l desquite ha llegado y los demócratas del
mundo celebran que la señora Michelle Bachelet haya
sido elegida para presidir Chile. Primero, por ser de un
partido cuya militancia el sátrapa Pinochet quiso dejar
extinguida, propósito por el que pagó con su vida el
presidente Salvador Allende y por el que morirían miles
de personas; y segundo, porque lo ha logrado una mujer.Hay
que agradecer a la providencia que haya permitido que el
tirano haya llegado con vida a este momento. Las ideas que
quiso extirpar se mantienen y se reproducen. Lo suficiente
para que las comparta más de la mitad de la población. La
proporción que permite el ejercicio del poder legítimo, no el
de las pistolas. Las horas actuales han de ser mucho más duras
para el torturador en jefe que las que puede reservarle la
justicia, si algún día termina la larga tramitación de los
expedientes sobre su turbio pasado. Tiene conciencia de lo que
ocurre en su entorno. Quiso dar un curso distinto a la
historia y para ello se levantó en armas e impuso un régimen
de terror, precisamente en el país menos golpista del
continente del caudillismo. Hoy, 33 años después, todo vuelve
a estar como antes: una socialista en la Casa de la Moneda. Es
una lección para todos los que pueden tener la tentación de la
fuerza. El tirano no ha ido a votar y hay que reconocer que su
abstención ha sido uno de los actos más coherentes de toda su
vida.
El triunfo de la señora Bachelet se celebra
ahora desde este lado del Atlántico. Desde Felipe
González hasta Ana Belén la han acompañado en las
vísperas. Este verano se cumplirán 70 años del poema España
en el corazón, del chileno Pablo Neruda. Se inspiró
en el comienzo de la guerra civil. Siete décadas después,
desde esta orilla hemos sentido a Chile en el
corazón.