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10 de enero de 2006
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La Vanguardia
de España - 9 de enero de 2006
Campaña por la guerra de Iraq
EL PRINCIPAL ASESOR sobre asuntos exteriores
del padre de Bush insta al Gobierno de EE.UU. a admitir la falta de lógica de su
política
William R. Polk
El Gobierno de Bush ha
lanzado una nueva campaña para convencer a la opinión pública
estadounidense de que la guerra de Iraq va a finalizar en una
victoria. El caso es que nadie ha podido definir de verdad la
palabra victoria.
En un discurso realizado el 19 de
diciembre en la Casa Blanca, Bush se alejó de la definición de
victoria mantenida desde la invasión, hace casi tres años. En
realidad, su declaración se percibió como un clara rebaja de las
esperanzas expresadas sólo tres semanas antes, el 30 de noviembre,
cuando aún esperaba la gratitud del pueblo iraquí, un país
democrático y estable en estrecha alianza con Estados Unidos y que
fuera capaz de volver a producir el petróleo suficiente para
impulsar la economía mundial. En diciembre, en cambio, dijo a su
audiencia televisiva que la tarea había resultado ser "más difícil
de lo que esperábamos". La palabra clave ya no era victoria.
En esa ocasión, insistió únicamente en que la oleada de malas
noticias "no significa de modo necesario que estemos perdiendo". El
objetivo es ya evitar una derrota humillante.
Aunque Bush no
aludió a ello, algunos periódicos estadounidenses han explicitado el
verdadero significado del adjetivo difícil: más de 2.100
muertos, más de 10.000 heridos - muchos de los cuales tan graves que
no podrán llevar de nuevo una vida normal- y una sangría en los
ingresos estadounidenses que asciende al menos a 300.000 millones de
dólares.
Las bajas iraquíes han sido mucho más elevadas,
claro está; no hay cifras reales, pero las estimaciones oscilan
entre los 30.000 y los 100.000 muertos, además de un número
desconocido de heridos. Sean cuales sean las cifras exactas, incluso
la más baja constituiría una catástrofe nacional.
Apenas hay
familias sin víctimas entre sus miembros, al menos en la parte
arabófona de Iraq. Yla destrucción material, no sólo en las ciudades
prácticamente arrasadas como Fallujah, sino también en Bagdad y
Basora, es gigantesca. Los daños han sido menores en muchos pueblos,
aunque lo cierto es que en ellos había muchas menos cosas que
destruir.
No todos los destrozos son obra de los
estadounidenses; ahora bien, dado que cuentan con una capacidad de
fuego muy superior a la de los guerrilleros iraquíes, los 160.000
soldados estadounidenses son responsables de la mayoría de los
estragos. Unos 10.000 iraquíes armados han respondido a la ocupación
con todas las armas posibles, al modo clásico de cualquier
guerrilla. Están tan motivados que más de 400 insurgentes han dado
su vida en ataques suicidas. Dirigen de preferencia los atentados
contra los propios iraquíes, porque el objetivo es convertir la
cooperación con los estadounidenses en muy costosa o imposible para
aquellos a quienes consideran traidores o renegados.
En el
caos de un estado de guerra de guerrillas permanente, han quedado
apartadas una tras otra todas las justificaciones del Gobierno de
Bush en favor de la guerra. Incluso se ha puesto ya en sordina el
énfasis en la lucha contra el terrorismo. La razón es que el
terrorismo aumenta en lugar de disminuir. El general William Odom,
antiguo director del Organismo Nacional de Seguridad, la
supercentral de espionaje que descifra códigos e intercepta
comunicaciones en todo el mundo, declaró a principios de diciembre
que la actuación de Estados Unidos en Iraq está haciendo aumentar el
terrorismo.
