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15 de enero de 2006

La Nación de Argentina - 12 de enero de 2006

Papeleras, la razón, el piquete y después

Luis Castelli Para La Nación
COMO dos tribus ofuscadas, Uruguay y la Argentina continúan enfrentados por la posible instalación de dos plantas de pasta de celulosa sobre la margen uruguaya del río Uruguay, en las cercanías de Fray Bentos. Miles de turistas afectados por el corte de la ruta de acceso al puente internacional General San Martín dibujan una cola de varios kilómetros de automóviles, a la espera de que finalice la protesta.

Aburridos, y sin oídos disponibles para temas ambientales, arrojan por la ventanilla los volantes que informan sobre los daños que las plantas de la industria del papel podrían producir. Algunos cruzan por otros puentes, más al Norte, sin comprender que no se le pueda encontrarle una salida a este conflicto que lleva varios meses, malas caras y un despilfarro verbal no exento de exabruptos que en nada ha contribuido a solucionar el problema.

La discusión, en los términos en que se planteó hasta el momento, lejos está de aclarar cuál sería el verdadero impacto ambiental de la actividad y cuáles las posibles consecuencias de la utilización de dióxido de cloro en el procedimiento para blanquear la celulosa. Una duda razonable esta última, si se sabe que el dióxido de cloro ?elemento central en la producción de dioxinas? es una de las sustancias venenosas más tóxicas, capaz de originar graves trastornos de salud y de reproducción, tanto a las personas como a las especies acuáticas.

"Sí a la vida, no a las papeleras", puede leerse en algunas pancartas en manos de los vecinos que se oponen a la instalación. Esto recuerda el conflicto que se generó dos años atrás en Esquel, como consecuencia de un proyecto de explotación de una mina de oro. Allí, lejos de promoverse un debate enriquecedor, las pasiones alinearon a los pobladores en veredas enfrentadas -a menudo, intolerantes-, tras dos posiciones antagónicas: el sí y el no a la mina.

Podrían mencionarse otros casos similares: la explotación de hidrocarburos en la laguna de Llancanello, en Mendoza; la instalación de torres de alta tensión en Humahuaca, el aumento de la cota de la represa de Yacyretá, la explotación de yungas en el Norte, el proyecto de construir la represa de Corpus, pese a la negativa generalizada de la población. Se citan sólo algunos de los que han ocurrido y ocurren en nuestro país. Sin duda, habrá más.

Es que no hay una verdadera sensibilidad para advertir que el modo de considerar los emprendimientos que pueden afectar nuestros recursos naturales requiere un proceso de toma de decisiones más idóneo. Los instrumentos actuales, lejos de limitar la creación de conflictos, los favorecen. Prueba de ello es que cada vez que se plantea un proyecto de desarrollo -ya sea minero, inmobiliario, de explotación de hidrocarburos, construcción de una represa, forestación, instalación de un centro de disposición de residuos, etcétera- se genera un conflicto social que polariza a las comunidades y no se promueve una discusión profunda sobre el tema.

En el caso específico de las papeleras, la carencia de un mecanismo internacional adecuado hace las cosas todavía más difíciles. No contamos con un sistema internacional o regional para evaluar los daños ambientales en un contexto transfronterizo que nos permita enfrentar el problema. Y lo cierto es que, aun cuando sus efectos podrían afectar el territorio argentino, el proyecto apunta a instalar las papeleras en el territorio uruguayo, por lo que su avance depende hoy exclusivamente de las leyes de nuestro querido país vecino y de su propio proceso de toma de decisiones, que, como el argentino, es bastante superficial y sufre similares imperfecciones: requerimientos que no implican un análisis profundo de alternativas de desarrollo viables, un precario sistema de información y participación del público y una escasa capacidad de monitoreo de las actividades.

La evaluación de impactos

La Evaluación de Impacto Ambiental (EIA) es un proceso que se orienta a resguardar que determinados proyectos resulten sustentables desde el punto de vista ambiental y social, por medio de la participación activa de la sociedad. El objetivo del proceso de evaluación consiste en proveer de manera anticipada de un cúmulo de información a quienes deben tomar las decisiones. ¿Qué impactos se producirán como resultado de la instrumentación del proyecto? ¿Cuál será su alcance, su magnitud y su duración? ¿Qué otras alternativas de desarrollo existen o se deben descartar si se aprueba la propuesta? ¿Quiénes resultarán afectados y beneficiados? ¿Quién se hará cargo de los costos?

Sin embargo, es importante que en la EIA -un sistema que varía de manera considerable según la importancia que se adjudica a la participación de los grupos interesados o afectados por un posible desarrollo- la información se presente de un modo tal que facilite su comprensión por parte de personas no especializadas. Se trata, además, de un proceso de comunicación de dos vías, en el cual no sólo debe brindarse información a la comunidad involucrada en el desarrollo del proyecto, sino que deben requerirse también aportes por medio de mecanismos de consulta y participación activa.

Ello no implica que la población sea la que toma las decisiones, sino que tenga la oportunidad real de plantear sus inquietudes de modo serio y de que éstas sean evaluadas y adoptadas en los casos en que se estime necesario y fundamentadas cuando sean dejadas de lado.

