contrapelo de las tendencias dadas a conocer anteayer tras el cierre de las
urnas en los territorios palestinos ocupados, las cuales apuntaban a la
permanencia de Fatah en el gobierno, la situación dio un vuelco con el conteo de
los votos reales, los cuales colocaron a Hamas como fuerza política mayoritaria,
con 75 de los 132 escaños del Parlamento. Es un hecho: la organización islámica
formará gobierno y no habrá gabinete de coalición con Fatah, cuyos dirigentes se
apresuraron a confirmar que pasan a la oposición. El hecho introduce un factor
novedoso y una perspectiva incierta en el de por sí complejo mapa del conflicto
palestino-israelí. En la escena internacional, el triunfo electoral de Hamas ha
disparado las alarmas declarativas en los gobiernos y los medios informativos de
Israel y de Occidente. Se insiste en el carácter terrorista del grupo y se
destaca el rechazo de Estados Unidos, Europa y, por supuesto, Tel Aviv, a
dialogar con los inminentes mandos palestinos.
Más allá del escenario regional, el contundente éxito electoral de Hamas
subraya incoherencias, hipocresías y dobleces de los países desarrollados ante
los ejercicios democráticos en naciones débiles. Washington, Bruselas, Tokio y
sus aliados se empecinan en predicar la democracia como valor universal y
absoluto, pero se escandalizan cuando los procesos democráticos llevan al poder
a fórmulas políticas que no son de su agrado. No hay día que George W. Bush no
recomiende a terceras naciones la realización de comicios formales, pero se
apresura a descalificar a los gobiernos constituidos en ejercicios impecables,
transparentes y equitativos, como los que han ganado Hugo Chávez, en Venezuela;
Mahmud Ahmadineyad, en Irán; Evo Morales, en Bolivia, o Hamas, en la Palestina
ocupada.
Respecto a esta última, probablemente se consideraría preferible que
conservara el poder una formación laica y moderada, aunque corrupta, como Fatah,
y no que arrasara en las urnas una organización que reivindica la lucha armada
contra los opresores del pueblo palestino. En la misma lógica, también habría
sido más edificante que los electores estadunidenses hubiesen echado de la Casa
Blanca a un integrista belicoso, inepto, mentiroso y poco cultivado, como el
propio Bush, o que la ciudadanía británica desalojara de Downing Street al
cómplice del anterior en guerras criminales, Tony Blair, o que los votantes
italianos hubiesen escogido como gobernante a alguien con más aptitudes que el
fársico magnate que actualmente tienen como primer ministro, o que los
austriacos se hubiesen abstenido de hacer presidente de su país a un ex nazi,
como Kurt Waldheim, o que los españoles no hubiesen debido soportar durante una
década al neofranquista José María Aznar, o que los israelíes no hubieran
entregado el poder a un responsable de crímenes de lesa humanidad, como Ariel
Sharon.
Ahora, Bush, Blair, los suplentes de Sharon y el llamado "cuarteto", entre
otros, claman por el desarme de Hamas como requisito para reconocer al próximo
gobierno palestino y exigen que esa organización renuncie a su propósito
insensato e inaceptable, sin duda de destruir Israel. En contraste,
nunca se pidió a los gobiernos israelíes que depusieran su actividad de
sistemática destrucción de Palestina, que hoy continúa a la vista de todo el
mundo sin que estadunidenses y europeos hagan escándalo alguno.
En cuanto al coro de demandas de desarme, hay una clara inmoralidad en el
hecho de que los gobiernos estadunidense y europeos, sentados sobre vastos
arsenales de misiles nucleares, submarinos atómicos, portaviones, flotas de
bombarderos y decenas de miles de tanques, exijan a un pueblo ocupado,
miserable, despojado y sistemáticamente masacrado, que se deshaga de las pocas
armas que tiene y se resigne a ser aplastado en sus propias calles por los
carros artillados de los ocupantes y a dejarse matar desde los aviones
supersónicos y los helicópteros de asalto israelíes que sobrevuelan su
territorio.
"La paz aducen los estadistas de Occidente en un coro cínico y
equívoco exige que los palestinos renuncien a las armas." "Deben elegir
entre la violencia y la democracia", dice Blair, el violento demócrata que ha
promovido el bombardeo, el asesinato y la tortura de civiles en Irak. Sólo con
una inocultable mala fe puede omitirse un dato básico: en todo proceso de
pacificación el abandono de las armas es resultado final, no condición previa.
El triunfo de Hamas no alterará la abrumadora desventaja económica,
diplomática y militar de los palestinos frente a sus ocupantes, pero sí
puede introducir en el escenario del conflicto un factor de equidad que acaso
resulte positivo: eliminado del tablero el componente moderado de Fatah, tendrán
que sentarse a dialogar los belicistas de un bando con los belicistas del otro,
los integristas con los halcones, los represores con los terroristas. No
hay que descartar que logren entenderse y resucitar un proceso necesario,
moralmente imprescindible de paz y convivencia.