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29 de enero de 2006

Brecha de Uruguay - 20 de enero de 2006

El capitalismo en el ranking del crimen

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial los horrores habían superado la imaginación.

Guillermo Chifflet
Después de la “contrarrevolución preventiva” (como definió Luce Fabbri al fascismo italiano), de la nocturna filosofía germánica que intentó dominar el mundo, de la sublevación de los militares que, con apoyo de Italia y Alemania, traicionaron a España para destruir una República en cuyo corazón estaban las centrales obreras (UGT y CNT-FAI), después del dolor de las persecuciones raciales e ideológicas, el estremecimiento que recorrió el mundo ante la visión de Auschwitz, Buchenwald, Dachau, etcétera, exigía una respuesta. La humanidad pareció comprender que esos actos de barbarie se habían originado en el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos.
“Se aprende el agua por la sed, /la tierra por los mares surcados,/ la paz por todas las batallas”, había enseñado Dickinson, poetisa al fin, “espía de Dios”.
Naciones Unidas aprobó, entonces, una declaración universal, considerando esencial que los derechos humanos deben ser protegidos “a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.
En treinta artículos se concretó el compromiso de todos los pueblos y naciones para promover, “inspirándose constantemente en ellos”, los derechos y libertades que pueden asegurar la paz (por la justicia) en el mundo. Compromiso que tiene por base “el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.
En 1998, cincuenta años después de la Declaración Universal, un ser excepcional, Luis Pérez Aguirre, denunció que “nuestro mundo sigue siendo un planeta inhabitable para la mayoría de los seres humanos”.
Ese año –advirtió– morirían de hambre 50 millones de seres humanos, sin pronunciamiento alguno de quienes habían declarado que “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios” (y este artículo citado por Pérez Aguirre es sólo uno, el 25, de la Declaración Universal).
Informó, además, que 800 millones de personas corrían el riesgo de no poder salir de la pobreza extrema, y 1.430 millones no sabían leer ni escribir, en tanto se despilfarraban 2 millones de dólares por minuto en gastos militares, instrumentos de muerte de un valor equivalente a la deuda de los países pobres del Sur a los países ricos.
Hace pocos meses conocimos el Informe sobre Desarrollo Humano publicado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) correspondiente a 2005. Informa que el tsunami –tragedia impredecible y en gran medida inevitable–, que arrasó costas del océano Índico segando más de 280 mil vidas, ocupó la primera plana de todos los medios de información del mundo. Pero ocurren, paralelamente, tragedias evitables “y predecibles por su exasperante regularidad” de las que no se informa: cada hora mueren, en nuestro “planeta azul” (según la visión lejana de los astronautas) 1.200 niños, lo que equivale a tres tsunami mensuales. Cada mes, la muerte lleva más niños que tres maremotos de horror, y en la mayoría de los casos, informa el PNUD, las causas de muerte se deben a una única patología: la pobreza
Cinco años atrás –en 2000– los gobiernos firmaron otro documento en el cual consta una nueva promesa a los pobres del mundo. (Si los pobres pudieran vivir de promesas, serían ricos y prósperos).
La Declaración del Milenio pretendía ser una luz, como la Declaración Universal de Derechos Humanos. Se proponía “liberar a nuestros semejantes, hombres, mujeres y niños, de las condiciones abyectas y deshumanizadoras de la pobreza extrema”.
Pero imperativos que están en las entrañas del sistema determinan que sean otros los intereses y apetitos a defender.
La primera pregunta a plantearnos es cuáles son las causas del dolor planetario. Puesto que ellas son, como es obvio, la suma de dolores regionales y nacionales, es importante analizar cuáles son las causas generales de la concentración de la riqueza y de la multiplicación de la pobreza.
Marx observó que la mentalidad de una época es la mentalidad de la clase dominante. Aunque algunos de los valores que se promueven por los dueños del mundo tienen su antítesis, hoy, en las luchas de los trabajadores y en los cuestionamientos que surgen de la propia realidad para quien no se niegue a verla, importa analizar las ideas, las bases teóricas de quienes detentan el poder. Aunque esto exige abordar diversos temas (valores, educación, medios de comunicación, formas de trasmisión de la historia, etcétera) es importante comenzar por algunas observaciones sobre el liberalismo económico.
