El domingo, cuando Michelle Bachelet pronunciaba sus primeras
palabras como Presidenta recién elegida, hubo un momento singular,
cargado de emotividad. Ella hizo un alto, miró hacia el cielo y
recordó: “Hay alguien que en este momento estaría muy orgulloso. Un
hombre al que quisiera abrazar esta noche. Ese hombre es mi padre,
Alberto Bachelet Martínez, general de la Fuerza Aérea de Chile”.
La figura de Bachelet padre volvió a asomar durante la semana,
cuando el comandante en jefe de la FACH, general Osvaldo Sarabia, le
hizo una suerte de homenaje al evocarlo como “un general distinguido
de la Fuerza Aérea, y tiene un gran significado, porque es parte de
la familia aérea”.
¿Cómo ocurrió la muerte del que era uno de los generales de mayor
prestigio e influencia, y uno de los más queridos por sus
subalternos dentro de la institución?
LA DETENCIÓN
Todo comenzó el mismo 11 de septiembre de 1973, cuando Alberto
Bachelet se encontraba en su oficina del Ministerio de Defensa, y el
general Orlando Gutiérrez, revólver en mano, le informó que estaba
detenido, por órdenes expresas del comandante en jefe de la FACH,
Gustavo Leigh.
Bachelet era director de la Secretaría Nacional de Distribución
desde comienzos del 73 y había recibido como instrucción del
Presidente Allende diseñar un plan para afrontar el
desabastecimiento. El 10 de septiembre se lo entregó al Primer
Mandatario y al propio Leigh. Al día siguiente vino el golpe.
En la tarde de ese 11 de septiembre, Bachelet recuperó la
libertad. Volvió a casa junto a su esposa, Ángela, y su hija
Michelle. Redactó inmediatamente su renuncia a la institución. Pero
las autoridades lo tenían en la mira, y el día 18 era recluido en la
celda Nº 12 de la Cárcel Pública en calidad de detenido.
Dos días después fue trasladado a la Academia de Guerra Aérea
(AGA) para ser interrogado. Su sorpresa fue grande al advertir que
el fiscal era el mismo Gutiérrez. Aquella noche, Bachelet fue
examinado por médicos, que advirtieron una alteración cardíaca, por
la que fue llevado al cercano Hospital de la FACH.
“COMO UN PERRO”
El 18 de diciembre, tras ser dado de alta, Bachelet, bajo arresto
domiciliario, fue trasladado de nuevo a la Cárcel Pública. Pero
antes redactó un minucioso informe para que su abogado lo defendiese
ante la Fiscalía de Aviación.
En el documento, el general refiere el trato vejatorio que sufrió
en la AGA: “Se nos dieron instrucciones en el sentido de que
debíamos permanecer de pie, sin movernos y sin poder hablar. Quien
lo hiciera recibiría un balazo en las piernas”.
A su hijo Alberto, que se encontraba en el extranjero, le
escribió por esos mismos días una carta dramática: “Estuve 26 días
arrestado e incomunicado. Fui sometido a tortura durante 30 horas
(ablandamiento), y finalmente enviado al Hospital de la FACH con una
isquemia, que es la antesala del infarto. No hay ningún cargo
(probado) contra mí”.
Bachelet estaba asombrado por la crueldad: “Me quebraron por
dentro en un momento, me anduvieron reventando moralmente. Nunca
supe odiar a nadie, pero me encontré con camaradas de la FACH, a los
que he conocido por 20 años, alumnos míos, que me trataron como un
delincuente o como un perro, oficiales a los que siempre ayudé, a
los que siempre tendí mi mano, quienes recién ahora, cuando los
cargos han quedado desvirtuados, empiezan a mostrar la cara”.
El 17 de abril de 1974 se inició un consejo de guerra, el primero
realizado durante la dictadura, bajo el rótulo “Aviación contra
Bachelet y otros”. El general, sin embargo, fue sobreseído de todo
cargo: había muerto el 12 de marzo de un paro cardíaco.
Un grupo de ex uniformados –que estuvieron detenidos junto a
Bachelet– se querelló contra el personal de la FACH que torturó en
la Academia de Guerra, respaldado por abogados del Codepu. Tras
dirimir la Corte Suprema un comparendo de competencia con la
justicia militar, hace dos semanas la causa volvió a manos del
ministro Juan Eduardo Fuentes Belmar.