La realidad muestra que, en el Río de la Plata, existe una escasa cultura participativa, y quienes desarrollan los proyectos suelen percibir la participación pública más como un obstáculo en la aprobación del plan que como una herramienta para ahorrar costos o mejorar su diseño. Incluso, las autoridades menosprecian con frecuencia la opinión del público, interpretándola como una restricción a su poder discrecional de tomar decisiones. Esta actitud redunda en la falta de apoyo por parte de la comunidad y en una fuente de conflictos, en particular cuando los afectados por el proyecto no han sido implicados en la toma de decisión.

Por eso, resulta indispensable contar con un análisis imparcial, científico, que permita comprender los impactos que podrían producirse.

¿De qué herramientas dispone hoy la comunidad del área donde se instalarían las papeleras para evaluar si es cierto que, tal como afirma la empresa, se utilizará "la mejor tecnología disponible"? ¿Cómo pueden asegurarse los vecinos de que la actividad aplicará un proceso productivo libre de dioxinas? En modo alguno resulta suficiente que el Banco Mundial asegure que las plantas no generarían efectos ecológicos de relevancia.

Aunque éste no sea el caso, han existido varios proyectos de lamentables consecuencias ambientales avalados por bancos de desarrollo. De allí que, pese al respeto que merecen dichas entidades, la sola lectura de los conceptos despierte suspicacias.

Una modalidad simple podría consistir en integrar expertos independientes para que realicen un análisis de los impactos que podrían producirse y los expliquen adecuadamente a la comunidad. Así, ésta podrá elaborar su propio punto de vista sobre el significado y los impactos del proyecto. Cuanto más informada se encuentre la ciudadanía, más constructivos e incisivos serán sus aportes.

La consecuencia de contar con un sistema deficiente es que la autoridad, por diestra que sea, en el momento de tomar una decisión, no cuenta con elementos para fundamentarla en forma razonable y debe enfrentar la fuerte presión de los distintos intereses involucrados. Así se profundiza la tendencia a soluciones que, con miras a crear trabajo y satisfacer beneficios inmediatos, sacrifican actividades sostenibles en el largo plazo, justificándolas con la falsa creencia en el "mal necesario" o en lo "inevitable" del progreso.

Tal vez el error se encuentre en percibir la decisión como un proceso binario -o bien el proyecto avanza, o bien es rechazado-, sin considerar alternativas para evaluar si la sociedad puede resultar más beneficiada con la adopción de otro desarrollo diferente del propuesto. De este modo, se genera un conflicto que, además, muchos intentan utilizar políticamente.

En el caso de las papeleras, llama la atención el interés que de pronto ha despertado en las autoridades el equilibrio ecológico, sobre todo en un país como el nuestro, donde, lamentablemente, en cada elección cuesta encontrar propuestas con contenido ambiental. Por eso resulta comprensible que aquellos que cortan las rutas afirmen que "no tienen otro medio de llamar la atención".

Promoción del caos

Resulta paradójico que funcionarios del más alto nivel del Gobierno manifiesten que el corte de ruta es "un ejemplar modo de protesta" o "un modo no contemplativo de ejercer sus derechos de una manera edificante".

Incluso los diarios adjudicaron al gobernador de Entre Ríos haber afirmado, respecto de las molestias de los automovilistas atrapados en los cortes de ruta, que "son argentinos que no se demoran para ir al trabajo, sino a las vacaciones". En ambos casos, la investidura parece no sólo permitirles la promoción de un método de protesta autoritario e ilegal, sino atribuirles la facultad de establecer categorías arbitrarias de relevancia, según las cuales un argentino que se va de vacaciones está haciendo algo menos importante que otro argentino que corta una ruta.

No es que no haya razones para protestar. Es cierto que el sistema carece de una metodología para llegar a la verdad. Pero los piquetes compulsivos y los cortes de ruta son mera decadencia. Constituyen una actitud irritante que, lejos de despertar adhesiones, suscita rechazo por los temas ambientales. Si se desarrollara un proceso adecuado, el interés de los ciudadanos tomaría la forma de una contribución inteligente, mucho más edificante que la participación en ferias callejeras o en cortes de rutas ilegales.

Ya no resulta fácil disimular que el sistema actual de evaluación de impactos ambientales de proyectos que pueden afectar el ambiente de modo irreversible es insuficiente y, además de generar conflictos sociales inútiles, permite un elevado margen de discrecionalidad por parte de quienes deben autorizarlos, lo que favorece la posibilidad de decisiones de precaria racionalidad y alto riesgo ambiental.

Tal vez sea éste un buen momento para ver la magnitud del problema y alentar un sistema más adecuado al contexto y a la importancia que hoy tienen los recursos naturales. Quizá, dada la fascinación que suscitó el problema ambiental en un contexto donde la desilusión había cobrado un carácter crónico, podría esperarse que alguna autoridad movilizara a la comunidad para que se aprobara un nuevo sistema de evaluación para los proyectos que se presenten, basado en la razonabilidad. De lo contrario, sólo nos restará esperar que el azar proteja las futuras generaciones y que los empujones sigan siendo un modo válido de promover la toma de decisiones.

© LA NACION
El autor es director ejecutivo de la Fundación Naturaleza para el Futuro.

 
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