a concertación de partidos políticos por la democracia logró su cuarto
triunfo consecutivo desde la victoria del No a la continuidad de Pinochet
en el poder tras el referéndum de 1988. Pareciera ser que los chilenos se
inclinan por un voto de castigo a la derecha política cuando se trata de elegir
presidente. Es una especie de esquizofrenia entre lo económico y lo político.
Separación artificial donde dan las gracias a un tirano y sus colaboradores por
cambiar y poner a Chile en una economía de primer mundo, pero le reprochan que
hubiese recurrido a la violación de los derechos humanos. Esta maldición
acompañará a la derecha chilena durante muchos años, seguramente necesitará un
mea culpa, como el que está realizando Sebastián Piñera, para rebasar el
pinochetismo. No olvidemos que pese a todo suma en esta ocasión un 46, 48 por
ciento de los votos emitidos. Sin embargo, tendrán que pasar décadas hasta que
llegue a gobernar.
Si la nueva presidenta asume su compromiso de modificar la Constitución y la
Democracia Cristiana decide emprender un camino bajo otra fórmula, seguramente
este será el último gobierno de la Concertación y otra derecha emergente, al
margen de las concepciones neoliberales del pinochetismo político y social,
sería posible que emergiese. En otras palabras hay muchos chilenos que no dudan
en agradecer más allá de Pinochet y sus Chicago Boys, al régimen militar, haber
sacado a Chile del subdesarrollo. En esto parece que coinciden unos y otros. No
hay grandes diferencias y la concertación administra un bien ajeno. El pecado
original del modelo chileno es la tortura y los detenidos desaparecidos, por
ello cuesta tanto enjuiciar al dictador. Así, el neoliberalismo chileno,
excluyente y concentrador, se hizo posible mediante la muerte y, curiosamente,
se mantiene vivo, por quienes sufrieron sus consecuencias, en tanto formaron
parte de la diáspora del exilio. Este es el caso de la nueva presidenta electa
Michelle Bachelet. Después de una treintena de años de un orden político cuyo
origen y legitimidad se fundamenta en una Constitución bastarda y espúrea, una
mayoría se vanagloria de vivir un Chile nuevo cuya máxima consiste en no
cuestionar la constitución de 1980.
En estas elecciones se levantó como patrimonio de los partidos de la
concertación el éxito de la economía chilena. Sus índices de crecimiento y sus
acuerdos con Estados Unidos y la Unión Europea se consideraron factores para
demostrar cómo una adecuada política interna de flexibilización del mercado
laboral, una privatización de los sectores estratégicos, como la sanidad, la
electricidad, el agua, los transportes, los teléfonos, así como el conjunto de
medidas destinadas a una eficiente descentralización administrativa, conllevan
una mejor racionalización de los recursos y una estabilidad económica donde los
recursos permiten dar una imagen de país abierto a las empresas e inversiones
extranjeras. Todo un conjunto de cifras, números índices y estadísticas capaces
de encubrir el segundo país con mayor desigualad en la distribución del ingreso
y donde los niveles de trabajo temporal, sueldos míseros y sobrexplotación son
de los más elevados de la región.
En estas elecciones, el triunfo de una mujer, aunque sea socialista, supone
una transformación en la acción de po-der. En Gran Bretaña la elección de
Thatcher no lo implicó, tampoco en Nicaragua con la elección de Violeta Chamorro
o en India con Indira Gandhi. Ser mujer no supone en absoluto una posición
transformadora frente a la situación opresiva que sufren las mujeres, ni un
cambio en las políticas de género y sexistas.
La concertación seguirá realizando las mismas políticas. Michelle Bachelet no
tiene pensado cambiar la estrategia de Ricardo Lagos: dará continuidad y buscará
mantener un proceso donde el marco de referencia sea siempre garantizar a los
poderes fácticos del país la misma impunidad que hasta hoy les han brindado tres
gobiernos de la misma coalición.
El triunfo de Bachelet no cambia el panorama. Más de un millón y medio de
jóvenes siguen sin estar inscritos en las listas electorales hablan de la
necesidad de transformar el sistema político heredado de la dictadura. Si ese es
el camino de la nueva presidenta, seguramente, podrá decirse que varió su propio
destino y con ello, dio por concluido una parte de la historia negra de Chile.
De ella dependerá recuperar y modificar el camino.