho después. Podemos entender por qué rechazó la versión de los tres testigos,
declarando que los disparos llegaron desde la oscuridad: la justicia mexicana,
la policía y los jueces eran el "enemigo", había que defender el ideal, la causa
suprema, el Partido. Pero en 1941, poco tiempo antes de su muerte, habló con el
exiliado español Jesús Hernández, que había sido ministro del gobierno
republicano. En sus memorias, Yo fui un ministro de Stalin, Hernández
afirma que Vidali participó en la captura, tortura y asesinato de Andrés Nin en
la guerra de España. Ese día se lo recordó a Tina, diciéndole que por ello
arrestó a Vidali pero otros funcionarios ordenaron su inmediata liberación. Ante
eso, Tina con un rencor inesperado comentó: "Lo hubieras fusilado. Hubiera sido
una buena acción, te lo aseguro. No es más que un asesino, y me ha arrastró a un
crimen monstruoso. Lo odio con toda mi alma. Pero estoy obligada a seguirlo
hasta el final. Hasta la muerte".
Esa muerte se produjo en un taxi la noche del 5 de enero de 1942, por
"congestión visceral generalizada", como reza el acta de defunción, y no por un
"ataque del corazón" como siempre dijo Vidali. La "congestión" sirvió a la
prensa para anunciar en primera plana: "Envenenada Tina Modotti, típica
eliminación estalinista". En la hemeroteca de la UNAM esos diarios están
disponibles, pero nunca sabremos cómo realmente murió Tina.
Puras mentiras
¿Mintió Jesús Hernández sobre la amarga frase de Tina? ¿Mintieron los
testigos de la calle Abraham González, acaso contratados por la embajada cubana?
¿Un panadero y dos menores de edad cómplices de Gerardo Machado? ¿Es un
mentiroso Felix Ibarra? ¿Mintió Julián Gorkín, que en España combatió contra
Franco y por el resto de su vida acusó a Vidali de varios asesinatos? ¿Mintió el
combatiente italiano Umberto Tommasini, que en España organizó un grupo de buzos
de asalto para dinamitar los barcos que llevaban armas a Franco, y luego se
dedicó hasta el fin de sus días a perseguir a Vidali en cualquier situación
pública acusándolo de haber matado cobardemente por la espalda a tantos
compañeros?
Es difícil aceptar que algunos ídolos se caigan del pedestal, como a menudo
le sucede a quien tiene escasos conocimientos de la historia, pero definir a
Vidali como "un revolucionario" es un insulto a la memoria de tantos
revolucionarios que sacrificaron su vida por un sueño de justicia y democracia
que Stalin y sus esbirros convirtieron en pesadilla.