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29 de enero de 2006

La Voz de Galicia - 20 de Enero de 2006

Todo sobre la caza de brujas,
una pesadilla en la fábrica de sueños

La publicación del primer diccionario sobre la represiónen Hollywood y el filme de George Clooney reviven el tiempo de canallas como lo bautizó Lillian Hellman.

Enrique Clemente
«Me son dolorosamente familiares ciertas prácticas políticas. La intolerancia espiritual, las inquisiciones políticas, la creciente inseguridad jurídica, todo en nombre de un presunto estado de emergencia... es lo que sucedió al principio en Alemania. Lo que siguió fue el fascismo, y lo que siguió al fascismo fue la guerra». Este texto leído el 26 de octubre de 1947 en el programa radiofónico Hollywood Figths Back (Hollywood se defiende) pertenece al célebre novelista alemán Thomas Mann.

La lúcida advertencia del premio Nobel sobre lo que estaba sucediendo en el país que le había acogido en 1938, cuando huyó del nazismo, era especialmente válida porque conocía de primera mano la naturaleza de la amenaza. El autor de La montaña mágica, que había adoptado la ciudadanía norteamericana, sería víctima también de la feroz persecución política que se desató tras el final de la Segunda Guerra Mundial en EE.UU. ?la caza de brujas? y, tras ser acusado de filocomunista, regresó a Europa en 1952.

DE LA A A LA Z

El reputado estudioso del cine Javier Coma cita esa frase en su recién aparecido Diccionario de la caza de brujas. Las listas negras en Hollywood, la primera obra mundial que analiza de forma enciclopédica, de la A a la Z, la represión que sufrieron los profesionales del cine y la cultura de Estados Unidos sospechosos de izquierdismo, entre 1947 y 1960.

El libro se edita poco antes del estreno, el 10 de febrero, de la película Buenas noches, y buena suerte, dirigida por George Clooney y nominada para los Oscar, que recrea el enfrentamiento entre el más celebre cazador de brujas, el senador McCarthy, y el periodista de la CBS Ed Murrow.

Más de 500 personalidades tienen cabida en la obra de Coma, entre ellas 361 blacklisted (incluidos en las listas negras), 64 testigos cooperativos o delatores y 34 inquisidores. Además, contiene 23 entradas temáticas que sirven para comprender un período negro de la historia norteamericana que la dramaturga y guionista Lillian Hellman bautizó como tiempo de canallas.

Aquella paranoia de fanatismo llevó a la cárcel a gente tan prestigiosa como el director de cine Edward Dmytryk, el maestro de la novela negra Dashiell Hammett o el guionista Dalton Trumbo. Obligó a marcharse del país a Bertolt Brecht, Jules Dassin, Joseph Losey, John Huston, Orson Welles, Fritz Lang o Charles Chaplin. Provocó el ostracismo y la muerte a los 39 años de un actor tan afamado como John Garfield, y varios suicidios. Cubrió de ignominia a delatores como el propio Dmytryk, el gran cineasta Elia Kazan, el padre de Micky Mouse, Walt Disney, o el chivato Ronald Reagan. Y también mostró la valentía de quienes se opusieron al atropello aunque el precio fuera muy alto.

BUÑUEL Y JOHN WAYNE

El genial cineasta aragonés Luis Buñuel es el único español que aparece en el diccionario, como una temprana víctima de la caza de brujas, ya que se vio obligado a dejar su puesto de asesor, montador y traductor de documentales del Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York en 1943, acusado de ser un feroz anticatólico. Coma pulveriza el tópico tenido por cierto de que John Wayne colaboró en la represión, lo que no es cierto.

Hasta ahora, la bibliografía española tenía como referente el pionero libro de Román Gubern McCarthy contra Hollywood (1970), que en 1987 cambió su título por el más certero de La caza de brujas en Hollywood. Porque, en realidad, la purga en la llamada Meca del Cine se inició años antes de la irrupción inquisitorial de Joseph McCarthy en la escena pública, cuando el senador por Wisconsin denunció en febrero de 1950 la existencia de 205 comunistas infiltrados en el Departamento de Estado.

La prehistoria de la caza de brujas se remonta a la anteguerra, con la creación en 1938 del Comité sobre Actividades Antiamericanas (HUAC) en la Cámara de Representantes del Congreso. Su primer presidente, el congresista ultra Martin Dies, fijó su diana en Hollywood y consideró como sospechosos de izquierdismo a actores como Humphrey Bogart, James Cagney, Edward G. Robinson o Bette Davis, y a directores como Lang.

Las acusaciones quedaron en nada. Los tiempos no eran propicios para la «caza del rojo», sobre todo cuando la URSS se convirtió en aliada de EE.UU. en la contienda mundial tras el ataque japonés a Pearl Harbour, en 1941. Tan es así, que el cine norteamericano produjo en 1942-43 tres películas ambientadas en Rusia y de fuerte contenido filosoviético, la más célebre, Mission to Moscow, dirigida por Michael Curtiz, que justificaba los procesos de Moscú.

Hubo que esperar al final de la contienda bélica y al inicio de la guerra fría, cuando EE.UU. cambió a sus viejos enemigos del Eje por la URSS de Stalin, para asistir a una cruzada anticomunista que convirtió la llamada fábrica de sueños en una pesadilla que arruinó vidas y carreras.

