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15 de enero de 2006
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Página12
de Argentina - 14 de enero de 2006
Enigmas
J. M. Pasquini Durán
El pronosticado triunfo, este domingo en segunda vuelta, de la candidata
socialista Michelle Bachelet en Chile, la próxima asunción de Evo Morales a la
presidencia en Bolivia y las posibilidades de un cambio en Perú ratifican que la
mayoría de las naciones sudamericanas consolida una tendencia política de
significativas coincidencias. Esto no quiere decir que entre los mandatarios,
electos o asumidos, de estos países (Argentina, Brasil, Bolivia, Chile,
Paraguay, Venezuela y Uruguay) exista una identidad ideológica predeterminada ni
que sus intereses nacionales sean integrados o complementarios. Por el
contrario, en el análisis particular surgen a primera vista los desequilibrios y
discordancias propias de una geografía balcanizada, separada en compartimientos
estancos, que arrastran incluso divergencias históricas entre algunos de ellos.
Tampoco en los temas contemporáneos hay unanimidad de puntos de vista, como
queda en evidencia cuando se repasan las posiciones sobre la propuesta
norteamericana de libre comercio (ALCA), ya que las dosis de aproximación
“alcalina” varían de una administración a otra. Por eso tuvo tanta importancia
que en la Cumbre de Mar del Plata (diciembre/05), a pesar de la variedad de
matices, el bloque del Mercosur sostuviera con firmeza el rechazo unánime a las
políticas de la Casa Blanca para la expansión de sus negocios bajo el manto del
ALCA.
A propósito de las disidencias, durante la última cumbre del
Mercosur, el discurso del presidente uruguayo Tabaré Vázquez dejó en claro que
las asimetrías en el bloque subregional no son sólo por extensión territorial o
producto bruto. Rechazó la comparación del acuerdo con un club de fútbol donde
hay distintas jerarquías de asociados, con derechos diferentes. Tenía razón
porque Argentina y Brasil, a veces por el propio peso específico, otras por la
preocupación de resolver las diferencias bilaterales y también por ausencia de
verdaderas políticas de integración –el Mercosur no es la Unión Europea–, suelen
colocar a los socios de menor tamaño en situaciones de incomodidad
presentándoles los hechos consumados. El conflicto uruguayo-argentino suscitado
por la instalación de papeleras frente a las costas entrerrianas, más allá de
las razones que se invocan de uno y otro lado, es un fracaso de la diplomacia bi
y multilateral de cooperación solidaria.
No puede extrañar, entonces, que
en el gobierno del Frente Amplio haya opiniones encontradas sobre los beneficios
derivados de esta integración y aparezcan alientos a la posibilidad de estudiar
algún tipo de convenio bilateral con Estados Unidos. Uruguay tiene problemas
graves para poner en marcha su economía, para recibir el volumen necesario de
inversiones productivas y mucho más para distribuir las riquezas con amplio
sentido de equidad. Más de un militante frenteamplista se pregunta hoy si tres
décadas de esfuerzos serán licuadas por las impotencias democráticas para
realizar las transformaciones imaginadas. Si alguno de los dirigentes que ahora
maldice desde Montevideo al Mercosur esperaba un respaldo más intenso, no sabía
dónde estaba parado.
Desde que José Sarney y Raúl Alfonsín pusieron las
bases fundacionales, el Mercosur no logró sobrepasar el perímetro de un acuerdo
comercial imperfecto, para decirlo en términos esquemáticos y crudos. Argentina
tiene con Brasil un déficit comercial de 3.600 millones de dólares al final del
año 2005, el doble del relevado el año anterior (2004). Buenos Aires auspicia
una “Cláusula de Adaptación Competitiva” que permita disminuir los efectos
negativos de las importaciones, y Brasilia opina que el problema de la industria
argentina es su baja competitividad por lo cual este país está amarrado a las
exportaciones de productos primarios, manufacturas agropecuarias y combustibles.
En esta semana, los cancilleres de los dos países, Jorge Taiana y Celso Amorim,
estuvieron repasando estostemas, en las vísperas de un encuentro de Kirchner y
Lula, quienes parecen decididos a sacar al bloque de su letargo. En rigor, no es
una mera cuestión de voluntad o clarividencia: el esfuerzo económico que
significó para los dos el desendeudamiento con el Fondo Monetario Internacional
(FMI) y el rechazo político del ALCA perderían buena parte del sentido que hoy
tienen, incluso en las expectativas populares, si no demuestran la capacidad de
ofrecer un proyecto alternativo de integración sudamericana en un mundo
globalizado que exige negociaciones entre bloques para conservar un cierto grado
de autonomía en la defensa de los intereses nacionales.