Los análisis como el del general Odom son
sistemáticamente pasados por alto o incluso desplazados por la
importancia otorgada a las relaciones públicas. Las recientes
apariciones mediáticas del vicepresidente Dick Cheney en Bagdad (y
luego en Kabul) apuntan a mostrar una implicación activa (tras las
críticas de pasividad ante el desastre del huracán que asoló Nueva
Orleans) y su supuesto papel en la promoción de gobiernos
democráticos. Se ha hablado mucho de que los iraquíes han
acudido en gran número a votar. De hecho, se atribuye a las
elecciones iraquíes de mediados de diciembre la súbita e inesperada
subida de Bush en las encuestas de opinión. Aunque los críticos
señalan que los comicios estuvieron marcados por el fraude y la
intimidación a los votantes, también admiten que al menos fueron
unas elecciones. De modo que su celebración se promociona como
prueba del avance hacia la democracia.
Ahora bien, las
encuestas también señalan que, al margen de cuál haya sido -o sea-
la justificación esgrimida por el Gobierno de Bush como pretexto
para la invasión de Iraq, la opinión pública estadounidense no cree
que ni siquiera la victoria merezca el precio pagado.
La mayoría de los críticos y prácticamente todos los
apologistas han decidido pasar por alto que el resultado neto de la
guerra no es sólo, como señaló el general Odom, el aumento y la
propagación de los ataques terroristas, es también que, lejos de
constituir un Estado laico e independiente, Iraq está adquiriendo
claramente un aspecto distinto y un nuevo papel estratégico:
cualquier gobierno posible que logre formarse estará controlado por
musulmanes chiíes, por lo que el país se convertirá casi con toda
seguridad en una especie de Estado talibán que reafirmará el
fundamentalismo islámico. Ello afectará a los iraquíes más aún de lo
que son conscientes en este momento. En términos estratégicos, Iraq
se desliza hacia una estrecha asociación con el Estado proclamado
por Estados Unidos como su enemigo público número uno en Oriente
Medio, Irán. Con ello, el Gobierno de Bush está creando un bloque en
cuyo poder se encuentra una gran porción de las reservas mundiales
de energía, que probablemente se opondrá a la política de Estados
Unidos y que sin duda se alejará de la democracia que este
país se proponía crear.
Cada vez con mayor frecuencia,
incluso miembros influyentes del propio partido de Bush, el Partido
Republicano, debaten sobre la forma de salir de Iraq. Los
desacuerdos no están en si salir o no, sino en el cuándo y el cómo.
Una y otra vez a lo largo del año pasado, el general Brent
Scowcroft, el principal asesor sobre asuntos exteriores del padre de
Bush, instó al Gobierno a admitir la falta de lógica de su política
y a empezar a adecuar sus acciones a la realidad que tiene delante.
El antiguo secretario de Estado Henry Kissinger acaba de unirse al
coro.
En un artículo publicado el 18 de diciembre en The
Washington Post, Kissinger volvió a la política que aplicó en la
evacuación estadounidense de Vietnam (lo que entonces se llamó
vietnamización, es decir, la sustitución del ejército de
Estados Unidos por fuerzas locales). En Vietnam, esa política
disfrazó temporalmente la derrota. La derrota en Iraq, escribió
Henry Kissinger hace un mes, "haría menguar la credibilidad de
Estados Unidos en todo el mundo". Por ello, las unidades iraquíes
forman brigadas conjuntas (como se hizo en Vietnam) con unidades
estadounidenses para acelerar su instrucción. La instrucción es
necesaria, pero no suficiente. Como reconoce Kissinger, el ejército
iraquí sólo será eficaz "cuando sea capaz de luchar en zonas suníes
y se muestre dispuesto a desarmar a las milicias de las regiones
chiíes, donde es reclutada la mayoría de sus miembros".
Ni
Henry Kissinger ni nadie supo cómo obtener ese resultado en Vietnam,
y nadie ha encontrado la fórmula para obtenerlo en Iraq mientras en
el país aún sigan las fuerzas de Estados Unidos.
WILLIAM R. POLK , miembro del Consejo de
Planificación Política del Departamento de Estado durante la
presidencia de John F. Kennedy Traducción: Juan Gabriel López
Guix
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