NADIE ES INTOCABLE

En 1947 John Parnell Thomas accedió a la presidencia del HUAC y anunció que iba a investigar la penetración comunista en la industria cinematográfica. Es cierto que Hollywood estaba repleto de cineastas liberales e izquierdistas europeos que habían huido del nazismo y de defensores del progresista New Deal que había instaurado Roosevelt la década anterior. Pero fijarse en Hollywood también fue una hábil maniobra publicitaria de Parnell Thomas, porque el congresista sabía que sería una gran caja de resonancia para las actividades del comité, que se extendieron también a la radio, la televisión, el teatro y algunas universidades. Si ni siquiera las grandes estrellas del celuloide eran intocables, nadie lo sería.

El comité envió en septiembre 41 citaciones para comparecer ante él en Washington, 19 de ellas a los denominados diecinueve de Hollywood, considerados comunistas o filocomunistas, de los que sólo los que pasarían a la historia como los diez de Hollywood y Bertolt Brecht ?por separado, al ser extranjero? declararon finalmente, entre el 27 y el 30 de octubre de 1947.

Los diez fueron condenados por desacato al negarse a responder a la pregunta «¿Es en la actualidad o ha sido usted miembro del Partido Comunista?». Todos ellos ingresaron en la cárcel en 1950 para cumplir penas de seis meses a un año de cárcel. Al mismo tiempo, desaparecían de las pantallas las películas que reflejaban los problemas sociales de una forma crítica, que habían florecido en la época del New Deal, algunas tan sobresalientes como las de Chaplin, Jon Ford, William Dieterle o Mervyn Le Roy.

A finales de 1947 nacieron las tristemente célebres listas negras, cuando un grupo de productores, reunidos en el Waldorf Astoria de Nueva York, el 25 de noviembre de ese año decidió no contratar más a los diez de Hollywood ni a ningún izquierdista radical. Además de los grandes estudios, otras organizaciones de extrema derecha confeccionaban sus propias listas negras. Éstas tuvieron como consecuencia que los miembros del Partido Comunista, quienes lo habían sido en el pasado y no se habían arrepentido, los filocomunistas y compañeros de viaje e incluso los liberales reacios al comunismo que habían defendido ciertas causas no pudieran trabajar en Hollywood. Haber combatido en la Guerra Civil española a favor de la República o haber hecho donaciones en su favor era considerado «antiamericano».

MONSTRUO ESTÚPIDO Y COBARDE

Como escribe Coma en la introducción de su libro sobre el comportamiento abyecto de las grandes compañías, «la industria del cine no fue sólo una víctima, sino también, y a la vez, un monstruo estúpido, cobarde, parafascista y suicida que se hirió gravemente a sí mismo y que no tuvo piedad con centenares de sus hijos».

Hasta 1953, unas 700 personas se quedaron sin empleo a causa de la histeria anticomunista. De tal calibre fue que el director del FBI, J. Edgar Hoover, dijo lo siguiente: «El comunismo en realidad no es un partido político, el comunismo es una forma de vida, es una forma de vida diabólica y maligna, una enfermedad que se esparce como una epidemia. Y, como epidemia, es necesaria una cuarentena, para que no infecte a esta nación».

Según escribe Román Gubern en su prólogo al diccionario, la caza de brujas no sólo causó daños irreparables a los que la padecieron, sino «efectos devastadores» en el cine norteamericano.

Los casos de Bogart, Kazan y John Garfield

Las actuaciones de tres excelentes profesionales del cine sirven para ilustrar el clima de terror que se vivió en Hollywood desde 1947 hasta finales de los 50.

Humphrey Bogart, el célebre protagonista de Casablanca, abanderó el viaje a Washington, en octubre de 1947, de los representantes del Comité para la Primera Enmienda –junto con Lauren Bacall y Danny Kaye entre otros–, para apoyar a los acusados por el HUAC, los diez de Hollywood. Tras esta notoria actuación en favor de la libertad de expresión, fue presionado por la Warner Bros y, para evitar ser colocado en la lista negra, se esforzó en asegurar que detestaba el comunismo y renegó del viaje diciendo que había sido un error. En 1948 escribió un texto titulado «Yo no soy comunista» en la revista Photoplay.

El comportamiento de Elia Kazan fue deleznable. Miembro del Partido Comunista entre 1934 y 1936, denunció a sus ex camaradas ante el HUAC el 10 de abril de 1952, tras haberse resistido a hacerlo en una primera comparecencia en enero. Con el objetivo de limpiar su pasado, aseguró que su película más reciente, ¡Viva Zapata!, era anticomunista y expresó un «odio permanente hacia la filosofía y los métodos comunistas». Posteriormente realizó La ley del silencio (1954), considerada una apología de la delación, que le valió el Oscar.

La concesión de otra estatuilla, en este caso honorífica, en 1999, creó una gran polémica y demostró que la herida de la caza de brujas no había cicatrizado aún. La mayoría de los asistentes a la entrega prefirieron no levantarse de sus asientos y no aplaudir a Kazan cuando De Niro y Scorsese le entregaron el trofeo.

El actor John Garfield, protagonista de El cartero siempre llama dos veces y Cuerpo y alma, se convirtió en el trágico símbolo de las víctimas causadas por la caza de brujas. Acosado por los inquisidores, se negó a dar nombres de comunistas, lo que le valió figurar en la lista negra. Falleció a los 39 años causa de un ataque cardíaco.

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