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14 de enero de 2006
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El cuerpo del halcón
Panorama después de Sharon
Ariel Sharon permanece internado en un hospital de
Jerusalén y es muy difícil que pueda volver a la vida pública.
Se estaría yendo el último patriarca israelí. Por la retirada
de Gaza será recordado como un “hombre de paz”, pero para
muchos su nombre estará siempre asociado a las masacres de
palestinos de los campos de refugiados de Sabra y
Chatila.
Gennaro Carotenuto desde Roma
El cuerpo del líder moribundo (o ya muerto)
es parte del tradicional uso público de la historia. Un jefe
no puede morir a destiempo. Dejaría a los suyos dos veces
huérfanos: de él, políticamente, y de un proceso de sucesión
bien ajustado, sin riesgos. Francisco Franco, Leonid Brezhnev,
Juan Pablo II, tardaron meses en morirse, no los dejaron
morirse, para que nada fuera dejado al azar. Hubo cuerpos como
el de Ernesto Guevara que durante décadas fue negado a la
piedad de los suyos. Y sin embargo su cuerpo, violado y
escondido a la vista humana, fue exhibido primero por sus
verdugos y luego sustituido por un cuerpo-icono, político y
pop. Hoy el cuerpo del halcón Sharon, un líder también
físicamente importante, no vuela más. Una, dos, tres cirugías
cerebrales posiblemente alejaron su muerte física pero
decretaron la inexorabilidad de su muerte política. Maniatado
por cánulas y cables, es lo más lejano de lo que el líder
israelí fue y quiso ser en su vida, un hombre de acción, un
guerrero, un combatiente odiado por sus enemigos y amado por
los suyos. Su pueblo espera su muerte o un milagro para el
hombre en el cual confió y que le restituyó seguridad frente
al desconcierto y al terror de los kamikazes, cuerpos que
destruyen cuerpos destruyéndose. El arco político israelí,
huérfano en su totalidad, intenta ocupar el enorme espacio
dejado repentinamente libre por la enorme corpulencia del
líder de la derecha, que desde hace cinco años sintetizaba
probablemente todas las unidades y todas las divisiones que
conforman la sociedad israelí. Ninguna democracia es tan
frenética como la israelí. Decenas de micropartidos se alían y
enemistan continuamente, se alistan en mayorías de gobierno
para salir de éstas al día o al mes siguiente y luego
regresar. Y Ariel Sharon, Arik, como le dicen, no era la
excepción. En vísperas de sus 78 años terminaba de abandonar
su partido de siempre, el Likud, fundar otro, Kadima, y correr
hacia unas elecciones que en marzo con toda probabilidad le
hubiesen vuelto a entregar la jefatura del gobierno. Sin
embargo, representó en los últimos años el pulmón de su país,
dirigió un gobierno nunca tan encarnado por la personalidad de
su líder hasta perfilar una suerte de monarquía republicana, y
ahora deja un partido ficticio –Kadima– sin estructuras ni
cuadros, ni programa que no fuera seguir a su jefe y
fundador.
EL CARNICERO
Ariel Sheinermann (Sharon)
nació en Palestina en la época del mandato británico, en 1928.
Tiempos del sionismo histórico. Miles de hebreos emigraban a
la tierra prometida en búsqueda del sueño de un Estado aun
antes de que el antisemitismo, siempre presente en la historia
europea, tomara forma de genocidio. Ya en la guerra de
1948-49, el joven Sharon es protagonista y es herido en
batalla. En 1953 se gana la primera acusación por crímenes de
guerra: estaba a la cabeza de la Unidad 101 cuando ésta
asesina a 69 civiles jordanos en una acción de represalia. En
1972 la violencia con la cual conduce la limpieza étnica de
los palestinos del sur de la Franja de Gaza queda en el
recuerdo por su crueldad: decenas de miles de palestinos son
obligados a evacuar sus tierras, a las cuales Sharon –como en
un asedio medieval– privó de agua. En 1973, en la guerra del
Yom Kippur, desobedeció órdenes, acusando a sus superiores de
cobardía. Esa insubordinación le hizo ganar la admiración de
muchos, pero fue suficiente para terminar con su carrera
militar. Así fue este personaje: cautivó a sus compatriotas
gracias a este glorioso pero controvertido pasado militar, en
el cual coraje y brutalidad se mezclan y en el cual el
desprecio por la vida del enemigo árabe se acompaña con la
habilidad de cambiar la jugada y, de ser posible, dar vuelta
el tablero, como hizo con la retirada de Gaza el año
pasado. Diputado desde 1977, es la mente y la espada de los
colonos que ocupan ilegalmente Cisjordania y Gaza y que en él
se identifican. Como político se opuso siempre a cualquier
acuerdo de paz. “Buldózer”, le decían. Rechazó la paz con
Egipto, y aun con Jordania, y los acuerdos de Oslo. Ministro
de Agricultura primero y de Defensa después, proyecta y
conduce la invasión de Líbano de 1982, una guerra que a lo
largo de 18 años provocó decenas de miles de muertos en ambos
bandos y que concluyó volviendo al punto de partida. Su visión
del conflicto era puramente militar: la guerra era necesaria
para cortar las líneas de aprovisionamiento de la guerrilla
palestina en el sur del país de los cedros. Pero el propio
gobierno israelí debió admitir su responsabilidad directa en
una de las más atroces masacres de la segunda mitad del siglo
xx: la de los campos de refugiados de Sabra y Chatila, donde
encontraron la muerte más de 2 mil personas inermes,
principalmente mujeres y niños.
