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18 de enero
de 2006 |
La
Voz de Galicia - 13 de Enero de 2006
Viajeros impasibles
Ramón Chao
DOS
de los peores males que nos trae el neoliberalismo son la
pasividad y la virtualidad. Somos fumadores pasivos y cancerosos virtuales
porque las grandes firmas tabaqueras juegan con las leyes, abaratan sus
productos y los manipulan, con el fin de crear en los consumidores una
dependencia auténtica y fatal.
En Francia hay ahora viajeros pasivos,
que yo llamaría impasibles. Un viajero siempre es pasivo; en caso contrario
tendría que empujar él el tren. Aquí se trata de una pasividad psicológica,
inmaterial. Se acaban de dar dos casos muy sonados de agresiones en trenes, que
se añaden a otros muchos acaecidos en las escuelas, en los bosques y en la
calle. Uno ocurrió al amanecer del 1 de enero en el tren que une Niza con Lyon,
en el que una banda de golfetes molestó y abusó de una joven ante el rostro
impávido de los pasajeros. Y el otro el sábado pasado, cuando una pandilla de
adolescentes se apoderó de un convoy con el personal encerrado, en un tren de
las cercanías de París.
Los sociólogos indagan por qué los pasajeros,
mucho más numerosos que los gamberros, ni intervinieron para evitarlo. Y también
qué hace la policía. Esta pregunta es importante, pues desde hace casi cuatro
años Nicolás Sarkozy, aspirante a la presidencia de la República, anda
prometiendo seguridad total en los transportes públicos y no se sale de la
situación virtual.
A los citados sociólogos les extraña que se
culpabilice a los viajeros que ven y no intervienen, los viajeros impasibles.
Hace años (ya unos veinticinco) asistí a una representación teatral en un
supermercado de París. El autor y actor Augusto Boal entraba en el
establecimiento acompañado por una joven negra a la que llevaba casi arrastrada
y con grilletes en los pies. La que se armaba: «Se acabaron los tiempos de la
esclavitud», «esa señora es un ser humano y no un perro»; e incluso alguno
forcejeó para abrir los cerrojos de las cadenas. Boal les contestaba con toda
naturalidad, para provocar aún más el jaleo: «Esta mujer es mi esposa, y por eso
va esposada».
Entonces la gente aún se exponía y defendía las causas
justas. Ahora, por ejemplo, tanto los políticos, los economistas y no pocos
periodistas se esfuerzan en convencer a los pobres agredidos por las
expulsiones, el aumento de horarios de trabajo, la prolongación de la edad de la
jubilación y otros asaltos a la dignidad humana, de que no hay nada que hacer,
que es normal y que más vale permanecer inactivo en su casita sin meterse en
berenjenales: ni huelgas ni manifestaciones.
Por suerte o por desgracia,
no suelo meterme en esa clase de medios de transporte, pues cada vez que puedo
viajo en moto, lo que mis buenas roturas de tobillos, contusiones y tendinitis
me cuesta, pero por lo menos conservo intacta mi capacidad de indignación ante
los atropellos.
Los viajeros impasibles están hartos de ver crímenes
horrendos en televisión, como aquel de la sierra eléctrica, torturas en
Guantánamo y Abu Ghraib, violaciones por todos los costados y asaltos a trenes y
bancos. De modo que como no miro la televisión, no me creo autorizado a juzgar a
los que ven y no intervienen, y me pregunto qué haré si un día me encuentro ante
semejante situación. Claro que me aterran las violencias y agresiones, pero más
sufriría si me contara en el número de los viajeros impasibles.
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