Bolivia será otra
prueba de carácter para la región y en especial para la Argentina, dados el
tamaño de las fronteras compartidas, la inmigración masiva de familias
bolivianas y la provisión de gas, entre otros intereses bilaterales. No es un
secreto para nadie, además, que la Casa Blanca mira a Evo Morales con
desconfianza y espera que Kirchner pueda equilibrar con un poco de frío austral
las influencias tropicales del ciudadano-comandante Chávez. Atento a sus
necesidades, Estados Unidos envió a Buenos Aires a Thomas Shannon, subsecretario
para Asuntos Hemisféricos del Departamento de Estado, “alcalino” de la más
rancia estirpe, a pregonar que las relaciones con Argentina son “excelentes” y
que la Cumbre de Mar del Plata fue un éxito.
La administración Morales,
por su parte, tiene características propias que la vuelven inédita para su país
y para la región. Por lo pronto, expresa el salto más rápido y más alto que haya
dado el movimiento de campesinos e indígenas para pasar de su condición social
al timón de la república. El mismo presidente electo ascendió desde la jefatura
de una parcialidad como la de los productores de hoja de coca, los “cocaleros”,
al liderazgo nacional. Ha sido tan potente el impulso social, mientras la
tradicional partidocracia política sólo podía mostrar agotamiento, que atrapó la
atención de las poblaciones urbanas en una proporción llamativa, hasta reunir en
las urnas al 53 por ciento de los votos, convirtiéndose en depositario de las
esperanzas de una población devastada por la doble condición de explotados:
pobres en un país de inmensas riquezas naturales y pobres otra vez por la más
injusta distribución de esos bienes. Sólo en La Paz, ciudad-capital, viven en la
calle alrededor de 300 mil personas.
Herederos de una dinastía de lucha
milenaria, cuyas raíces penetran en las memorias más hondas, su primera línea
actual carece de toda experiencia de gestión de gobierno. El programa que los
moviliza expone con sencilla franqueza los sentimientos y aspiraciones de su
condición nacional y los anhelos de justicia para su condición humana. Aunque
más de una vez en la historia han sido humillados, el orgullo de raza les
permitió preservar desde antes de la conquista sus dos lenguas originarias,
aymara y quechua, junto con las principales señales de identidad, creencias y
ritos culturales. Ha logrado sobrellevar siglos de dominación y hasta de
desprecio, fueron engañados o defraudados en más oportunidades de las que muchos
de ellos pueden contar, pero han vuelto a emerger una y otra vez. Quién sabe
cuántos piensan que ahora, sí, es la definitiva y están dispuestos a correr
todos los riesgos que sean necesarios. Con este rústico repaso alcanza para
advertir que la mera condescendencia con el novato o el recién llegado es la
peor manera de hacer amigos en el nuevo gobierno de Bolivia. Saben que
despiertan en algunos sectores un desdén de doble racismo: por la etnia y por la
condición social. En la gira actual del presidente electo Morales, en España más
de un periódico hizo constar críticas a la manera de vestir del flamante
mandatario y alguno llegó a la grosería sugiriendo que el pulóver que viste
siempre, tejido multicolor con el más fino hilo artesanal de alpaca, debía
cambiarlo “por razones de higiene”.
Este es el presidente que no inició
su gira mundial por Buenos Aires, debido a que ninguna de sus relaciones
oficiales le hizo llegar una invitación formal, a lo mejor porque pensaron que
ésta sería una estación que se imponía por sí misma, y ése es el gobierno que
reclama un valor justo para su patrimonio gasífero y algunos de sus miembros
consideran indebido que parte de esa provisión vaya hacia Chile, con el que
mantiene un conflicto histórico por la salida territorial hacia el Pacífico.
Hace bien Estados Unidos, a priori, en dedicarle alguna atención preocupada y
hacen mal todos los que en la región dan por descontado lo que pueda suceder. Es
un enorme desafío al futuro, como lo son todos los que afrontan quienes se
sienten parte de una Sudamérica pionera y preñada de transformaciones. En su
resolución también se juega el destino de los latinoamericanos, no importa si
sus antepasados bajaron de los cerros o de los barcos, porque es una época de
nuevas oportunidades, con sus dos caras de siempre: éxito o fracaso.
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