A partir de los postulados de la economía clásica, esa vertiente del liberalismo –explica un liberalista, el profesor Héctor Hugo Barbagelata– es el numen de los gobiernos que parten de una idea: que la actividad económica está sometida a leyes naturales e inevitables, contra las que no es posible oponer ninguna resistencia efectiva. Los postulados de los neoliberales (neo significa nuevo), su doctrina, no se diferencian en lo esencial de la formulación tradicional del liberalismo económico. De acuerdo a ella el Estado debe limitarse a fijar normas que aseguren la “libre acción de los agentes privados”. El dogma del mercado, el dejar hacer a las empresas privadas, el efecto negativo de todas las iniciativas inspiradas en objetivos sociales, son postulados (auténticos dogmas) del liberalismo económico de siempre.
En ningún país del mundo esa doctrina ha obtenido resultados positivos. Pero ésa es, en sus grandes líneas, la filosofía que ha animado a la mayoría de los grandes empresarios, a sus organizaciones, y a los gobiernos de derecha.
El avance o retroceso de esa corriente ha determinado, paralelamente, el retroceso o avance de los sectores heridos por la adversidad.
Propagadores importantes del neoliberalismo han sido organismos financieros internacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Y la realidad mundial indica que la conquista de la libertad sindical y el trabajoso surgimiento de la legislación laboral han sido posibles en las etapas de desmoronamiento progresivo del liberalismo económico, explica el profesor Barbagelata, quien recuerda que Bernard Shaw, aludiendo a la escuela de Manchester escribió, a propósito del llamado liberalismo económico, que “es quizá el peor de los múltiples dogmas racionalistas que en el curso de la historia humana han conducido a razonadores complacientes a defender y cometer villanías que sublevarían a los criminales profesionales”.
Federico Engels, en su estudio sobre la situación de la clase obrera, al documentar las condiciones en que se gestó la acumulación capitalista, el nacimiento de las ciudades, es decir, la inenarrable explotación de los trabajadores (hombres, mujeres y niños), llegó a algunas conclusiones definitorias. Aun antes de los análisis del Manifiesto, en 1845, escribió: “Si un individuo produce a otro un daño físico tal, que el golpe le causa la muerte, llamamos a eso homicidio; si el autor supiera, de antemano, que el golpe va a ser mortal, llamaremos a su acción asesinato premeditado. Pero si la sociedad reduce a centenares de proletarios a un estado tal, que, necesariamente, caen víctimas de una muerte prematura y antinatural, de una muerte tan violenta como la muerte por medio de la espada; si impide a millares de individuos las condiciones necesarias para la vida, si los coloca en un estado en que no pueden vivir, si los constriñe, con el fuerte brazo de la ley, a permanecer en ese estado hasta la muerte, muerte que debe ser la consecuencia de ese estado; si esa sociedad sabe, y lo sabe muy bien, que esos millares de individuos deben caer víctimas de tales condiciones, y, sin embargo, deja que perdure tal estado de cosas, ello constituye, justamente, un asesinato premeditado, como la acción del individuo, solamente que un asesinato más oculto, más pérfido, un asesinato contra el cual nadie puede defenderse, que no lo parece, porque no se ve al autor, porque es la obra de todos y de ninguno, porque la muerte de la víctima parece natural y porque no es tanto un pecado de acción como un pecado de omisión. Pero ello no deja de ser un asesinato premeditado”.
A lo largo de los años, los explotados (los que forjan, en el trabajo diario, la abundancia ajena, más los desocupados) han ido creando instrumentos (sindicatos, organizaciones solidarias, cooperativas, partidos) para luchar por un cambio. Pero importa replantear el mundo tal cual es, en toda su crudeza, para comprobar la realidad del capitalismo. Para apuntar así (aun en etapas como en la de Uruguay hoy) hacia una sociedad donde no exista la libertad de explotar.
Donde los derechos humanos, la Declaración Universal (documento creado por burgueses pero que deberá llevar adelante la izquierda, como afirma Saramago) dejen de ser sólo progreso manuscrito.
Para trazarnos como objetivo una sociedad con socialismo y libertad. Porque la historia enseña que no hay socialismo sin libertad como no hay libertad auténtica sin socialismo.
Mirar la realidad condena al sistema. Será imprescindible abordar la acción desde el ángulo de la pobreza, como proponen los teólogos de la liberación, como proponen también los marxistas (Engels señaló que no se ve la realidad de la misma manera de una choza que desde un palacio) y como se plantean todos los que, sin proclamarse doctoralmente modernizadores de la izquierda saben, modestamente, a partir de Marx, que los caminos de redención pueden profundizarse comprobando las verdades de quienes, a partir de Marx, han denunciado los mecanismos de explotación que están en la entraña del régimen capitalista.
Hasta para abordar los problemas nacionales y las actitudes políticas concretas, puede ser saludable que volvamos a internarnos en estos temas.
 
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