Hugo Cores - rodelu.net |
19 de enero de 2006
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Todo debilitamiento de lo público y lo colectivo es negativo para el gobierno
Por más democracia y más participación
Hugo
Cores, PVP - Frente Amplio - Uruguay
Pese
al receso político algunos acontecimientos justifican un
comentario. De entre varios, recojo dos que, además, pueden verse como
teniendo una relación entre sí.
Por un lado, los ecos dentro y fuera del país de las declaraciones del
ministro de Economía, Danilo Astori. No me refiero ahora a la
materia de sus declaraciones (ya lo hice el lunes pasado contra el
TLC, reivindicando la tradición antiimperialista de la izquierda) sino a
la dinámica política y diplomática que generaron, a sus efectos sobre los
partidos y sobre el curso de las preocupaciones colectivas.
El otro comentario remite a la discusión acerca de la enseñanza de la
historia del pasado inmediato.
Las declaraciones de Astori generaron repercusiones en la prensa y en
los gobiernos de Argentina y Brasil. Diplomáticos de los dos países se
apresuraron a señalar que una línea de acción del gobierno uruguayo
apuntada a un Tratado de Libre Comercio con los EEUU contrariaba los
acuerdos del Mercosur.
No faltaron declaraciones de fuentes estadounidenses y hasta la metida
de pata de un senador republicano que "confirmó" la noticia de un TLC con
los EEUU, pero luego reconoció que... se había equivocado de tratado.
El canciller Gargano explicó que las formulaciones del ministro de
Economía lo habían tomado de sorpresa y que el gobierno no estaba aplicado
a un convenio como el anunciado. Agregó, acertadamente, que se remitía a
las resoluciones sobre el asunto adoptadas en el IV Congreso
Extraordinario del Frente Amplio de diciembre de 2003.
De hecho, se produjo una confusión políticamente inconveniente para el
gobierno pero, hasta ahora, no ha habido ninguna rectificación ni ningún
reconocimiento de que esa situación exista. No será porque el asunto
carezca de importancia.
Mientras, sobre el punto estamos en un territorio de incertidumbres.
Como es evidente, todo este embrollo se desenvolvió sin la más mínima
intervención de ninguna organización partidaria ni de ningún colectivo
político. Se gestó, exclusivamente, a través de las declaraciones públicas
de un dirigente.
Para una organización política como el Frente Amplio --que pasó muchas
horas, días y meses discutiendo la cuestión de cómo se relacionarían, una
vez en el gobierno, los gobernantes con la sociedad, sus organizaciones y
con los colectivos políticos--, el episodio deja el sabor amargo de la
política del "hecho consumado", esa que es pan de todos los días en los
partidos burocráticos y caciquistas de derecha y las antípodas de lo que
la izquierda ha declarado siempre que se proponía hacer cuando llegara al
gobierno.
En el país la inclinación centralista es muy fuerte. A ello contribuyen
tendencias que vienen de lejos y otras más recientes. El "despegue" de los
órganos colectivos por parte de algunos dirigentes que hacen política de
acuerdo con sus intereses y dejando de lado acuerdos adoptadas en
instancias estatutarias legítimas, tiende a fortalecer los procesos de
exclusión y apatía política en el conjunto de la sociedad, empezando por
los propios adherentes a la fuerza política mayoritaria.
El FA, que durante los últimos veinte años apeló al concurso de su
militancia de base para actuar políticamente, está no sólo obligado
moralmente a crear espacios de participación democrática para sus
adherentes, también lo está en función de la necesidad de una acumulación
de fuerzas que haga posible la realización exitosa de su programa
histórico.
El debilitamiento de la acción política como FA nos priva de un factor
de movilización democrática que para la izquierda resulta imprescindible.
¿Cómo impulsar, por ejemplo, una reforma del Estado y una mejora de la
gestión si no es promoviendo una gran movilización cultural y política
contra las inercias burocráticas, las mentalidades conservadoras y los
sentimientos corporativos?
Todo debilitamiento de lo público y lo colectivo es negativo para el
gobierno. Si las decisiones y la información política se recluyen en los
ámbitos de la administración, la capacidad de transformar la sociedad en
un sentido progresista se debilita.
Mientras, empieza a desarrollarse un debate sobre la iniciativa de las
autoridades de la ANEP acerca de la enseñanza de la historia inmediata.
Bastó con el anuncio para que Julio María Sanguinetti y varios
dirigentes blancos se lanzaran al ataque. El ex presidente, que en 1972,
como ministro de Bordaberry propuso la Ley General de Educación, la "más
bárbara, atentatoria y salvaje ley represiva", como la definirá el
penalista Carlos Martínez Moreno, teme que el gobierno del FA impulse la
existencia de una "historia oficial" para adoctrinar a los jóvenes
alumnos. Las advertencias de Sanguinetti no tienen ningún asidero real ni
remiten a ninguna propuesta oficial en ese sentido.
En estos días han trascendido algunas propuestas del Codicen sobre los
medios para el abordaje de la historia de los últimos decenios: se
elaboró, basándose en una historiografía seria y documentada, una guía de
apoyo a los docentes y se sugiere, lo que ya es más discutible, la
utilización de mecanismos didácticos como los "juegos de roles".
Trasladar a las nuevas generaciones una visión certera de la historia
del pueblo uruguayo implica describir y explicar procesos económicos y
sociales complejos, que no pueden "ser deducidos" ni "dramatizados" a
partir de unos pocos datos.
Me refiero, por ejemplo, al agotamiento del neobatllismo y los cambios
en el bloque en el poder que se produjeron con Pacheco con la instalación
de un elenco ligado al gran capital (Jorge Peirano, Carlos Frick Davies,
José Serrato, entre otros) que desplaza al viejo personal político
(Vasconcellos, Alba Roballo, Z. Michelini) y a partir de ahí la aplicación
de una política, que duró decenios, de empobrecimiento de los asalariados,
en beneficio del capital.
Una visión historiográfica muy apegada a los fenómenos de la publicidad
política o de la anécdota ha tendido a desconocer o brindar muy escasa
atención a una serie de cambios y realizaciones que se procesaron en el
seno de las mayorías populares y que se condensaron primero en hechos
masivos como, por ejemplo, el del paro general del 28 de junio de 1968,
contra la congelación salarial o el del 13 de abril de 1972, contra la
rebaja de los salarios impuesta por Bordaberry.
Vale la pena preguntarse ¿qué cambió y por qué en la manera de pensar
de cientos de miles de uruguayos? ¿Qué es lo que explica, --después de un
siglo y medio de hegemonías electorales coloradas y blancas-- que en las
elecciones nacionales de noviembre de 1966 todavía los partidos
tradicionales lograran entre los dos casi el 90% de los votos y toda la
izquierda sumada no alcanzara el 10%?
¿Cómo se explica que una sociedad pacífica, la más pacífica de
Latinoamérica desde hacía más de medio siglo, haya entrado en una
movilización cada vez más intensa, más violenta y más masiva a partir de
unos pocos meses después de aquellas elecciones?
Poner de manifiesto esos, y otros, cambios en la sensibilidad y la
conciencia política de las masas populares resulta fundamental para
entender luego las resistencias democráticas a la dictadura, la huelga
general de 1973, la sobrevivencia y el crecimiento de la izquierda, pese a
la represión, y luego los pronunciamientos democráticos masivos que
culminan el 31 de octubre pasado.
Como guía no estaría mal preguntarse, en materia de historia inmediata
¿y el pueblo dónde estuvo?
Publicado en
La República el 16 de enero de 2006
Hugo
Cores
cores567@adinet.com.uy
www.pvp.org.uy
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