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ÁLVARO YÁÑEZ, EL MÉDICO QUE AUXILIÓ A ALBERTO BACHELET ANTES DE MORIR:
“Fueron perversos con él”
Cuando Bachelet sufrió su primer infarto, a fines de
los ’60, el doctor Álvaro Yánez era jefe de la Comisión
de Medicina Preventiva de la FACH, y evaluó su caso
clínico. Sin embargo, sólo lo conoció personalmente
cuando ambos estaban detenidos en la Cárcel Pública,
tras el golpe militar. Bachelet estaba muy preocupado y
le preguntó muchas veces cómo veía su salud. “Le indiqué
que no jugara básquetbol más de diez minutos”, recuerda
Yáñez. “Por ello puedo afirmar categóricamente, al
contrario de lo que se ha publicado, que el día de su
muerte él no practicó ese deporte”.
–¿Cuánto pesaron los antecedentes clínicos de
Bachelet en su deceso?
–Al curarse una persona de un infarto al miocardio se
genera una cicatriz en la pared cardíaca, elemento de
irritación “eléctrica” que puede significar la muerte si
hay trastornos del ritmo circulatorio. Pero fueron las
tensiones, el miedo y la rabia contenida que experimentó
Bachelet los que derivaron en arritmia cardíaca. Ser
mancillado como hombre y herido en su dignidad
provocaron señales de emergencia. El alto mando de la
FACH no necesitaba agredirle físicamente: sabía que se
le mataría del corazón.
–¿Usted compartía celda con el general?
–No, pero nuestras celdas estaban próximas, en el
mismo patio de la Cárcel Pública donde lo buscaron la
tarde del 11 de marzo del 74 para interrogarlo en la
Academia de Guerra. Como de aquello se volvía golpeado,
con hematomas y fracturas, ser citado provocaba alto
nerviosismo. Le dije: “Alberto, anda tranquilo. No te
harán nada”. Volvió a media noche. A las nueve de la
mañana lo hallé en el patio. Había estado amarrado y
encapuchado de pie contra una muralla durante cinco
horas. Para una persona con cardiopatía severa, eso
constituye riesgo cardíaco.
–¿Hubo otra situación que detonó el desenlace?
–Sí, y muestra lo perversos que fueron con él. Debió
escuchar a una mujer violentamente torturada en una
pieza cercana y forzada a declarar que él estaba
involucrado en una acción de sabotaje. Reconoció la voz
como la de una mujer que trabajó con él. Esa mañana me
dijo: “Me siento muy mal”. Tenía arritmia y le recomendé
que descansara.
–¿Cuáles eran sus síntomas?
–Pulso muy rápido, pero irregular y débil. Se veía
colapsado, pálido y sudoroso. Su presión caía
vertiginosamente. Fui corriendo donde el alcaide, a
quien insté que lo llevara a un hospital. Se negó, por
tener órdenes del alto mando de que ninguno de los
acusados en el proceso “Aviación contra Bachelet”
saliera de la cárcel.
–¿Qué hizo usted entonces?
–Después de hablar con el alcaide volví corriendo a
su celda. Tenía un paro cardiorrespiratorio.
Recostándolo sobre el piso, intentamos una reanimación
con masaje cardíaco y respiración boca a boca. Pero fue
infructuoso. Así murió el general Bachelet: sobre el
duro cemento de una cárcel.
–¿Tenía la cárcel personal médico estable?
–Había un médico. Iba por horas algunos días a la
semana y daba un pésimo trato.
–¿Estaba ese día?
–No.
–De recibir atención, ¿pudo haberse salvado el
general Bachelet?
-Sí, con intervención médica inmediata hubiera podido
sobrevivir. La ex Cárcel Pública estaba a cuadras del
Hospital José Joaquín Aguirre. Le dije al alcaide que lo
enviara inmediatamente en un vehículo de Gendarmería, o
llamara una ambulancia. Pero no lo hizo. Con un poco de
voluntad, Bachelet habría llegado vivo al hospital.
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