| Mundo - rodelu.net |
24 de enero de 2006
|
Página12
de Argentina - 24 de enero de 2006
La paz de mis sueños
Frei Betto *
Tengo una propuesta concreta de paz para el mundo: los Estados Unidos se
retiran de Irak y devuelven a México Texas, California y Arizona, y Puerto Rico
a los puertorriqueños, suspenden el bloqueo a Cuba y les devuelven a los cubanos
la base de Guantánamo.
Francia y España devuelven a los vascos su
territorio; Turquía, Irán e Irak admiten el derecho de los kurdos a una patria;
Rusia deja libre a Chechenia; China desocupa el Tíbet; Corea del Norte y del Sur
llegan a un acuerdo de reunificación; es creado inmediatamente el Estado
Palestino y reconocido por la ONU; Israel devuelve los territorios ocupados y
Jerusalén es declarada santuario universal o ciudad internacionalmente
independiente, administrada por la ONU.
El Papa renuncia al título de
jefe del Estado Vaticano, entregándole su administración a la Unesco, quedándose
sólo como pastor universal de los católicos, sin pretensiones de hegemonía
religiosa y cultural; el FMI y el Banco Mundial cancelan la deuda de los países
pobres y la Organización Mundial del Comercio condena el proteccionismo y los
subsidios agrícolas de los países ricos.
Se adopta la tasa Tobin en las
transacciones internacionales; son considerados crímenes la formación de
carteles y oligopolios, así como la asignación personal de un salario superior a
la media nacional multiplicada por veinte. Se prohíbe la propaganda de tabaco y
de bebidas, y la exaltación de la violencia y de la pornografía en películas y
en programas de televisión.
Todos los políticos con cargos electivos son
obligados a mantener en Internet la declaración transparente de sus entradas y
sus bienes; las denominaciones religiosas renuncian a todo tipo de
fundamentalismo y competencia; el Estado considera crimen horrendo y grave
violación de los derechos humanos el hambre, la miseria y la pobreza.
A
cada ciudadano le es garantizada una entrada mínima, así como los derechos
básicos de alimentación, salud y educación, y un tope gratuito en el consumo de
energía, agua y teléfono.
Se superan los prejuicios raciales y
antihomosexuales, las discriminaciones étnicas y religiosas, la desigualdad
social y el miedo a la libertad.
Habría paz si los países más ricos se
aliasen no para bombardear un pueblo miserable como el de Afganistán o de Irak
sino para combatir las causas del terror. ¿Cómo evitar el terrorismo si el
capital goza en el planeta de una libertad de circulación negada a las personas,
si un pasajero es sacado de un vuelo por tener cara de árabe, si el gobierno de
los EE.UU. no acepta el Protocolo de Kioto de protección ambiental y se retira
de la Conferencia de Durban sobre el racismo?
¿Cómo evitar sentimientos
negativos si los EE.UU. invirtieron muchísimo dinero para que Bin Laden
combatiera la invasión rusa de Afganistán en 1991, pero no dieron un centavo
para promover el desarrollo de aquella nación? ¿Y cómo hablar de combate al
terrorismo si la CIA protege a Posada Carriles, el superterrorista cubano que
hizo explotar en el aire un avión con 73 pasajeros en 1975 y dirigió torturas en
El Salvador y en Venezuela?
El atentado terrorista en los EE.UU. del 11
de septiembre fue horrible. Condenable bajo todos los aspectos. Pero debiera
servir al menos para que el Occidente meditara acerca de sus relaciones con
Africa, Asia y América latina. ¿Qué queda en Africa después de décadas de
colonización italiana, belga, francesa e inglesa? Miseria, guerras, epidemias.
El VIH/sida amenaza hoy la vida de 25 millones de africanos.
No podemos
cambiar de planeta, al menos por ahora. Si las naciones ricas quieren vencer el
terrorismo sólo hay una solución: vencer las causas que producen terroristas. Lo
cual significa invertir sus recursos a fin de que la vida digna y feliz, don
mayor de Dios, sea un derecho de todos y no privilegio de una
minoría.
Predomina en los medios políticos y diplomáticos la idea de que
la paz puede existir como mero equilibrio de fuerzas, mediante tratados y
acuerdos que hagan cesar la agresión, pero sin eliminar el espíritu belicista,
ni las causas que generan los conflictos. La ONU trata de lograr la paz en el
mundo, se esfuerza por evitar guerras, pero sin empeñarse suficientemente en
erradicar las desigualdades sociales y asegurar a todos los pueblos condiciones
dignas de vida.
