"¿Y después de Fidel, qué?". Si uno introduce esta pregunta ahora mismo
en el buscador Google de Internet, encontrará 1.300.000 resultados. Hace
un año, los enlaces en la red para esta inquietud eran 290.000. El próximo
mes de agosto Fidel Castro cumplirá 80 años, y cada vez es mayor el
interés internacional sobre el futuro político de Cuba cuando él
desaparezca. Hasta ahora, éste era un tema tabú dentro de la isla. Hoy,
sin embargo, es el propio Castro quien alienta el debate sobre cómo
garantizar la supervivencia del socialismo cubano tras su muerte.
"Los únicos que podemos destruir esta revolución somos nosotros
mismos", afirmó Castro en la Universidad de La Habana el 17 de noviembre,
en un discurso en el que admitió por primera vez que la revolución cubana
no era invencible y advirtió de que la corrupción, la desidia general y
los errores de los dirigentes podían provocar su derrumbe, como sucedió en
la Unión Soviética.
"O derrotamos estas desviaciones, o vencemos estos problemas, o
morimos", admitió ante un auditorio compuesto por figuras históricas,
ministros y estudiantes. Fue una intervención desgarrada, de inusitado
realismo, con ecos de testamento político que ya ha pasado al imaginario
oficial como el discurso de la Universidad.
Castro se dirigió a los jóvenes; para ellos era el mensaje: "¿Creen
ustedes que este proceso revolucionario, socialista, puede o no
derrumbarse? ¿Lo han pensado alguna vez?". El mandatario les invitó a que
"aportaran" ideas sobre cómo hacer "irreversible" la revolución cuando la
generación histórica no esté. Planteó la necesidad de hacer una revolución
dentro de la revolución, y para ello anunció una gran cruzada contra la
corrupción, el robo al Estado y los errores políticos y económicos del
pasado; una campaña más ética que política, a la vez antivirus ideológico
y banderín de enganche para las nuevas generaciones.
Fue uno de los dirigentes más jóvenes, el canciller Felipe Pérez Roque,
de 40 años, quién recogió el testigo de Castro a finales de diciembre en
el Parlamento, al referirse explícitamente a la muerte del líder como un
momento clave, "cuando esté el hueco que nadie puede llenar y que
tendremos que llenar entre todos como pueblo".
Y fue aún más allá en el diagnóstico de los males que hacen "peligrar"
la supervivencia de la revolución: "No debemos subestimar que también hay
entre nuestras filas, en las filas de nuestro pueblo, simulación y apatía.
Y hay modorra", señaló.
Roque expuso tres principios para garantizar el futuro de la revolución
sin Fidel: primero, "un liderazgo basado en el ejemplo, en la autoridad
que emana de la conducta austera, de la dedicación al trabajo, de que
nuestro pueblo sepa que los que dirigen no tienen privilegios"; en segundo
lugar, "mantener el apoyo" de la mayoría de la población, pero "no sobre
la base del consumo material, sino sobre la base de las ideas y las
convicciones", pues, señaló, algunos países socialistas se desplomaron en
condiciones de bienestar económico; por último, impedir que resurja una
clase propietaria, ya que, dijo sería "proyanqui, protrasnacional".
La semana pasada, el discurso de la Universidad comenzó a debatirse en
los 19.000 Comités de Defensa de la Revolución de La Habana, y su
discusión se extenderá en los próximos meses a todo el país. "¿Estará
dispuesta la gente a participar en serio? ¿O la mayoría ya está apática,
cansada, paralizada, esperando sólo a que ocurra lo que tenga que
ocurrir?", se pregunta un sociólogo cubano.
Desde la izquierda, voces incondicionales de la revolución como la del
profesor de la Universidad Autónoma de México Heinz Dietrich, sí están
dispuestas a contribuir a este inédito debate sobre el poscastrismo.
Aunque advierte Dietrich: "La pregunta política de vida o muerte para el
Partido Comunista es: ¿cuál será el sistema de dialéctica institucional
que sustituirá el papel de dialéctica personal de Fidel?".
Al explicar en su intervención ante el Parlamento por qué Cuba no ha
sucumbido como la URSS, Pérez Roque citó a García Márquez: "La explicación
de Cuba es que Fidel es al mismo tiempo el jefe del Gobierno y el líder de
la oposición". Hoy, muchos funcionarios admiten en privado que en Cuba no
hay socialismo sino fidelismo. Y de nuevo vuelve la pregunta: ¿es
posible el fidelismo sin Fidel?".