«Me son dolorosamente familiares
ciertas prácticas políticas. La intolerancia espiritual, las inquisiciones
políticas, la creciente inseguridad jurídica, todo en nombre de un
presunto estado de emergencia... es lo que sucedió al principio en
Alemania. Lo que siguió fue el fascismo, y lo que siguió al fascismo fue
la guerra». Este texto leído el 26 de octubre de 1947 en el programa
radiofónico Hollywood Figths Back (Hollywood se defiende) pertenece al
célebre novelista alemán Thomas Mann.
La lúcida advertencia del
premio Nobel sobre lo que estaba sucediendo en el país que le había
acogido en 1938, cuando huyó del nazismo, era especialmente válida porque
conocía de primera mano la naturaleza de la amenaza. El autor de La
montaña mágica, que había adoptado la ciudadanía norteamericana, sería
víctima también de la feroz persecución política que se desató tras el
final de la Segunda Guerra Mundial en EE.UU. ?la caza de brujas? y, tras
ser acusado de filocomunista, regresó a Europa en 1952.
DE LA A A LA Z
El reputado estudioso del cine
Javier Coma cita esa frase en su recién aparecido Diccionario de la caza
de brujas. Las listas negras en Hollywood, la primera obra mundial que
analiza de forma enciclopédica, de la A a la Z, la represión que sufrieron
los profesionales del cine y la cultura de Estados Unidos sospechosos de
izquierdismo, entre 1947 y 1960.
El libro se edita poco antes del
estreno, el 10 de febrero, de la película Buenas noches, y buena suerte,
dirigida por George Clooney y nominada para los Oscar, que recrea el
enfrentamiento entre el más celebre cazador de brujas, el senador
McCarthy, y el periodista de la CBS Ed Murrow.
Más de 500
personalidades tienen cabida en la obra de Coma, entre ellas 361
blacklisted (incluidos en las listas negras), 64 testigos cooperativos o
delatores y 34 inquisidores. Además, contiene 23 entradas temáticas que
sirven para comprender un período negro de la historia norteamericana que
la dramaturga y guionista Lillian Hellman bautizó como tiempo de canallas.
Aquella paranoia de fanatismo llevó a la cárcel a gente tan
prestigiosa como el director de cine Edward Dmytryk, el maestro de la
novela negra Dashiell Hammett o el guionista Dalton Trumbo. Obligó a
marcharse del país a Bertolt Brecht, Jules Dassin, Joseph Losey, John
Huston, Orson Welles, Fritz Lang o Charles Chaplin. Provocó el ostracismo
y la muerte a los 39 años de un actor tan afamado como John Garfield, y
varios suicidios. Cubrió de ignominia a delatores como el propio Dmytryk,
el gran cineasta Elia Kazan, el padre de Micky Mouse, Walt Disney, o el
chivato Ronald Reagan. Y también mostró la valentía de quienes se
opusieron al atropello aunque el precio fuera muy alto.
BUÑUEL Y JOHN WAYNE
El genial cineasta aragonés
Luis Buñuel es el único español que aparece en el diccionario, como una
temprana víctima de la caza de brujas, ya que se vio obligado a dejar su
puesto de asesor, montador y traductor de documentales del Museo de Arte
Contemporáneo de Nueva York en 1943, acusado de ser un feroz anticatólico.
Coma pulveriza el tópico tenido por cierto de que John Wayne colaboró en
la represión, lo que no es cierto.
Hasta ahora, la bibliografía
española tenía como referente el pionero libro de Román Gubern McCarthy
contra Hollywood (1970), que en 1987 cambió su título por el más certero
de La caza de brujas en Hollywood. Porque, en realidad, la purga en la
llamada Meca del Cine se inició años antes de la irrupción inquisitorial
de Joseph McCarthy en la escena pública, cuando el senador por Wisconsin
denunció en febrero de 1950 la existencia de 205 comunistas infiltrados en
el Departamento de Estado.
La prehistoria de la caza de brujas se
remonta a la anteguerra, con la creación en 1938 del Comité sobre
Actividades Antiamericanas (HUAC) en la Cámara de Representantes del
Congreso. Su primer presidente, el congresista ultra Martin Dies, fijó su
diana en Hollywood y consideró como sospechosos de izquierdismo a actores
como Humphrey Bogart, James Cagney, Edward G. Robinson o Bette Davis, y a
directores como Lang.
Las acusaciones quedaron en nada. Los
tiempos no eran propicios para la «caza del rojo», sobre todo cuando la
URSS se convirtió en aliada de EE.UU. en la contienda mundial tras el
ataque japonés a Pearl Harbour, en 1941. Tan es así, que el cine
norteamericano produjo en 1942-43 tres películas ambientadas en Rusia y de
fuerte contenido filosoviético, la más célebre, Mission to Moscow,
dirigida por Michael Curtiz, que justificaba los procesos de Moscú.
Hubo que esperar al final de la contienda bélica y al inicio de la
guerra fría, cuando EE.UU. cambió a sus viejos enemigos del Eje por la
URSS de Stalin, para asistir a una cruzada anticomunista que convirtió la
llamada fábrica de sueños en una pesadilla que arruinó vidas y carreras.
