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Bachelet es la Presidenta electa de Chile. Pero, por
favor, lea bien la prensa y escuche bien lo que oye. En nuestro
lenguaje cotidiano y en nuestro periodismo, a las mujeres se las
trata generalmente por su nombre de pila, usando nombre y apellido,
o agregando aquel articulito -“la”- al apellido. Así, Michelle
Bachelet es, indistintamente, “Michelle”, “Michelle Bachelet”, o “la
Bachelet”. A veces, como les gusta decir a sujetos como Sebastián
Piñera o Sergio Melnick, es sencillamente “la Michelle” o, para el
ministro Eyzaguirre, “la Gordi”.
Todo menos el simple, directo y adulto “Bachelet”. En tanto que
Piñera, nunca es “el Piñera” (a veces se le dice “Tatán”, pero jamás
en un artículo “serio”), ni Lavín “el Joaquín”, ni Lagos, imagínese,
“guatón”. Todo este tratamiento diferencial se disfraza de cariñoso,
coloquial, informal ¿Informal? ¿En este Chile nuestro de protocolos
infinitos, saludos de mano y ropa obscura? Aquí la informalidad está
reservada sólo para algunos, como los niños, los pobres, los
indígenas, los delincuentes, los travestis, o las mujeres.
No es el único país en que esto ocurre, por supuesto, pero es uno
de los que menos discute el tema. La reciente visibilidad de algunas
mujeres en la vida política, en realidad, oculta el hecho lamentable
de que de 64 candidaturas al Senado, sólo siete fueron femeninas y
que de las 400 personas que postularon a la Cámara de Diputados,
sólo 67 fueron mujeres.
Hace diez años, se reunió en Beijing la cuarta Conferencia de la
ONU sobre la Mujer, en que 189 gobiernos aprobaron una plataforma de
diez puntos destinada a superar los obstáculos que mantienen a la
mitad de la población mundial en situación de minoría discriminada.
Una de las áreas novedosas de esa conferencia fue la noción de
“perspectiva de género”, que sirve para definir el equilibrio
necesario entre los dos sexos en todos los aspectos de la vida
social. También en el lenguaje, y, especialmente, en el periodismo.
En Chile, y en todo el mundo, cada vez más mujeres se incorporan
al oficio periodístico; sin embargo, cada vez que usted lea un
artículo, vea cuáles son sus fuentes y en qué lugar están ubicadas
dentro de la nota, cuándo se entrevista a mujeres y sobre qué temas,
cómo se describe a los hombres y cómo a las mujeres. Hágalo y
descubrirá que hablar de “la Michelle” no es cariñoso ni casual.
Muchos se burlan, y a veces no sin razón, de lo complicado,
pesado y antiperiodístico que resulta cumplir con algunas
conclusiones de Beijing sobre el uso del lenguaje. Decir, por
ejemplo, “niños y niñas”, “ciudadanos y ciudadanas”, en lugar de
seguir usando el masculino como genérico, que es más fácil y rápido.
Es verdad que con el lenguaje no se cambia la realidad, pero esta
campaña electoral demuestra que con el mero lenguaje, a veces
inconsciente, se contribuye de manera brutal a devaluar a una
persona, o como se dice ahora, a “asesinar” su imagen,
desfigurándola de respetable líder política a “apenas”, una mujer.
Como dice la socióloga Teresa Valdés, de Flacso, el machismo es
“eficaz, transversal y violento” y, por tanto, quien de verdad
quiere a Bachelet y desea que tenga éxito en su Gobierno, empiece
por cuidar el lenguaje, porque las palabras cuentan.