Isaías apunta el camino de la paz. El profeta Isaías
vivió en Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo. Asiria era entonces la gran
superpotencia de Oriente. Buscando la expansión de su imperio, los ejércitos
asirios invadieron territorios de países vecinos. Siria y el reino del Norte de
Israel –Efraim, cuya capital estaba en Samaria– sellaron una alianza para
detener a los asirios, pero Acaz, rey de Judá (el reino del Sur), se negó a
participar. Se organizó entonces un golpe de Estado para quitarlo y poner a otro
rey que fuera más cooperador. Viéndose amenazado, Acaz recurrió a Asiria, que
desbarató la conspiración y sometió a Efraim. Como vasallo de los asirios, Acaz
permaneció en el poder en Jerusalén. Una década más tarde, el reino del Norte se
rebeló contra Asiria. En el año 722 a. C., Samaria fue destruida y su población,
deportada. Efraim-Israel dejó de existir. En el 701 a. C., Ezequías, rey de
Judá, se rebeló contra Senaquerib, rey de Asiria. El reino del Sur fue saqueado
por las tropas de la potencia imperialista y Ezequías quedó confinado en
Jerusalén.
Toda la predicación de Isaías, contenida en un libro bíblico,
es eminentemente política. Hombre cosmopolita, era consejero del rey de Judá
tanto en la época de la guerra sirio-efraimita como en el período en que
Ezequías fue mantenido en el poder, pero sin poderes.
“¿Por qué hay
tantas guerras?”, se preguntaba Isaías. Su perspicacia política no se
circunscribía a ver los efectos. El profeta denunció las causas de las
desigualdades sociales, sobre todo la opulencia de las elites: “Pobres de
aquellos que, teniendo una casa, juntan campo a campo. ¿Así que ustedes se van a
apropiar de todo y no dejarán nada a los demás? En mis oídos ha resonado la
palabra de Yavé de los ejércitos: ‘Han de quedar en ruinas muchas casas grandes
y hermosas, y no habrá quien las habite’. (...) ¡Pobres de aquellos que se
levantan muy temprano en busca de aguardiente, y hasta muy entrada la noche
continúan su borrachera! Hay cítaras, panderetas, arpas, flautas y vino en sus
banquetes, pero no ven la obra de Yavé, ni entienden lo que él está preparando.
(...) ¡Pobres de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las
tinieblas en luz y la luz en tinieblas, que dan lo amargo por dulce y lo dulce
por amargo! ¡Ay de los que se creen sabios y se consideran inteligentes! ¡Ay de
los que perdonan al culpable por dinero, y privan al justo de sus derechos!”
(5,8-23).
Isaías criticaba también la ociosidad libertina de las elites,
en especial de las mujeres: “Muy orgullosas andan las damas de Sión, con el
cuello estirado y la mirada provocativa, y caminan a pasitos cortos haciendo
sonar las pulseras de sus pies. El Señor llenará de sarna su cabeza y quedarán
peladas. En aquel día el Señor arrancará sus adornos: pulseras para los
tobillos, cintas y lunetas, pendientes, brazaletes, velos, sombreros, cadenillas
de pie, cinturones, frascos de perfume y amuletos, sortijas, aros de nariz,
vestidos preciosos, mantos, chales y bolsos, espejos, lienzos finos, turbantes y
mantillas” (3,16-24).
Como Tolstoi, Isaías aspiraba a una vida de
desapego y sencillez. Toda su literatura está impregnada de fuerte connotación
utópica: “El lobo habitará con el cordero, el puma se acostará junto al cabrito,
el ternero comerá al lado del león y un niño pequeño los cuidará. La vaca y el
oso pastarán en compañía, y sus crías reposarán juntas, pues el león también
comerá pasto, igual que el buey. El niño de pecho pisará el hoy de la víbora, y
sobre la cueva de la culebra el pequeñuelo colocará su mano” (11,6-9).Todo el
mensaje de Isaías está concentrado en esta afirmación: “El fruto de la justicia
será la paz” (32,17). Es inútil desear la paz sin erradicar antes las causas que
producen conflictos, violencia y guerra. Por eso mismo, él se mofaba de los
idólatras, que adoraban objetos hechos por manos humanas, y de los que se creían
profundamente religiosos pero sin conceder libertad a los oprimidos: “¿No saben
cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras
del yugo, dejar libres a los oprimidos, romper toda clase de yugo, y compartir
la comida con quien pasa hambre” (58,6-7).
Isaías es un caso raro de
alguien que convivió con el poder, pero que nunca abandonó su compromiso con los
más oprimidos. Su visión de Dios no tenía nada de maniqueísta, ni de
fundamentalista. Al equilibrio de fuerzas añadía la justicia; y a la justicia le
añadía el amor. Sólo el amor es capaz de superar el derecho y evitar hacer de
las diferencias divergencias, pues nos enseña a convivir con quien no es como
nosotros, ni piensa como pensamos nosotros y, sin embargo, posee la misma
dignidad humana.
De las lecciones del profeta podemos concluir que, sin
una ética globalizada, el actual modelo neoliberal de globocolonización no
dejará de poner los intereses privados sobre el derecho público, las fuentes de
riqueza por encima del bienestar de la población, las ambiciones imperialistas
por arriba de la soberanía de los pueblos.
Quizá la meditación de los
textos de Isaías nos ayude a recorrer un camino señalado en la geografía bíblica
hace 2800 años. Sólo nos queda grabarlo en las entrañas del
corazón.
* Fraile dominico, asesor de pastoral y escritor.
De
La Jornada de México. Especial para Página/12. Traducción de J. I.
Burguet.
|