El caso boliviano situó en primer plano a un líder
indígena, aymara por su trayectoria vital y hasta por su
apellido materno. Comentarios unánimes destacan que por
primera vez en América Latina accede un indígena a la
presidencia. Incluso se tejen analogías apresuradas con
Ollanta Humala en Perú, sin considerar las sensibles
diferencias. Porque lo de Bolivia no es sólo eso, sino la
culminación de decenios de luchas de altísimo nivel y por las
más variadas formas, así como de la conjunción de muy diversos
factores sociales.
De la revolución boliviana al ascenso de Evo Morales
La revolución boliviana de 1952 fue una auténtica
insurrección popular, que derrotó en las calles al ejército de
la oligarquía y la rosca minera de los Patiño, Aramayo y
Hochschild. Sucedió a la revolución guatemalteca de 1944 (la
de J.J. Arévalo y Jacobo Arbenz, la del PGT con fuerte arraigo
entre los trabajadores), degollada un decenio después por la
invasión yanki de Castillo Armas anunciada por Foster Dulles
en la X Conferencia de la OEA en Caracas porque se había
atrevido a realizar la reforma agraria enfrentando al
monopolio terrateniente de la United Fruit. Precedió a la
revolución cubana del 1º de enero de 1959, que se mantiene de
pie a pesar de las agresiones con todas las armas y del
bloqueo del imperio. La revolución boliviana, bajo la
presidencia de Víctor Paz Estenssoro y luego de Hernán Siles
Zuazo, nacionalizó las minas de estaño y de plata, esas mismas
minas que en la época de la colonia mediante la explotación
inaudita de millones de indígenas generaron un drenaje
incesante del metal precioso a España, contribuyendo al
proceso de acumulación del capital en las potencias de la
vieja Europa; eliminó el ejército y lo remplazó por milicias
campesinas y obreras organizadas por la COB; decretó la
reforma agraria y el voto universal. Después la revolución se
mediatizó, el MNR se dividió y sobrevino el golpe de René
Barrientos en noviembre de 1964. En el período inmediato se
inserta la lucha del Ché, ejecutado el 8 de octubre de 1967.
El intento nacionalista y antiimperialista del general Juan
José Torres, llevado al Palacio del Quemado por los mineros y
la COB después de la elección de Allende en Chile, terminó 10
meses después con el golpe de Hugo Bánzer y su posterior
asesinato en Buenos Aires.
Las décadas siguientes conocieron formas agudas de lucha
como las de la población entera de Cochabamba contra la
exacción de los monopolios extranjeros del agua; las acciones
campesinas por la tierra, las movilizaciones multitudinarias
que dieron al traste con el gobierno yankizado de Sánchez de
Losada, las acciones masivas en El Alto, y otras.
Una política democrática, de inclusión social
Evo Morales no se propone una política de exclusión, sino
de inclusión. Su lema es: "Vamos todos juntos, que nadie quede
atrás, que a nadie le falte nada, que todo alcance para
todos". Recuerda a Tupac Katari, que proclamó hace dos siglos:
"Volveré y seré millones". Es la antítesis del
ultraindigenismo sectario de Felipe Quispe, que quedó en 1% de
los votos. Evo abrió el campo, con una votación alta y pareja
en todo el país. Su estatura es la de un líder nacional,
pegado al pueblo, a los indígenas que son la mayoría de la
población y también a trabajadores y campesinos, a sectores de
capas medias, a la intelectualidad representada por su vice
Alvaro García Linera. No temió acercarse a la gran burguesía y
sectores secesionistas santacruceños con un proyecto
incluyente, cuyo eje es que la riqueza energética, a la
inversa de lo que sucedió durante 500 años, sirva a los
intereses del pueblo mediante acuerdos justos con las empresas
extranjeras, incluso con gobiernos de países vecinos.
Que paguen impuestos y precios adecuados y respeten la
soberanía. En ese sentido se asocia naturalmente con el gran
proyecto de integración energética sudamericana delineado por
Chávez, Lula y Kirchner en la reciente reunión en Brasilia, un
gasoducto de 8 mil kilómetros concebido primariamente en la
cumbre del Mercosur efectuada a principios de diciembre pasado
en Montevideo.
Se abre un nuevo camino de dignidad, de afirmación de la
democracia. Una nueva perspectiva frente a la opresión secular
de la colonia, el imperio y las transnacionales.
Michelle Bachelet presidenta y la conducta del PCCh
En el caso chileno, no se trata sólo del acceso de una
mujer a la presidencia, hecho muy válido que se ve realzado
por su actuación anterior como ministra de Defensa, evocada en
su discurso de la noche del triunfo al recordar con mucho
sentimiento a su padre, un militar fiel a su investidura,
muerto por torturas bajo la dictadura de Pinochet. La misma
que hoy aparece ante el mundo como una cáfila desvergonzada de
asesinos y de ladrones por decenas de millones de dólares. En
lo personal, lamenté que ese discurso no incluyera una mención
expresa al presidente Allende, figura señera de la lucha por
la liberación y el socialismo en América Latina.
Merece destacarse la conducta del PCCh en el segundo turno.
En la posdictadura todo el cuadro de alianzas que llevó a la
conformación de la Unidad Popular, basado en la unidad
socialista-comunista, se modificó sustancialmente. Ahora la
Concertación incluye al PS, al PDC --que fue un sostén del
pinochetismo porque Frei padre pensó que el golpe lo
entronizaría a él--, al Partido Radical Social Demócrata
(originariamente liderado por Anselmo Sule) y al PPD.
En el primer turno no le alcanzó, incluso Piñera y Lavín
sumados aventajaban a Bachelet. La actitud madura del PCCh lo
llevó a condicionar su voto a la candidata de la Concertación
a un conjunto de condiciones programáticas, ante todo la
eliminación del inicuo sistema de representación binominal. Un
régimen de representación proporcional le hubiera otorgado al
PCCh, con 5% de los votos, seis diputados en una Cámara de
120, y se quedó sin ninguno. Esos votos resultaron decisivos a
la hora de la definición.
Perspectivas
Pensábamos abordar las perspectivas para el año en curso
(Perú, PRD de México, reelección de Lula) pero lo dejamos para
una próxima nota.
Publicado en La República
el 29 de enero de 2006