NADIE ES INTOCABLE
En 1947 John
Parnell Thomas accedió a la presidencia del HUAC y anunció que iba a
investigar la penetración comunista en la industria cinematográfica. Es
cierto que Hollywood estaba repleto de cineastas liberales e izquierdistas
europeos que habían huido del nazismo y de defensores del progresista New
Deal que había instaurado Roosevelt la década anterior. Pero fijarse en
Hollywood también fue una hábil maniobra publicitaria de Parnell Thomas,
porque el congresista sabía que sería una gran caja de resonancia para las
actividades del comité, que se extendieron también a la radio, la
televisión, el teatro y algunas universidades. Si ni siquiera las grandes
estrellas del celuloide eran intocables, nadie lo sería.
El comité
envió en septiembre 41 citaciones para comparecer ante él en Washington,
19 de ellas a los denominados diecinueve de Hollywood, considerados
comunistas o filocomunistas, de los que sólo los que pasarían a la
historia como los diez de Hollywood y Bertolt Brecht ?por separado, al ser
extranjero? declararon finalmente, entre el 27 y el 30 de octubre de 1947.
Los diez fueron condenados por desacato al negarse a responder a
la pregunta «¿Es en la actualidad o ha sido usted miembro del Partido
Comunista?». Todos ellos ingresaron en la cárcel en 1950 para cumplir
penas de seis meses a un año de cárcel. Al mismo tiempo, desaparecían de
las pantallas las películas que reflejaban los problemas sociales de una
forma crítica, que habían florecido en la época del New Deal, algunas tan
sobresalientes como las de Chaplin, Jon Ford, William Dieterle o Mervyn Le
Roy.
A finales de 1947 nacieron las tristemente célebres listas
negras, cuando un grupo de productores, reunidos en el Waldorf Astoria de
Nueva York, el 25 de noviembre de ese año decidió no contratar más a los
diez de Hollywood ni a ningún izquierdista radical. Además de los grandes
estudios, otras organizaciones de extrema derecha confeccionaban sus
propias listas negras. Éstas tuvieron como consecuencia que los miembros
del Partido Comunista, quienes lo habían sido en el pasado y no se habían
arrepentido, los filocomunistas y compañeros de viaje e incluso los
liberales reacios al comunismo que habían defendido ciertas causas no
pudieran trabajar en Hollywood. Haber combatido en la Guerra Civil
española a favor de la República o haber hecho donaciones en su favor era
considerado «antiamericano».
MONSTRUO ESTÚPIDO Y COBARDE
Como escribe Coma en la introducción de su libro
sobre el comportamiento abyecto de las grandes compañías, «la industria
del cine no fue sólo una víctima, sino también, y a la vez, un monstruo
estúpido, cobarde, parafascista y suicida que se hirió gravemente a sí
mismo y que no tuvo piedad con centenares de sus hijos».
Hasta
1953, unas 700 personas se quedaron sin empleo a causa de la histeria
anticomunista. De tal calibre fue que el director del FBI, J. Edgar
Hoover, dijo lo siguiente: «El comunismo en realidad no es un partido
político, el comunismo es una forma de vida, es una forma de vida
diabólica y maligna, una enfermedad que se esparce como una epidemia. Y,
como epidemia, es necesaria una cuarentena, para que no infecte a esta
nación».
Según escribe Román Gubern en su prólogo al diccionario,
la caza de brujas no sólo causó daños irreparables a los que la
padecieron, sino «efectos devastadores» en el cine norteamericano.
Los casos de Bogart, Kazan y John Garfield
Las actuaciones de tres
excelentes profesionales del cine sirven para ilustrar el clima de terror
que se vivió en Hollywood desde 1947 hasta finales de los 50.
Humphrey Bogart, el célebre protagonista de Casablanca, abanderó
el viaje a Washington, en octubre de 1947, de los representantes del
Comité para la Primera Enmienda –junto con Lauren Bacall y Danny Kaye
entre otros–, para apoyar a los acusados por el HUAC, los diez de
Hollywood. Tras esta notoria actuación en favor de la libertad de
expresión, fue presionado por la Warner Bros y, para evitar ser colocado
en la lista negra, se esforzó en asegurar que detestaba el comunismo y
renegó del viaje diciendo que había sido un error. En 1948 escribió un
texto titulado «Yo no soy comunista» en la revista Photoplay.
El
comportamiento de Elia Kazan fue deleznable. Miembro del Partido Comunista
entre 1934 y 1936, denunció a sus ex camaradas ante el HUAC el 10 de abril
de 1952, tras haberse resistido a hacerlo en una primera comparecencia en
enero. Con el objetivo de limpiar su pasado, aseguró que su película más
reciente, ¡Viva Zapata!, era anticomunista y expresó un «odio permanente
hacia la filosofía y los métodos comunistas». Posteriormente realizó La
ley del silencio (1954), considerada una apología de la delación, que le
valió el Oscar.
La concesión de otra estatuilla, en este caso
honorífica, en 1999, creó una gran polémica y demostró que la herida de la
caza de brujas no había cicatrizado aún. La mayoría de los asistentes a la
entrega prefirieron no levantarse de sus asientos y no aplaudir a Kazan
cuando De Niro y Scorsese le entregaron el trofeo.
El actor John
Garfield, protagonista de El cartero siempre llama dos veces y Cuerpo y
alma, se convirtió en el trágico símbolo de las víctimas causadas por la
caza de brujas. Acosado por los inquisidores, se negó a dar nombres de
comunistas, lo que le valió figurar en la lista negra. Falleció a los 39
años causa de un ataque cardíaco.