a
victoria de Michelle Bachelet en las elecciones presidenciales chilenas no
se inscribe en la corriente de rechazo electoral al neoliberalismo que se viene
observando en América Latina. Se inserta en otra dinámica, que es la ausencia en
Chile de una alternativa electoral de izquierda auténtica lo suficientemente
motivadora. Relacionada con esa carencia, la persistencia de una ideología
conservadora e individualista impuesta por el fascismo pinochetista y el
neoliberalismo feroz, que aún no ha sido derrotada incluso en sectores de
tradición democrática. El sentido del voto por Bachelet es el rechazo al retorno
de la ultraderecha y el apego al precario espejismo de consumo creado por los
altos precios del cobre. Preciso es decir también que el voto comunista fue
decisivo para su triunfo en la segunda vuelta, en medio de un abstencionismo de
alrededor de 40 por ciento en un país donde el sufragio es obligatorio y 46 por
ciento votó por Piñera, candidato de la ultraderecha.
Es prematuro juzgar a la flamante presidenta cuando aún no ha comenzado su
desempeño, pero no es serio dejar de considerar algunos datos objetivos para
hacerse una idea de sus posibilidades reales de introducir cambios progresistas
en uno de los países con mayor desigualdad distributiva en el mundo y en nuestra
región. Bachelet fue abanderada de la Concertación por la Democracia, coalición
que ha gobernado Chile durante los últimos 16 años dando continuidad y
profundización a las recetas del Consenso de Washington heredadas de la
dictadura de Augusto Pinochet. La Concertación está integrada por el Partido
Demócrata Cristiano, cómplice del golpe de Estado contra Salvador Allende; el
Partido Socialista, del que es militante Bachelet, cuya dirección abandonó hace
tiempo la tradición revolucionaria de la que procedía el presidente mártir, y
por otros partidos menores. Esta agrupación aceptó la "transición" pactada según
las reglas y la Constitución impuesta por Pinochet, que aún está vigente, en
lugar de favorecer la continuación de la lucha de masas y armada hasta lograr el
total desmantelamiento de la dictadura. Algo semejante a lo ocurrido en España
con el franquismo, cuyas consecuencias están a la vista en una democracia
castrada de nacimiento y que teme enfrentar su historia. Bachelet, además, ha
sido ministra de un gobierno, el de Ricardo Lagos, que se ha destacado por su
servilismo y complacencia hacia Washington. Lagos no sólo ha sido un cumplidor
obsequioso del dogma neoliberal en lo interno y un apañador de los crímenes de
la dictadura y sus principales responsables, sino que ha oficiado como cómplice
de George W. Bush en asuntos internacionales. Así, se prestó a cohonestar el
golpe de Estado en Haití contra el presidente Jean Bertrand Aristide enviando
allí un contingente de tropas, reconoció al efímero golpista Carmona en
Venezuela y se sumó siempre al coro anticubano organizado por Estados Unidos en
Ginebra. También siguió una política chovinista hacia la cuestión de la
mediterraneidad de Bolivia, situación creada por el imperialismo británico en
alianza con la oligarquía chilena, que es menester reparar para conseguir la paz
y la estabilidad en la zona sur de nuestra América. Durante su gobierno, y
siendo Bachelet ministra de Defensa, se inició el mayor plan de rearme de las
fuerzas armadas, que ha llevado a Chile a tener el mayor gasto militar en
América Latina respecto al PIB per cápita. El gobierno de Lagos, en suma, se ha
caracterizado por la entrega de los recursos del país a las transnacionales
-particularmente elocuente es el caso del cobre-; por enfatizar la política
antiobrera de la dictadura; por ser un adalid del ALCA y el "libre" comercio
propugnado por Estados Unidos, con el que firmó un tratado de este corte; por su
obsecuente defensa de los intereses de los grupos económicos enriquecidos con
las políticas privatizadoras de Pinochet; por su desprecio y represión al pueblo
mapuche y demás pueblos originarios y por la depredación ecológica permitida al
gran capital local y extranjero.
Acaso Michelle Bachelet tenga buenas intenciones. Su trayectoria inicial
habla de una radical postura contra la dictadura, su discurso y programa de
sensibilidad social. La pregunta es si el bloque neoliberal y entreguista del
que procede le permitirá hacer algo por una más justa distribución de la riqueza
y por sumarse a la corriente de integración e independencia latinoamericana.
Publicado en La Jornada el 19 de enero de 2006