¿UN HOMBRE DE PAZ?
Su carrera tarda en recuperarse de ese acto de horror. Pero
después del asesinato del primer ministro Itzhak Rabin en
1995, el giro a la derecha de la política israelí lo encuentra
como protagonista natural. En 2000 vuelve a buscar el choque
con los palestinos, con el histórico y provocativo paseo por
la explanada de las mezquitas en Jerusalén, que originará la
Intifada Al Aqsa. Tomando como justificación la locura
homicida de los kamikazes palestinos, Sharon logra sus dos
principales objetivos: la deslegitimación de Yasser Arafat
como líder internacionalmente respetado, y la política
anexionista: divide y cerca el territorio palestino con un
enorme muro, roba tierras, ofrece a los colonos ilegales
campos irrigados en una de las tierras más áridas del mundo y
les deja a los palestinos un pedazo de arena y piedras donde
no cuesta nada conceder que podría nacer ahí un Estado
“autónomo”, pobre, y sin otro recurso que depender de ayudas
internacionales. Anestesiado el conflicto, muerto Arafat,
puesto bajo control el terrorismo, y derrotado militarmente el
enemigo, Sharon, el triunfador, con la misma lógica militar
que lo distinguió toda su vida, pudo proceder a la retirada de
Gaza. Fue así que decidió sacrificar a las menores, menos
defendibles y más costosas de las colonias para perpetuar la
dominación sobre la mejor parte de Judea y Samaria
(Cisjordania). Más allá del dramatismo y las divisiones dentro
de la sociedad israelí, el precio que pagó por esta iniciativa
fue muy bajo. El halcón irresponsable del cual sus mismos
aliados desconfiaban se transformó así en el hombre de paz
mimado por el mundo mediático occidental. Sin embargo Sharon,
también en este último pasaje, accionó como siempre, de manera
unilateral. Eliminado Arafat del tablero no reconoció a sus
sucesores y no se sentó a ninguna mesa de negociación.
Impuso su voluntad, una vez más, pero dejó todos los problemas
en el tapete para las generaciones –israelíes y palestinas–
que lo seguirán. Abandonó Gaza por propia voluntad concediendo
únicamente lo que quiso conceder, y sobre todo sin reconocer
absolutamente nada al enemigo derrotado. Para su gente
aparecía como un nuevo rey de Israel, un nuevo David. Su
aspecto físico, extremadamente atractivo en sus tiempos mozos,
su estilo de vida de aristócrata de la tierra, la mitología de
su heroica carrera militar, contribuyeron a hacer de Sharon el
prototipo del líder. El giro a la derecha de la política
israelí que antes cabalgó, llegando a la cabeza del país, y
luego controló, lo llevó a abandonar el Likud para fundar una
nueva agrupación que se define centrista. Sin embargo no es
Sharon quien se movió hacia el centro. Él permaneció siempre
igual a sí mismo, y como político actuó permanentemente como
un militar. Hasta la izquierda, atenazada entre el terrorismo
palestino y el extremismo fundamentalista de los colonos, lo
percibió como un ancla para tiempos que sin él serán aun más
difíciles. La Israel de Sharon y de los padres fundadores
triunfó militarmente y sin embargo sólo la política puede
diseñar un futuro de convivencia. Sharon –pero también Arafat
y toda aquella generación palestina– deja a dos pueblos –el
israelí y el palestino– sin un liderazgo creíble y sin una
posibilidad de paz que no sea basada en la fuerza, en la
aniquilación del otro. Y quizás –aunque Arik no lo reconocería
nunca– ésta es la derrota más grave de su vida.
Publicado en Brecha el 13 de enero de 2006
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
http://www.gennarocarotenuto.it
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